La belleza de creer

FOTO

En un tiempo litúrgico como en el que estamos: Cuaresma; y en un tiempo como en el que vivimos, donde todo nos habla de crisis, me hubieran podido pedir algo sobre las dificultades de la fe o sobre las crisis de fe. Todos estos temas me hubieran sido más fáciles de tratar, pero hubieran sido menos atractivos porque son más negativos. La belleza de la fe, aunque de primeras me pareció un tema difícil porque la belleza es difícil de definir, es como la cara positiva de la fe, que creo tenemos un poco olvidada a fuerza de toda clase de crisis y el pararnos a reflexionar sobre ella puede reanimar en nosotros las ganas de creer y de creer de verdad.

ETIMOLOGÍA

La palabra belleza deriva de la forma femenina bella del latín “bellus”, bonito, hermoso. Bellus es contracción de “benelus”, diminutivo de bonus, que ha dado bueno y bonito, bello. Esta íntima relación entre lo bello y lo bueno por la etimología me parece muy importante para saber lo que es verdaderamente bello. Y me hace pensar que cuando en el Génesis se nos dice que “Dios miró todo lo que había hecho, y vio que era muy bueno”, en realidad también podríamos encontrar bello, “Dios miró todo lo que había hecho, y vio que era muy bello”. De hecho he visto que el papa Benedicto XVI prefiere esa traducción. Es evidente que lo bello para que sea verdaderamente bello tiene que ser bueno. Creo que a lo largo de la charla lo iréis comprobando.

Desde antiguo se ha puesto de relieve la dificultad que entraña dar una definición de la belleza. Platón nos dijo que “la belleza era aquello que hace bellas a las cosas”. “Bello es lo que, visto, agrada” nos dijo Santo Tomás, y según San Agustín “la belleza es el esplendor del orden”. Pero una vez que sabemos todo esto, no nos ayuda mucho para saber cuál es la belleza de la fe.

TIPOS DE BELLEZA

Acerquémonos ahora a los diferentes tipos de belleza. Quizás nos puedan ayudar más.

Hay tres tipos de belleza:

1.- La belleza natural: Es la belleza que se encuentra en las cosas de la naturaleza. Un paisaje, el vuelo de un pájaro, unas cataratas, unas montañas, el mar, unas nubes, etc. Su fuerza radica en entrar por los ojos. Esta belleza natural es fuente de agrado y complacencia para los sentidos exteriores. Va de fuera para adentro. Me enriquece. Me ennoblece.

2.- La belleza artística, es decir, la plasmada en el arte: Es la belleza de un hermoso cuadro, una catedral, una escultura, una pintura, un discurso. También es una belleza que va de fuera para adentro. Nos exalta. Nos enriquece y ennoblece.

La 3.- La belleza moral o interior: Es la belleza que uno tiene dentro como fuente para saciar la sed propia y la de los demás. Genera amor y alegría renovada en quien la contempla. Esta belleza interior se exterioriza en resplandores de bondad, veracidad, honestidad, coherencia, simplicidad, encanto, armonía, equilibrio.

Esta belleza, al contrario de las otras, va de dentro a afuera. Por eso creo que este último tipo de belleza sí tiene mucho que ver con la belleza de la fe. En cualquier caso, de lo que estamos seguros es de que la belleza de la fe es interior.

DIOS: OBJETO DE LA FE

Me parece que la belleza de la fe, de creer, viene en primer lugar de su objeto. El objeto de la fe es Dios, que no solamente es bello, sino que es la belleza misma, del que toda belleza emana y en el que toda belleza tiene su fundamento. Todo lo demás puede ser bello en alguna medida, pero sólo Dios es la belleza. ¿Cómo no va a ser bella la fe que tiene por objeto vivir con Dios, unirse a Dios, que es el único verdaderamente bello? Yo creo que no realizamos lo suficiente, los que tenemos fe, lo que esto significa. Nosotros, pobres criaturas, estamos llamados, por vocación  a la unión con Dios, a la unión con la belleza, con la única y verdadera belleza. ¡Qué bien lo cantó santa Teresa!:

“¡Oh hermosura que excedéis / a todas las hermosuras!...

