Descubrir el tesoro y equivocarse

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Llego de vacaciones con la impresión viva de paisajes, personas, momentos, que guardaré como en un cofre para que pongan calor en los días nublados del invierno, para no ceder a la tentación de pensar que el gris es el tono predominante. Para aceptar, que si la primavera es hermosa lo es porque llueve. Y hay que vivir la lluvia, para entender la vida.  

Siempre nos queda la memoria de lo vivido para que ponga luz a los momentos decaídos.  

Os invito a todos a bucear en el cofre de los recuerdos cuando las cosas se tornen grises... rescatar tanto don inesperado. Ahora que comenzamos un curso, con sus agobios y tensiones, reuniones, programaciones, calendarios, etc. y nos ponemos en camino, el cuerpo va cogiendo ritmo, pasamos una cierta crisis otoñal. 

Aparte de los recuerdos, me he traído de las vacaciones el deseo de no desperdiciar el año, de no quedarme en los lamentos, y poner en práctica algunas de las cosas que se me han regalado en la lectura: “en cualquier ruina suele haber un tabernáculo, una cámara del tesoro o una tumba que han sido desvalijados. En la ruina de un hombre ese lugar secreto y vacío es el alma...”

 

Un curso para descubrir el tabernáculo, la cámara del tesoro... que está dentro de mí, sin esperar a final de curso, y pensarme rico de tanto como se me ha regalado ya, no mañana. 

Un curso para arriesgar. Acepto la invitación de un hombre sabio y solitario, un monje:

 Diré sólo una cosa: abran el corazón al Espíritu.
Se dirá que entonces se corre un gran riesgo: Arriesguen.
Habrá quien advierta: “se van a equivocar”: Equivóquense.
No hay lección mejor aprendida que la que ha costado algún error.
Equivóquense, eso les permitirá aprender mejor la lección.
Y yo espero, cuando tenga algunos años más, poder constatar que mi total confianza en los jóvenes de hoy no se ha visto defraudada.                                  

                                               (Dom. Bernardo Olivera, Abad General OCSO)