Payaso sin miradas: atreverse a ser ridículos

Hace años paseando por el parque del Retiro de Madrid, mis ojos se cruzaron con una estampa llena de encanto y desconcierto: 

Un payaso perfectamente vestido había montado su espectáculo en medio de una de las plazuelillas y hacía algún que otro número y alguna gracia a los niños que pasaban, pero pronto se le acabó el repertorio, y se quedó allí en medio sin saber qué hacer, un tanto confundido. Los paseantes iban a otro espectáculo próximo lleno de observadores. Él quedó solo. Yo le miraba de lejos con cierta pena, con esa sensación tan extraña que produce el ridículo; preguntándome por el miedo a no ser aplaudido, por el miedo a ser ignorado por los demás. Y recordaba la letra de aquella canción:  

En la plaza vacía,
nada vendía el vendedor
y aunque nadie compraba,
no se apagaba nunca su voz (...)
Voy a poner un mercado
entre tantos mercaderes
para vender esperanzas
y comprar amaneceres... 

Últimamente he leído algo sobre el ridículo que me ha despertado. Es un texto de Mircea Eliade, sobre los grandes hombres y mujeres de todos los tiempos como ridículos, en el sentido más fecundo de la palabra: 

El ridículo se resume en esto: vivir tu vida, desnuda, inmediata, rechazando las supersticiones, las convenciones y los dogmas. Cuanto más personalas somos más nos identificamos con nuestras intenciones, más coinciden nuestros actos con nuestras ideas, y más ridículos somos... Habla del ridículo de Jesús, de Gandhi, de Don Quijote... hombres sinceros, veraces, originales, valientes... Personas que han transformado la vida de millones de seres humanos por su ruptura con lo prudente y lo ‘respetable’. Individuos que han hecho el ridículo a los ojos de sus contemporáneos y, por eso, han provocado un posicionamiento, han suscitado preguntas inquietantes sobre tu verdad y la mía.

Estamos en tiempo de Cuaresma...

¿Quién es nuestro modelo de referencia? ¿Un Cristo rodeado de éxito clamoroso seguido de multitudes incondicionales?
No...

La fecundidad de la sinceridad, y del fracaso aparente están en la base de su libertad y su lealtad, y de su mensaje.

Seamos sinceros, y, atrevámonos a ser ridículos.