El pan nuestro

“Cuando nace un hombre
todos tenemos un hermano” (Angela Figuera Aymerich)

Palabras de los mártires de Abisinia: “Sin la eucaristía no podemos vivir”.

Una mirada a nosotros mismos. Para pedir bienes vitales que hagan posible el estilo de vida propuesto en la primera parte del Padre Nuestro.

Una preciosa oración de un hermano teólogo: “Señor, nos invade una llovizna de humildad. No somos el eje de la vida, como nos mentía el egoísmo. Vamos a ciegas por la vida; ni la escogimos antes de entrar en ella, ni sabemos el día que la vamos a dejar. La vida es mayor que nosotros y tus caminos van mucho más lejos que nuestras miradas” (Luis Espinel).

1.- Nuestro pan de cada día

Jesús nos invita a presentar al Padre las necesidades más vitales que tenemos, lo que precisamos para vivir. “Cuando dices “danos hoy nuestro pan de cada día” confiesas que eres mendigo de Dios. No te avergüences de decirlo; por muy rico que sea uno en la tierra, siempre es mendigo de Dios” (S. Agustín).

Lo pedimos para hoy. ¿Por qué pedirlo todos los días? Para poner todos los días en primer lugar a Dios y la confianza en él, y para no ceder a la tentación de la codicia, que nos lleva a poner nuestra seguridad en las cosas que poseemos.

Ir despacio hacia la fuente. La inquietud por el mañana indica poca serenidad y libertad para vivir el programa evangélico. Jesús nos toma de la mano para que vivamos el hoy, sin escaparnos al pasado ni al futuro, sin que vivamos el momento presente como penúltimo de nada.

Todos pueden pedir el pan. Pero especialmente aquellos que han hecho de su vida una dedicación a que sea conocido el nombre de Dios, a que llegue su reino a este mundo, y a que se lleve a cabo el proyecto de fraternidad que el Padre ha soñado.

La nueva civilización del amor. De la experiencia de excomulgarnos mutuamente, hemos pasado en estos últimos años a la tolerancia (“te respeto con tal de que me respetes”). Hay un tercer estado, que es la interacción de corazones: comer juntos para andar un camino juntos. El pan que pedimos es para la vida de todos. Sólo el pan nuestro es pan de Dios. Poner en práctica el pan nuestro es trabajar para que todos los excluidos se incorporen a la mesa: los excluidos del trabajo, los excluidos por la debilidad de los contextos humanos, y por la precariedad cultural. El daño que recibe una persona es igual a la intensidad del golpe menos la resistencia que puede ofrecer. Es una simplicidad pensar que sólo se trabaja por los excluidos cuando se está en las últimas capas de la sociedad. Frenar la exclusión es trabajar por lo mismo desde diversos sitios.

El pan del cielo. Esla Palabrade Dios que escuchamos y guardamos en el corazón, y el Cuerpo de Cristo, que nutre nuestra fe y nuestro crecimiento cristiano. 

2.- Perdona como nosotros perdonamos

El perdón, camino de ida y vuelta. Todos tenemos pecado. La novedad de Jesús está en decirnos que, también nosotros, como imagen y semejanza de Dios, somos portadores de un perdón que libera y restaura a los hermanos. “¡Qué necesario, providencial y saludable es que se nos recuerde nuestra condición de pecadores! Nuestros pecados nos mueven a orar, y mientras pedimos perdón a Dios, tomamos conciencia de cuánto debemos perdonar a nuestros hermanos” (S. Cipriano).

Dar con las fuentes del consuelo. A menudo exigimos que los que conviven con nosotros sean perfectos. Pero lo primero que te encuentras es con el pecado del otro, y si no eres muy hipócrita con el tuyo. El pecado nos agua la fiesta. J. Vanier ha escrito: La comunidad, lugar de fiesta y de perdón. No estamos solo con Dios para deslomarnos por él, sino para estar con El, para contemplarlo y quedar radiantes, para recibir su misericordia entrañable. Si el Señor nos cura con la mirada podremos curar con la mirada.

Minimizar agravios. Esta es la señal de que vamos madurando en el camino hacia ese hombre nuevo que el Padre quiere darnos.

Cultivar el espacio ecológico donde florece el perdón. Convertirse al Dios misericordioso es encarnar en el mundo su forma de relacionarse con las personas. La persona sólo puede amar cuando es amada; por descubrirse agraciada, puede hacerse gratuidad; porque es perdonada, puede perdonar.

