Santificado sea tu nombre

“Que al nombre de Jesús toda rodilla se doble… y toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre” (Flp 2,10-11).

“Y yéndolos mirando, con sola su figura, vestidos los dejó de hermosura” (San Juan dela Cruz).

Cuando uno aprende a decir tú, se mete en el otro. Jesús dijo como nadie nuestro nombre, se metió en nuestra vida, se hizo uno de nosotros. Este es el lenguaje del amor.

Ante las altas peticiones. Así las llama santa Teresa. Son las que despiertan y remueven desde las entrañas el sentido filial del orante. Las primeras peticiones del Padrenuestro son semilla y reclamo de contemplación. Rezarlas bien es algo que desborda el movimiento de los labios: tiene resonancia y reclamo en las capas profundas del espíritu. “Que entendáis bien lo que pedís” (Santa Teresa). 

1.- Santificado sea tu nombre

“He manifestado tu nombre a los hombres que me diste” (Jn 17,6). El nombre indica lo que es la persona. Es lo que Dios nos ha revelado de sí mismo. El nombre de Dios es el Padre vuelto hacia nosotros para mostrarnos su amor. Jesús es la plenitud de la manifestación del Padre. Es diáfana epifanía de su amor, resplandor de su gloria, imagen del corazón del Padre. Lo muestra como amor gratuito, como donación total de la vida, como alegría imborrable entregada a los dolores y llantos de la humanidad.

Santificar el nombre no es hacer santo a Dios, sino reconocer su santidad allí donde se revela (creación, ser humano, historia, Jesús). Y esto se puede hacer desde la gloria que el Padre nos regala; de ahí que le digamos: “Glorifícanos” (Jn 17,1).

Somos llamados a santificar el nombre de Dios en la sociedad de los tres tercios, donde unos viven muy bien, otros bien, pero otros muy mal, con la vida en peligro. Y eso no es lo que Dios quiere, sino un mundo-familia. 

Cada vez que se reconoce la dignidad de la persona humana surge esplendorosa la epifanía del nombre de Dios. Cada vez que se pisotean los derechos de los semejantes a Dios, se profana, se oculta su nombre. Podemos ser iconos de Dios, que muestran con la vida que lo propio de Dios es amar, o podemos ser profanadores de Dios, cuando tomamos el nombre de Dios en vano porque justificamos desde Dios nuestros privilegios, imponemos nuestros intereses a los otros y marginamos a quienes no piensan como nosotros.

¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé!
Tú estabas dentro de mí, yo, fuera. Por fuera te buscaba,
y me lanzaba sobre el bien y la belleza creados por Ti.
Tú estabas conmigo y yo no estaba contigo ni conmigo.
Me retenían lejos las cosas.
No te veía ni te sentía, ni te echaba de menos.
Mostraste tu resplandor y pusiste en fuga mi ceguera.
Exhalaste tu perfume, y respiré, y suspiro por Ti.
Gusté de ti, y siento hambre y sed.
Me tocaste, y me abraso en tu paz (San Agustín).

2.- Venga a nosotros tu reino

“¿A qué es semejante el Reino de Dios? ¿A qué lo compararé? Es semejante a un grano de mostaza, que tomó un hombre y lo puso en su jardín, y creció hasta hacerse un árbol, y las aves del cielo anidaron en sus ramas. ¿A qué compararé el Reino de Dios? Es semejante a la levadura que tomó una mujer y la metió en tres medidas de harina, hasta que fermentó todo” (Lc 13,18-21).

Un hombre encontró un tesoro: Ese es Jesús. Lo último que le apasionó no fue él mismo, ni la familia, ni el grupo de sus amigos, nila Iglesia, ni Dios, sino Dios y su reino, Dios y el proyecto que tiene sobre la humanidad. A esto dedicó todas sus energías: a hacer presente el reino con sus obras y palabras. Para esto fue enviado.

Jesús no solo habla de Dios, sino de un Padre que se interesa por todo lo nuestro, que quiere quedarse entre nosotros, que quiere hacer de nosotros su Reino. La meta de Dios no es Dios a solas, sino un Padre que sea todo en todos.

Jesús anuncia el Reino con sus palabras y con su vida. Todo lo de Jesús habla del Reino. Y todo lo nuestro, mirado por Jesús, se convierte en parábola para el Reino: la mostaza, la levadura, los niños, la mujer, el pan, el vino, el dolor, la libertad, la confianza de las personas para romper todas las muletas y abrirse confiadamente a la vida.