Juntáis quien no tiene ser / con el Ser que no se acaba;

sin tener que amar amáis, / engrandecéis nuestra nada.” 

Nada puede ser  más bello que tener fe, en aquel que siendo el Todopoderoso quiere unirse conmigo pobre criatura. 

CRISTO BELLEZA VISIBLE 

Si queremos ahondar un poquito más en la Belleza de Dios, objeto de la fe, creo que tenemos que mirar a Cristo, pues para nosotros es Dios hecho carne, es decir la belleza visible. Por supuesto que la belleza de Cristo no es la exterior, aunque nada nos hace pensar que fuera feo, sino todo lo contrario. Pero la belleza de Cristo aunque es interior se manifiesta en sus obras. ¡Qué bellas son las obras de Cristo! ¡Qué bellas son las obras que hizo Jesús por los hombres de su tiempo, por los que le dejaron, claro, y qué bellas son las obras que sigue haciendo Jesús por todos los que le abren el corazón! 

OBRAS BELLAS:AMOR 

Nos podríamos parar a pensar en qué radica la belleza de sus obras. Creo que, sin lugar a dudas, en el amor con que las hace. Es la belleza interior de Cristo que se manifiesta en sus obras por el amor. “Pasó haciendo el bien”. Así nos resumen, magistralmente, aunque con gran sencillez, la vida de Jesús en los Hechos de los Apóstoles. 

PARADOJA DE LA BELLEZA DE CRISTO 

El Papa Benedicto XVI tiene una muy bonita reflexión sobre la belleza de Cristo. Él habla de la paradoja que es la belleza de Cristo y para ello nos muestra dos textos del Antiguo Testamento que se refieren, los dos, a Cristo y que parecen contradictorios. 

El primero lo encontramos en el salmo 44. Dice así: «Eres el más bello de los hijos de los hombres; en tus labios se derrama la gracia». 

En este salmo reconocemos a Cristo como “el más bello de los hijos de los hombres” y no sólo exteriormente sino que “la gracia derramada en sus labios” manifiesta la belleza interior de su palabra. De este modo, no sólo la belleza exterior con la que aparece el Redentor es digna de ser glorificada, sino que en él, sobre todo, se encarna la belleza de la Verdad, la belleza de Dios mismo, que nos atrae hacia sí. 

Pero al lado de este salmo está el texto de Isaías 53, que muy pronto escucharemos en Semana Santa: «Sin figura, sin belleza. Lo vimos sin aspecto atrayente, con el rostro desfigurado por el dolor» (53, 2). 

¿Cómo se concilian estas dos afirmaciones? ¡El «más bello de los hijos de los hombres» es de aspecto tan miserable, que ni se le quiere mirar! Aquél que es la Belleza misma se ha dejado desfigurar el rostro, escupir encima y coronar de espinas. Es precisamente en este Rostro desfigurado donde aparece la auténtica y suprema belleza: la belleza del amor que se entrega «hasta el extremo». Sí, la gran belleza de Cristo es la belleza del Amor. Lo que le hace infinitamente bello, es su infinito amor. No importa que su rostro esté desfigurado, mejor aún, es su rostro desfigurado el que nos demuestra la belleza de su amor. 

Aquí ya vemos la íntima unión entre belleza y bondad. 

TERESITA 

¿No es esto lo que descubrió también santa Teresita del Niño Jesús cuando se consagró a la Santa Faz y le compuso su poesía? 

“¡Oh Faz adorable de Jesús, única Hermosura que cautiva mi corazón! Nuestras almas comprenden tu lenguaje de amor, nosotras queremos enjugar tu dulce Faz y consolarte del olvido de los pecadores. A sus ojos, tú estás todavía escondido, te consideran como objeto de desprecio...

