Una iglesia cercana...

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He estado haciendo recados esta mañana y apenas he tenido tiempo de sosegar, pero mi atención se ha dirigido a las paredes pintadas de grafitis, porque algunos mensajes llenos de colorines y de vida me resultaban curiosos al lado de otros nada piadosos: Lee la biblia, Dios te ama, Cristo vive... Junto a otros: Autogestión, Anarquía, un sinfín de palabras extrañas... Me llama la atención el mensaje de los primeros anuncios, como una nueva evangelización, como el deseo de recordar palabras que la gente ha olvidado y que para los creyentes son esenciales... Aprovechamos los medios imaginativos que nos ofrece un bote de pintura y una pared a propósito.  

Es verdad que a nuestra fe le falta imaginación, alegría y audacia para ser viva y contagiosa. Por eso tenemos que prestar atención a los otros grafitis, los de aquellos que son distintos, los grafitis de los inconformistas, los críticos con la Iglesia, con los curas, con las instituciones, con el poder... no para darles la razón, sino para volver a escuchar de dónde nace su desánimo, su frustración, su descontento. No podemos quedarnos en lo amargo de su crítica, tenemos que leer el corazón de nuestro mundo, antes de querer convencerle o conquistarle para nuestra fe. En esa tarea nos va la vida de nuestra voz, para que sea creíble y sintonice con el anhelo que late más al fondo. 

Las palabras de los profetas están escritas en las paredes del metro (...) y susurradas en los sonidos del silencio, decía la canción que recordáis Sonidos del Silencio, de Simon y Garfunkel. Leed en la paredes de vuestra ciudad, en lo que susurra el silencio más allá de vosotros, mientras vais de camino... 

Hace unos días, estando en misa, observando la gente muy distinta que viene a nuestras celebraciones, cada uno con sus preocupaciones y alegrías...  

En esto, un niño entró en la iglesia en el momento de la paz y se acercó a dar un beso a tres o cuatro personas de distintos sitios, ¿Serían algo suyo? No lo sé. Más bien parecía que no, pero la gente le recibía y acogía el beso con simpatía. ¡Qué gesto más sin protocolo, sin avisar, sin artificio! Lo más bello de la Iglesia tiene que ver con un Dios parecido a ese niño, que se acerca y te besa cuando estás desprevenido. ¿Quién se niega al beso de un niño? 

¡Ojalá fuera así la Iglesia! Es decir, tú y yo; con esa frescura y espontaneidad...