Centrar la mirada. ¿Vivir sin distracciones?

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El tiempo de Adviento es invitación a recogerse, a centrar la mirada, tan dispersa, a revisar la vida para plantearse lo esencial, lo que de verdad importa, y no esperar tiempos mejores. Recuperar el fuego en torno al hogar. 

Tiempo para revisar la dispersión creciente, galopante con la que convivimos como sabemos, sin poder hacer nada muchas veces. Ahora se encienden luces que reclaman nuestra atención, pronta a dejarse deslumbrar. 

Y, tal vez, no sea posible vivir sin distraerse. El problema estará en saber con qué distraerse y cómo. Os recuerdo tres personajes distraídos que me vienen ahora al recuerdo: 

 A Santa Teresa con frecuencia se le iba el pensamiento, la imaginación, “la loca de la casa” decía ella, y volvía a poner su atención en Cristo, su Amor. Decía también cuando se desviaba de lo que estaba tratando al escribir: “me he divertido mucho”, es decir, me he distraído de lo que venía diciendo. Los místicos también se distraen. Y no sólo ellos... 

Y Dios, ¿qué decir de Dios? ¿También se distrae Dios? era un dibujito del libro “El Papa ha desaparecido”. Había un ángel tocando la trompeta delante del Padre Eterno, que estaba mirando a otra parte, sin prestar atención al ángel. Subían de abajo unas sencillas notas musicales; procedían de un currante alegre, que iba silbando por la calle. Parece que a Dios le distrae muy gratamente la alegría de las criaturas, nuestras sonrisas. 

Voy a recordar con vosotros a dos monjes: ellos han sido los defensores de la concentración, de la vida unificada. Pero también son humanos: 

Dos monjes caminaban silenciosos por el campo. Junto al cauce de un río se encontraron a una joven hermosa que les pidió su ayuda para pasar a la otra orilla. Uno de ellos, el mayor, sin pensarlo, con prontitud y cariño, la cogió en sus brazos y la pasó a la otra rivera. Un beso agradecido fue su paga. 

Y siguieron silenciosos su camino... Al caer la tarde, regresando al monasterio, el más joven rompió el silencio: 

No salgo de mi asombro, hermano, por tu atrevimiento de tomar a aquella mujer en brazos, faltando a nuestra sagrada regla que prohíbe terminantemente tocar a las mujeres. 

Tú me sorprendes más a mí. Yo la dejé esta mañana en la otra orilla. Tú la has llevado todo el día contigo en tu pensamiento.