¡Oh Faz más bella que los lirios y las rosas de primavera, tú no estás escondida a nuestros ojos... Las lágrimas que velan tu mirada divina nos parecen diamantes preciosos que queremos recoger para, con su valor infinito, comprar las almas de nuestros hermanos.” 

¡Qué fuerza la de la fe, que nos permite descubrir la belleza de un rostro desfigurado, el de Cristo, y, desde entonces, el de tantos otros hombres. 

Ahora comprendemos mejor que nunca por qué nos dejó su mandamiento: “Amaos”. Porque lo único que nos puede dar belleza es el amor que tengamos en nuestro corazón y que se manifiesta en nuestros actos. Esto sólo lo consigue la fe. Porque si creemos en Jesús haremos las obras de Jesús, o más bien le dejaremos a Él amar a través de nuestras pobres personas. 

Y qué bien lo comprendió Teresita cuando pegó en un cartoncito una santa faz y escribió esta oración: “Jesús haz que me parezca a ti” Era la mejor manera de ser bella: parecerse a Jesús y hacer sus obras. 

MANIFESTACIONES DE LA FE 

De la belleza del objeto de la fe: DIOS, CRISTO, vamos a pasar a profundizar un poquito en la belleza de las manifestaciones de la fe tal y como nos los presenta el Catecismo de la Iglesia Católica, que en octubre celebraremos también los veinte años de su publicación. El Catecismo se articula en cuatro partes:

1ª La profesión de la fe: el Credo; 2ª la celebración de la fe: La liturgia; 3ª la vida de fe: la moral; 4ª la oración de la fe: cuya expresión privilegiada es el Padrenuestro.

PROFESIÓN DE LA FE 

Empecemos por la belleza de la profesión de la fe que encierra el Credo. El Credo es el bellísimo símbolo en el que se apoya nuestra fe. El conocimiento de la fe, el conocimiento del Credo nos introduce en la totalidad del misterio de salvación revelado por Dios.

 ¿Y hay algo más bello que este misterio de salvación? ¿Un Dios que se revela para darnos a conocer su amor y su designio de salvación?

¿Hay algo más bello que creer en un Dios que es un Padre lleno de amor, que es un Hijo que murió por Amor, y que es Espíritu Santo, es decir Amor, y que sólo quiere estar con nosotros para que podamos amar como Él? 

Santa Teresita había escrito el Credo con su propia sangre y lo llevaba siempre con ella, para creer con fuerza en medio de las noches de la fe.

En los primeros tiempos del cristianismo, los catecúmenos recibían el Credo en una ceremonia especial y se lo aprendían de memoria para tenerlo presente en cualquier momento del día. 

FE CELEBRADA 

El segundo punto es la belleza de la fe celebrada. La liturgia y en particular la Eucaristía, que es la cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia y también la fuente de donde mana toda su fuerza, son expresiones de la verdadera belleza de la fe, porque son la expresión del único, verdadero y bello Amor, que es el de Dios. ¿Cómo no va a ser bella la fe que celebra el misterio del Amor de Dios? 

No puedo dejar de leeros el testimonio del Cardenal Van Thuan, arzobispo vietnamita que estuvo años en prisión, que fue después cardenal de la Iglesia católica, y que hoy va camino de los altares. Él nos da un gran testimonio de fe en la Eucaristía hablando de sus misas celebradas en campo de concentración: 

"Cuando me arrestaron, tuve que marcharme enseguida, con las manos vacías. Al día siguiente me permitieron escribir a los míos para pedir lo más necesario: ropa, pasta de dientes... Les puse: Por favor, enviadme un poco de vino como medicina contra el dolor de estómago. Los fieles comprendieron enseguida. 

Me enviaron una botellita de vino de misa, con la etiqueta: medicina contra el dolor de estómago.

