En el aniversario del nacimiento de Teresa de Jesús

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“EN MIÉRCOLES, VEINTE E OCHO DÍAS DEL MES DE MARZO DE QUINIENTOS E QUINCE AÑOS  NASCIÓ TERESA, MI FIJA”

DANIEL DE PABLO MAROTO. Carmelita Descalzo. “La Santa”

 Así anotó Don Alonso el glorioso nacimiento de Teresa, junto con el de todos sus hijos. El precioso documento, que conocieron algunos testigos y los historiadores del Carmen Descalzo, por una curiosa fatalidad, no se conserva. Sólo se salvó del naufragio del olvido la nota de la niña Teresa, no la de sus hermanos, como si la estrella más luminosa de la familia hubiese oscurecido a todos los demás para girar en torno suyo en el anonimato. ¡Menos mal que ella, convertida en cronista oficial de su familia, dejó constancia de todos ellos, sin nombrar a nadie! Sólo los nombres genéricos de “mi padre”, mi madre”, “mis hermanos”, etc.!  

        Ella pintó un cuadro lleno de luz, un hogar con pocas sombras y muchas grandezas entre tantos silencios, que hemos tenido que completar con las informaciones que conocemos por otras fuentes. Su Autobiografía, donde narra su etopeya familiar, escrita en la tardía edad de sus 50 años, es un prodigio de memoria histórica, de reconstrucción de marcos geográficos, de exaltación apologética de su propia familia, pero, al mismo tiempo, de ocultamiento sistemático. Hay mucha vida dentro, de su hogar paterno, radiografía de interioridades, mucha densidad de contenidos vitales referidos a ella misma, pero todo escrito, calculadamente, en acronía y en un anonimato persistente del principio al fin.  

        Lo que callaron ella y su padre Don Alonso fue el lugar del nacimiento, lo que ha generado un pequeño debate entre los historiadores. Tradicionalmente se afirmó que había nacido en Ávila, en el viejo caserón de sus padres, las Casas de la moneda, intramuros de la Ciudad, esquina a la parroquia de Santo Domingo y al hospital de Santa Escolástica, cerca de la puerta de Montenegro que miraba al barrio de la morería, al valle Amblés y, en el fondo, las montañas nevadas de Gredos.  

        En el año 1951, el P. Efrén de la Madre de Dios, carmelita descalzo, tuvo la curiosa ocurrencia -la osadía, diría yo- de afirmar que “El lugar feliz de su nacimiento hubo de ser, según parece, la riente aldea de Gotarrendura, adonde sus padres solían invernar”. No era una afirmación rotunda, sino una mera hipótesis de trabajo y una fundamentación totalmente nula en documentos históricos redescubiertos. Sólo aportó pruebas documentales ya conocidas y nunca utilizadas para desmontar una tradición sostenida pacíficamente durante casi cuatro siglos.  

        El P. Efrén siguió sosteniendo hasta en la última biografía de la Santa, sin duda, la más rica, la mejor documentada de todas las publicadas, almacén de datos que nutren otras muchas y de más amplia difusión editorial, que el nacimiento de la niña Teresa “oscila históricamente entre el caserón de la ciudad y la finca señorial de Gotarrendura, aldea de Ávila”. Y supongo que con esa idea fija en la mente y el corazón murió.        

       Que yo sepa, el P. Efrén no ha tenido discípulos ni seguidores ni defensores y sí enemigos y adversarios, sobre todo en un historiador abulense que le respondió airadamente y con tanto disgusto que ni siquiera aludió a él por su nombre en un escrito, sino con el genérico de “un padre carmelita” y “el biógrafo”. Creo que, de momento, mientras no aparezcan nuevos documentos verdaderamente probativos, podemos estar bastante seguros de que la niña Teresa nació en la ciudad de Ávila. Una prueba, entre tantas otras, puede ser el hecho de que cuando se edificó el convento y la iglesia de “La Santa” en Ávila los años 1630-1636, todos los que intervinieron en el proyecto estaban seguros de que lo hacían sobre el solar de la casa de los padres de Teresa de Jesús, ya canonizada (1622), donde había nacido Teresa.    

        Los habitantes de Gotarrendura pueden estar contentos de que, aquella vieja polémica, hoy ya olvidada en las altas esferas de la investigación científica, dio a conocer ese pueblecito abulense, “riente aldea”, como la definió el P. Efrén, y ha suscitado entre ellos un amor apasionado hacia santa Teresa, sin duda alguna la mujer más universal de las nacidas en las tierras de Ávila. Ellos cuidan con mimo el viejo “palomar” de la familia, herencia de su madre, Doña Beatriz de Ahumada. Por otra parte, Gotarrendura será un lugar a recordar con emoción por todos los amantes y devotos de Teresa como un lugar “teresiano”.  

        Una sola vez mienta la madre Teresa “las casas de Gotarrendura” en una carta a su hermano Lorenzo en 1561. Pero los lectores de su biografía mirarán con emoción aquel lugarejo perdido en la ancha meseta castellana porque allí la mente y el corazón de la niña y adolescente Teresa se llenaron de luz y de colores, de vida animal y vegetal, de horizontes infinitos, de olor a tierra mojada; allí vio manar el agua del pozo que se extraía con los arcaduces de una noria; allí vio correr el agua del arrollo y caer mansamente el agua de la lluvia. Todo ese bagaje cultural que brotaba del contacto con la naturaleza ella lo trasfiguraba a lo divino para explicar los camino de la espiritualidad y de la mística. Y esto es lo que cuenta, más allá de un dato histórico que resulta irrelevante, imposible de comprobación documental.      

          Artículo publicado en http://www.ocdcastilla.org/