El reino ya está actuando. A veces, no se le descubre porque no se impone por la fuerza. Es universal y culmina en el futuro. Hay que recibirlo como un regalo, acogerlo con las manos abiertas de un niño, esperarlo con confianza, descubrirlo como un tesoro.  El reino no sólo son valores, sino Dios mismo habitando en medio de nosotros. De esto hay que tener hambre y sed, más allá de los pequeños intereses o ambiciones personales.

El reino empuja a los amigos de Jesús a ser sal de la tierra, luz del mundo. Si no estamos presentes en el mundo, el mundo se construye sin Dios. De ahí la importancia de participar en las estructuras del mundo. “Construir el reino significa trabajar por la liberación del mal en todas sus formas” (Redemptoris Missio, 15).

Una preciosa descripción del Reino: “El gran bien que me parece a mí que hay en el reino del cielo, con otros muchos, es ya no tener cuenta con cosa de la tierra, sino un sosiego y gloria en sí mismos, un alegrarse de que se alegren todos, una paz perpetua, una satisfacción grande en sí mismo. Que les viene de ver que todos alaban y santifican al Señor y bendicen su nombre y no le ofende nadie. Todos le aman y la misma alma no entiende en otra cosa sino en amarle, ni puede dejarle de amar, porque le conoce” (Santa Teresa).

El sueño de Dios sobre la humanidad es que lleguemos a ser una familia. Esta es la pasión de Dios por la humanidad. Porque es Padre y Madre ama a todos. Pero como sueño sobre la humanidad su amor es asimétrico, rompe nuestras lógicas. Dios ama a todos, pero sobre todo a los más orillados. Se le escapa el corazón hacia ellos. Los preferidos de Dios son los más perdidos.

Manifestaciones del Reino:

- El plano teologal. Dios interviene con su gracia en nuestra oración. El orante sabe que no se pone él en paz, sino que es el Señor quien “lo pone en paz en su presencia” (Santa Teresa).

- El plano psicológico. La gracia de la contemplación remueve y transforma la interioridad del orante. A la persona le brota una tranquila y limpia conciencia que le regala el Espíritu.

- El plano existencial. La contemplación alcanza la vida cotidiana. En la contemplación se entra por la puerta del amor, que afecta a toda la vida. La entrada en el reino es un revulsivo o un generador intensivo de presencia y compromiso en el quehacer. A la persona le nace una solidaridad profunda con todos.

3.- Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo

No nos podemos poner en camino, sin antes haber abierto nuestro corazón para descubrir lo que nos quiere decir nuestro Padre. “Considera, primero, lo que te pide Dios, y él te dará, después, lo que pide tu corazón” (San Juan dela Cruz).

A veces pensamos que la voluntad de Dios es algo desagradable, que se impone desde arriba, cuando en realidad es el proyecto bonito de Dios, en el que somos invitados a colaborar. Para Jesús la voluntad del Padre es su alimento y su alegría (Jn 4,34).

El Nuevo Testamento se abre con el sí de María (Lc 1,38). Acogida en la fe y en la obediencia, la Palabraofrece al mundo la novedad de Jesús. “Cuando me abandono a este sentimiento, me invade una vida nueva que, poco a poco, comienza a colmarme y que, sin ninguna presión por parte de mi voluntad, va a impulsarme hacia nuevas realizaciones. Este aflujo vital me parece ascender de una actividad y de una fuerza que no me pertenecen, pero que llegan a hacerse activas en mí. La única suposición previa necesaria para un tal renacimiento espiritual parece ser esta capacidad pasiva de recepción que está en el fondo de la estructura de la persona” (Edith Stein).

Vivir al estilo de Jesús es ofrecernos a Dios, darle nuestro granito de trigo ante su mano sorprendentemente tendida cual si fuera un pobre que nos necesita, hacer nuestro lo de Dios, abandonarnos confiadamente en sus manos. Decir al Padre hágase tu voluntad es ofrecerle la nuestra.

Pero sin olvidar que, al igual que le pasó a Jesús, una vida que dice sí al plan del Padre puede molestar a los que no quieren que la humanidad sea una familia, ni que brote la paz entre los pueblos –puede peligrar el negocio de las armas-, ni que los pobres tengan acceso a las riquezas compartidas; y todo ello puede desencadenar la persecución. 

                       
 
 
                        Padre:
                me pongo en tus manos.
                Haz de mí lo que quieras.
                Sea lo que sea, te doy las gracias.
                Estoy dispuesto a todo.
                Lo acepto todo, con tal que tu plan
                vaya adelante en toda la humanidad y en mí  (Foucauld).