La policía me preguntó:

–        ¿Le duele el estómago?

–        Sí, contesté.

–        Aquí tiene una medicina para usted. 

Nunca podré expresar mi gran alegría: diariamente, con tres gotas de vino y una gota de agua en la palma de la mano, celebré la misa. ¡Éste era mi altar y ésta era mi catedral! Era la verdadera medicina del alma y del cuerpo: Medicina de inmortalidad, remedio para no morir, sino para vivir siempre en Jesucristo.” Y concluye: “¡Han sido las misas más bellas de mi vida!” 

El PME del Niño Jesús, carmelita francés del siglo XX, que nos alimentará después con el testimonio de su fe, hizo una experiencia muy similar que os voy a contar:

Murió un 27 de marzo, tal día como hoy pero en 1967, era lunes de Pascua.

Un tiempo antes estaba ya muy enfermo y no podía celebrar la Eucaristía. El Jueves Santo dijo: “Quisiera decir Misa. Traedme el libro y el pan. ¡Hace tanto tiempo que no digo Misa!”

Un sacerdote le da a entender que es imposible. Y él se resigna. Pero durante el Oficio de la tarde le lleva la comunión a la habitación. El padre pide que le pongan el alba y la estola. Toma la forma y dice: “Soy sacerdote”.

Como está demasiado débil se le da una porción muy pequeña para que pueda tragarla, y bebe del cáliz con paja. Un rato después comenta: “Pocas veces he tenido la ocasión de decir una misa tan bella”. 

En cada Eucaristía asistimos al mayor milagro que sólo es posible para el que tiene fe. 

VIDA DE FE 

La 3ª parte es muy importante es la vida de fe. Nuestro compromiso en este sentido es grande. ¿Damos los cristianos testimonio de la belleza de la fe con nuestras vidas? No me atrevo a responder… 

La fe en Dios, en Jesús, es la que nos permite vivir en paz a pesar de los sufrimientos y amar aunque no nos amen, pues sabemos que Dios nos amó hasta el extremo  y nos sigue amando a cada uno de nosotros. La fe es la que nos permite vivir en esperanza, porque sabemos que nuestra vida, esta vida a la que tan apegados estamos, no se acaba con la muerte, sino que es entonces cuando empieza la verdadera, la que será plenamente bella, porque viviremos en Cristo. 

El que cree, ama. El que cree, perdona. El que cree, escucha. El que cree, espera. El que cree, confía. El que cree, ora. El que cree, goza ¿Necesita otra cosa el hombre de hoy? 

Por eso, en la actualidad, tendríamos que mirar más los atractivos frutos de paz, amor, esperanza y gozo que nos proporciona la fe, para convencernos y que nuestro testimonio fuera más atractivo. Vivimos como encerrados en el miedo de proclamar nuestra fe, cuando lo que el mundo de hoy necesita es oír y ver la belleza de los frutos de la fe. 

¿Cuántas veces en el día presenciamos la belleza de la fe en medio de las acciones más sencillas y pequeñas de nuestra vida diaria. Personas que aceptan su sufrimiento con fe, padres y madres de familia que son vivo testimonio de fe en la alegría de la entrega diaria y desinteresada, y tantas y tantas personas capaces de ver en los más pobres y necesitados el rostro sufriente de Cristo e ir en su ayuda. 

