Fin de curso: la mujer encorvada

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El fin de curso es tiempo de agobios y nerviosismo. No acertamos a resolver el tema de nuestro cansancio y tensiones. Volamos con la imaginación hacia el tiempo de vacaciones y soñamos con la playa, la montaña, la hamaca y un libro reconfortante, lejos de los exámenes, de las prisas, etc. 

Esto de fin de curso me ha traído a la memoria la historia de aquella mujer encorvada con la que se topó Jesús camino de cualquier lugar. Se me antoja pensar que aquella mujer podía ser una universitaria cualquiera, encorvada psicológicamente y físicamente, abrumada por los exámenes, por las responsabilidades familiares, por el tener que dar la talla, que agradar a los demás, que mantener el tipo (física y mentalmente), se me antoja pensar que aquella mujer estaba fatigada también de tener que contentar a todos a su alrededor, e incluso a Dios, educada en una religiosidad forjada a base de sacrificio y esfuerzo. 

No sé por qué este ejemplo de la mujer encorvada con la que se topó Jesús nos refleja a cada uno cuando aguantamos con mala digestión las responsabilidades que exige el lugar en el que estamos. 

Y la misma solución a este gran examen de responsabilidad nos la da la escena bíblica. 

Recuperamos ese pasaje en forma de parábola, en el bello decir de Jiménez Lozano:  

“Jesús se encontró con aquella mujer y preguntó por qué se veía obligada a andar así, y le respondieron que porque tenía un espíritu de enfermedad hacía ya no sé cuantos años y andaba agobiada con su peso. No había medicinas para ella. Y él entonces se acercó y, poniéndola la mano en un hombro, le dijo algo a los oídos y, de repente, ella se enderezó. Como si lo hiciera tranquilamente después de haber estado agachada haciendo una faena doméstica o arreglando una planta en el jardín. Se sonreía y sus ojos eran grandísimos y muy claros. El hombre le dijo: “Puedes irte, ya eres libre”, y ella se fue. 

Dijo luego la mujer que él la había librado de los demonios y que ya podía decir ella sus propias palabras de mujer, y hablando, hablando, terminó por confesar lo que él le había dicho al oído: ¿Sabéis cual? Pues él la había dicho en un susurro: “¡Uhh, uhh, uhh!” como cuando era niña y la gustaba tanto que la dijeran “¡Uhh, uhh, uhh!”, así que se había enderezado.” 

Nos recuerda Jesús en este tiempo de agobio las palabras adormecidas de cuando la ilusión era niña en nuestro corazón y la vida estaba siempre por estrenar y descubrir.

 ¡Ojalá vuelva a hacer él ese milagro para cualquiera de nosotros! ¡Endereza tu vida! ¡Levántate y brilla!