Un cochecito de cartón

FOTO

Estuve en una conferencia. El hombre hablaba con pasión y nos tenía en vilo, dijo: “El hombre raras veces pronuncia la palabra auténtica”. Y me dejó inquieto pensando si yo la pronuncio. Se refería a la capacidad de amar, la capacidad de relacionarnos creativamente, de crear encuentro y juego. Decía que la palabra auténtica es el amor. 

No sé por qué asociación de ideas, paseando días antes por una calle, no recuerdo ni la calle ni el lugar ni hacia dónde iba yo, solo la imagen: un niño de la mano de su abuela, cada uno distraído en la acera. Me fijo en la otra mano del niño que sujeta una cuerda y al extremo de la cuerda contemplo maravillado algo que hacía muchísimo que no veía: un coche de cartón. Un vulgar coche de cartón primorosamente fabricado por alguien y llevado con orgullo por aquel diminuto. La imagen me acompañó varios días.  Y me sigue impactando.  

Hace tiempo me pregunto si no tendrá razón a modo de profecía lo que contaba la historia de Momo, que unos misteriosos hombres grises se fumaban nuestra capacidad de jugar y de crear y de imaginar, a base de darnos todo acabado. Me pregunto, mientras pienso en ese cochecito de cartón, dónde se ha quedado mi capacidad de crear cosas y crear juego, sin necesidad de que me venga etiquetado, precintado, manufacturado en China o en París. 

Con el recuerdo aún vivo del cochecito de cartón, charlo animadamente hace dos días con una mujer que no parece anciana por lo jovial que es, hace ya algunos años pasó los 80. Y sin yo decirle nada me empieza a explicar cómo se hacían ellas las muñecas de trapo, se las cosían y rellenaban la cabeza y el cuerpo de arena, y eran tan felices... 

Esta mañana andaba yo todavía preguntándome si no se nos estará atrofiando alguna capacidad clave que nos permita creer que igual que cualquiera está llamado a dar a luz, cualquiera de nosotros es un imagen de Dios en eso de ser creador, no de la nada, pero sí de cosas que otros piensan que son nada, como por ejemplo unos cartones. Me pregunto si quedan artesanos, esos de los que habla también Saramago en La Caverna, o de los que maravillosamente son capaces de crear juego de vida con los pobres materiales de desecho de nuestra sociedad. 

Y le digo a una chica que estoy queriendo comentar todas estas inquietudes en la radio y me dice: ‘vente a mi piso, las chicas de mi piso son geniales: nos hemos hecho las faldillas con retales sueltos, unas estanterías con cajones que hemos encontrado en la calle, y el otro día me traje una silla rota y la he reparado. Incluso he tapado un hueco de la pared con unas hojas secas del otoño... la casa está preciosa’.  

Un día de estos lo comprobaré... Y me quedo pensando cuánta autenticidad dormida esperando que nuestra imaginación la saque a luz. 

Echo de menos un mundo construido de materiales sencillos en los que cada uno sea estimado por su capacidad de crear cosas auténticas. Sueño que cualquiera de los que nos oyen son expertos en autenticidad…  y pienso cuántas obras de arte nos perdemos por comprarlas de marca. 

Te invito a fabricar algo, a construir alguna cosa con tus propias manos para tener la preciosa sensación de lo hecho por ti mismo. Dime luego si te renació una alegría de cuando niño...