Para terminar con este apartado de la fe vivida, quiero resaltar la belleza de los santos que han creído en la belleza de la fe y que por eso han dado un bellísimo testimonio con sus vidas. ¡Quién no ve la belleza de la fe de santa Teresa, de san Francisco de Asís, de san Juan Bosco, de san Juan de la Cruz, de la madre Teresa de Calcuta, de santa Teresita, tantos santos que nos han dejado ese bello testimonio de fe que son sus vidas! También hoy en día nos tendríamos que fijar más en la belleza de su fe, para que la nuestra saliese fortalecida, y no fijarnos tanto en los que no creen, que hacen a veces tambalear nuestra fe, y muy a menudo nos hacen callarnos por miedo. La mejor manera de encontrar la belleza de la fe es descubrirla en la vida de los santos. Este puede ser también un bonito objetivo para este año de la fe: Vivir más cerca de los santos. Esos” hombres y mujeres que han confesado a lo largo de los siglos la belleza de seguir al Señor Jesús allí donde se les llamaba a dar testimonio de su ser cristianos”. (Porta Fidei nº13) Porque todos ellos sabían de quien se habían fiado. 

FE REZADA 

Detengámonos para terminar en la 4ª parte belleza de la fe rezada.

El que reza expresa la belleza de la fe porque la oración es encuentro con la belleza, encuentro con Dios. La fe toca a Dios, acordaos de la Hemorroisa. Tocó a Jesús con su fe y  enseguida fue curada. Cuando en la oración, hacemos un acto de fe, siempre pasa algo, aunque ni lo veamos, ni lo sintamos, y pasa algo bueno, bello. Porque así como es imposible meter la mano en el agua y no mojarse, o meter la mano en el fuego y no quemarse, del mismo modo es imposible tocar a Dios por la fe y que no pase nada. Cuando Dios encuentra en nosotros la fe se da a raudales. Estar en Dios por la fe en la oración es la forma más segura de dejarle que vaya transformando nuestras vidas con la belleza de su Amor para que puedan llegar a ser bella expresión de fe. Y ¿cuál es la oración más bella? Pues yo diría que la oración gratuita, esa oración a la que voy no porque necesito algo, no para encontrar la paz, no para pedir por alguien, sino que voy por Dios mismo, atraído por su belleza o simplemente por su amor. Todos los santos pusieron la oración en sus vidas. Porque la oración no es algo que hacen solamente los que se entregan a Dios, no, la oración es la expresión de la fe del pueblo de Dios y es lo que hace posible que poco a poco, demos un testimonio bello de fe con nuestras vidas.

Santa Teresita se emocionada con la belleza del Padre nuestro hasta cuando cosía. Así nos lo cuenta su hermana sor Genoveva en Consejos y recuerdos:

“Un día entré en la celda de nuestra hermana, y quedé sobrecogida ante la expresión de gran recogimiento. Cosía con gran actividad y, sin embargo, parecía perdida en una conteplación profunda.

-       “¿En qué piensas?, le pregunté.

-       Medito el Padre nuestro, me respondió. Es tan bello poder llamar a Dios: Padre nuestro!

Y las lágrimas brillaron en sus ojos. 

En la presentación de un libro de la Editorial de esta casa, que se llama “Iconos. belleza y oración” he encontrado la mejor explicación de la belleza de la oración. Dice así: “Orar es contemplar y enamorarse de esa belleza divina, el único antídoto que nos salvará de la fealdad del mal y del pecado.” 

La belleza de la fe solamente la podemos descubrir y transmitir cuando nuestra fe es una fe adulta, a la que le hemos puesto nombre y apellido. 

Dice Benedicto XVI ya al final de su carta apostólica: “La fe es compañera de vida que nos permite distinguir con ojos siempre nuevos las maravillas que Dios hace por nosotros”. 

No perdamos ninguna ocasión de vivir, profesar, celebrar y orar con gozo nuestra fe porque su belleza es grande y el mundo necesita verla.

Y recordemos lo que acaba de decirnos el Papa en su viaje a México

“Necesitamos superar el cansancio de la fe y recuperar la alegría de ser cristianos, de estar sostenidos por la felicidad interior de conocer a Cristo y de pertenecer a su Iglesia”.

 GRACIAS.

 

(Enseñanza impartida por Teresa Gárriz, INV, en la Semana de Espiritualidad, El Carmen de Burgos, 26-30 de Marzo de 2012)