Diálogo con María en el camino de la vida

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Cada día, María nos saludas.
Tu palabra no da voces, tu presencia es discreta.
En cada encrucijada del camino nos esperas.
Nos saludas con la sonrisa, tiendes los brazos para decirnos tu ternura.
¡Ojalá tengamos el corazón despierto y los ojos asombrados
para encontrarte y escucharte!
Cada día contigo es como una nueva anunciación.
 
¡Cómo te gusta, María, pasear por nuestras calles!
¡Con qué alegría bajas del altar para acercarte a nuestras vidas
y convertirte en una vecina más!
¡Qué prisa la tuya por entrar en las casas de los enfermos y de los solos,
y poner en todos tu música y tu cariño!
Con tus pies ligeros y tu sonrisa te haces la encontradiza de todos,
nos presentas a Jesús, nos dices que hagamos lo que Él nos diga.
 
¡Cómo te gusta entrar en la mar de nuestro mundo!
¡Siempre tienes prisa de ponerte en camino hacia lo nuestro!
¡Cuánta complicidad entre ti y los hombres y mujeres de nuestros pueblos!
¡Cuántas, cuántas confidencias que solo entiende quien está dentro!
¡Cuántas cosas compartidas en el cotidiano día a día!
 
Tus ojos se encuentran con los nuestros en un cruce fecundo de miradas.
A todos, por estar llena de Dios, ofreces tu vida abierta,
en ti todos perciben un rostro de mujer nueva modelada por la gracia.
Miras a todos los peregrinos de la humanidad,
alientas a todos los que buscan caminos de verdad y belleza,
acompañas siempre lo que nace y necesita ser cuidado.
 
No hay más que mirarte para entender que quieres quedarte en nuestra casa,
que deseas hacer tuyos los dolores y gozos de esta humanidad.
De mil maneras nos haces sentir tu cercanía y cariño.
Con el beso y la mirada, con la canción y la poesía, con la flor y la sonrisa,
te expresamos el gozo y la alabanza que despierta tu presencia entre nosotros.
Animados por el Espíritu emprenderemos el camino del evangelio de Jesús.
Sabemos que esto es lo que de verdad te alegra el corazón.
Que tu luz nos alcance nos alcance cada mañana.
Guía nuestra barquilla en las adversidades.
Con todas las familias de la tierra te aclamamos.
Con todos los hombres y mujeres te aclamamos.
Con todos los humillados de la tierra te aclamamos.
Con todos los amigos de Jesús te aclamamos.
 
Dios te salve, María: llena eres de gracia;
el Señor es contigo; bendita tú eres entre todas las mujeres;
y bendito el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María, Madre de Dios,
ruega por nosotros, pecadores,
ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.