El cuarto rey mago...

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Alguien contó ayer esa antigua narración apenas conocida, recogida en viejos códices, que cuenta la historia de un cuarto Rey Mago... Sí, uno que no ha pasado a la historia porque no llegó a Belén en el momento adecuado, porque no vio la estrella, un Rey Mago que, al igual que sus otros tres compañeros de búsqueda, anhelaba contemplar al futuro liberador de Israel, al Mesías de Dios. Hacía muchos años que se había puesto en camino, vendiendo todas sus posesiones, sin haber obtenido el fruto deseado. Conservaba aún los tesoros cuidadosamente custodiados que serían su ofrenda para el gran Profeta de Dios. 

Pero los años habían ido pasando... Hacía ya mucho tiempo que había salido de su país sin haber obtenido el sueño añorado de ver al Mesías. Y no pudo resistir la tentación de ofrecer parte de aquellos dones a los necesitados que se había ido encontrando por los más diversos rincones del mundo conocido. Poco a poco la bolsa de sus tesoros se quedó tan delgada como un globo desinflado, hasta el punto de que sus mismos pajes lo habían abandonado y llegó a convertirse él mismo en mendigo, vendiendo sus ropas para poder comer. 

Ahora, manteniendo vivo el deseo de ver con sus ojos la hermosura de la Estrella Luciente de la Mañana, como llamaba él al Enviado de Dios, se sentía, sin embargo, avergonzado de no tener ya nada que ofrecerle, si en cualquier momento recibiera la gracia de contemplarle. 

No se había apagado su esperanza, cuando le llegó el fin de sus días, pensando que desde la claridad del cielo ya no habría velos, ni enigmas para él. Se contentaba pensando esto, aunque su búsqueda hubiera sido un verdadero fracaso. 

Entonces, sin que nadie más lo viera, recibió la visita de Jesús en persona, que le abrazó como un verdadero amigo y le dijo: no pienses que tu vida ha sido inútil. Tus tesoros me han alimentado, me han dado alegría y esperanza todos estos años, aunque tú no lo supieras, en cada uno de los necesitados que te encontrabas, en cada una de las personas a las que diste la alegría de alguno de tus dones yo me sentí más emocionado que si a mí mismo me los hubieras entregado. En cada uno de ellos te he ido sonriendo. Te estaré eternamente agradecido. Ven a mi casa, a mi hogar, a contemplar mi rostro.