Francisco Palau: Altura y profundidad

La montaña y la cueva han sido testigos de tus noches.
La montaña ha sentido el calor de tu presencia.
La cueva el aliento del saberse estar en calma.
Eres hombre de montaña y de cueva en el día y la noche,
para el encuentro silencioso que grite compromiso.
Las estrellas y las hojas estremecidas por la brisa,
la hierba y el pájaro cobijado en la rama,
han visto tu rostro hecho luz de mediodía
y han oído tu voz hecha plegaria.
Al subir y bajar de la cueva y la montaña,
comunicas a un Dios que libera y salva;
llevas la paz y la cantas,
abres al mundo los brazos,
a los que ríen, lloran y aguardan.
Francisco, tus manos no contienen
sino el calor del que da sin medida,
del que da y se da porque cree y ama.
Eres siempre puerta abierta de tu casa,
sin tenerla ni ambicionarla.
Muestras ser firme y seguro,
despojado de las cosas,
desnudo como una playa.
Libre de lo que ciega al hombre
no te encierras en la tiniebla y la noche
ni te vuelves duro e impermeable a la PALABRA.
Felices los que saben llegar hasta el fin
de la obra comenzada.
Los que molestan con la luz de su vida,
los que denuncian con la fuerza del Espíritu,
los que tienen que gritar y gritan,
y nunca callan.
Felices si al subir y bajar de la cueva y la montaña,
decís con la vida que vale la pena darla.