3.- No nos dejes caer en la tentación

A nosotros no se nos habría ocurrido poner a estas alturas esta petición, tan difícil de encajar con nuestros esquemas. ¿Cómo es posible que después de entrar en la intimidad amorosa del Padre, después de haber aprendido a apreciar y a trabajar por su buen nombre, su reino y su voluntad, estemos envueltos en tanta debilidad? Pero llevamos nuestro tesoro en vasijas de barro. “La espiritualidad es una aventura comunitaria. Paso de un pueblo que hace su propio camino en seguimiento de Jesucristo a través de la soledad y amenazas del desierto. Esta experiencia espiritual es el pozo del que tenemos que beber” (Gustavo Gutiérrez).  

En la vida tenemos muchas tentaciones. Pero aquí, la tentación por antonomasia es que se nos arrebate el don más grande, el de que somos hijos y hermanos en Cristo, y nos quedemos en terreno de nadie.   

Al pedir esto, no estamos pidiendo que nos sea ahorrada toda situación difícil, más bien apelamos al amor de Dios en la certeza de que El nos dará la fuerza necesaria para atravesar la prueba y avanzar en nuestra peregrinación hacia El. El Padre nos promete estar con nosotros en la prueba, darnos anchura en el aprieto. “Es importante comprender que en una situación de prueba no se puede permanecer inmóvil sino que se impone avanzar o retroceder. La prueba conducirá a una pérdida de la confianza en Dios o a una confianza mayor y paradójica, la experiencia de la prueba supone un avance en la peregrinación de la fe” (Hermano Roger).

Ojo con creernos buenos y despreciar a los demás. Cuando uno se engrandece no deja espacio en su corazón ni a Dios ni a los hermanos. “Nunca andéis tan seguros que dejéis de tener podéis volver a caer” (Santa Teresa).  

Soplando las ascuas escondidas. “Reaviva el don de Dios que hay en ti” (2Tim 1,6). Nadie se hace mejor soplando con el fuelle las cenizas. Lo bueno es entrar en diálogo con ese hilito de esperanza que late en cada corazón.

4.- Líbranos del mal

Una constatación: “El hombre de nuestro tiempo, aunque esté orgulloso de sus conquistas, cuando se ve a sí mismo honradamente y examina su corazón, comprueba su inclinación al mal y se siente anegado por muchos males” (Gaudium et Spes, 13).

En esta petición el orante presenta al Señor los males de este mundo, los dolores de los que más sufren. “El quiere queramos la verdad, nosotros queremos la mentira; quiere que queramos lo eterno, acá nos inclinamos a lo que se acaba; quiere queramos cosas grandes y subidas, acá queremos bajas y de tierra; querría quisiésemos solo lo seguro, acá amamos lo dudoso” (Santa Teresa).

El símbolo se enfrena con el diablo. El poder, el tener y el saber, tienen sus trampas. En esta petición dirigimos un SOS al Padre.

5.- Amén

La vida es un regalo. La vida es oportunidad, no estorbo, reto de Dios para hacernos mejores. ¿Cómo vivir esta época?, ¿como desastre?, ¿como acercamiento de Dios?, ¿como novedad? 

Podemos vivir la vida como un niño en el regazo de su mamá. Con el amén, que indica la seguridad de un niño en brazos de su madre, expresamos nuestra adhesión a la oración que Jesús nos enseñó, manifestamos nuestra disponibilidad a orar y vivir como Dios espera, nos adherimos a la verdad de Dios y nos confiamos a él de una forma serena y plena.

El amén es un aplauso a Dios, un sí gozoso y continuo a Dios que nos ama, y a su proyecto de amor sobre nuestra vida.

Cuando decimos amén:

- Entramos en esa riada de alabanza que recorre la creación y que está tan presente en el Padrenuestro.

- Es mucho más que un simple deseo o asentimiento débil. Comporta una responsabilidad, una renovación comunitaria del compromiso a colaborar con Jesús samaritano en la salvación del mundo.

- Nos empuja a vivir con lucidez evangélica la vida y a hacerla inteligible al mundo de hoy, para que viendo nuestras buenas obras el amén se extienda por todos los pueblos de la tierra.

- Lo hacemos en comunidad, porque ese es el proyecto del Padre: que se ensanche el espacio de la tienda del corazón para que cada día lo habiten más nombres.

 

 

 

Amén a ti, Padre, que has querido habitar entre nosotros para sembrar tu reino en nuestros corazones y darnos a todos un abrazo entrañable.

Amén a ti, Señor Jesús, nuestro compañero de camino, que nos has abierto tu intimidad para hablarnos del Padre y enseñarnos su ternura y su misericordia.

Amén a ti, Espíritu Santo, que nos despiertas cada día al gozo de sabernos hijos de Dios y nos alientas para que la humanidad, que gime, descubra lo hermoso que es ser y vivir como hijos del Padre y como hermanos de todos los seres humanos.