Santa María, Madre de Dios

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“Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Los pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído” (Lc 2, 19-20).  

Un icono bellísimo ante nosotros:
Jesús en los brazos de María,
la Madre con su Hijo.
Tocándose los cuerpos, en abrazo,
envueltos en el tacto, la sonrisa.
Un icono para mirar al Niño y a la Madre,
que puede embellecer toda una vida.  

Acaba de nacer y María ya lo muestra
pequeño, débil, juguetón, sonriente.
Siempre abierta a las cosas imposibles,
que con Dios siempre se hacen tan posibles,
c
ontemplamos a Jesús como una fuente
que mana y corre del regazo de María.  

¡Qué fuerza tan increíble tiene ese conjunto!
Y María entre todas las mujeres,
llamadas a ser madres dando vida.
¡Toda mujer encinta del futuro!  

Dios necesitado de nuestra humanidad para decirse.
Y nuestra vida necesitada de su humanidad para ser fe.
Nunca más seremos ya lejanos.
Hay complicidad de cariño entre Él y nosotros.
L
a Madre con su Hijo, Dios con nosotros,
despertando la belleza y las canciones.  

María nos da a Jesús, y en El nos da la paz.
¡Con qué orgullo nos muestra al Dios de la ternura!
Con esa intuición, solo propia de una madre,
lo transforma todo en energía de amor,
dándole la leche de su pecho.  

María, llamada arca, ciudadela, torreón,
casa, puerta, fuente, estrella,
salud, viña, mar, aurora…
¡Madre! ¡Siempre Madre!