Fundaciones (13-14): Fundación de los Frailes

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PRINCIPIOS DE ALGO IMPORTANTE PARA SERVICIO DE NUESTRO SEÑOR. FUNDACIÓN DE LOS FRAILES 

La Madre Teresa ya  tiene dos candidatos, “dos voluntades”, para fundar a los carmelitas descalzos. De los dos está ya satisfecha, aunque de uno más que de otro. “Porque al padre fray Antonio de Jesús había el Señor bien ejercitado un año que había que yo lo había tratado con él, en trabajos y llevádolo con mucha perfección. Del padre fray Juan de la Cruz ninguna prueba había menester, porque aunque estaba entre los del paño, calzados, siempre había hecho vida de mucha perfección y religión. Fue nuestro Señor servido que como me dio lo principal, que eran frailes que comenzasen, ordenó lo de demás” (F 13,1).  

DURUELO 

Aparecen colaboradores de la gracia, inesperadamente. La historia fundacional de la Madre Teresa está llena de nombres, a los que ella rescata del anonimato. “Un caballero de Ávila, llamado don Rafael, con quien yo jamás había tratado, no sé cómo ­que no me acuerdo­ vino a entender que se quería hacer un monasterio de Descalzos; y vínome a ofrecer que me daría una casa que tenía en un lugarcillo de hartos pocos vecinos, que me parece no serían veinte ­que no me acuerdo ahora­, que la tenía allí para un rentero que recogía el pan de renta que tenía allí. Yo, aunque vi cuál debía ser, alabé a nuestro Señor y agradecíselo mucho” (F 13,2).  

Y hacia allá se encamina con una compañera y con el capellán de San José de Ávila. Quiere palpar y tocar esa tierra santa donde va a nacer algo grande, aunque sea en un lugar tan pequeño, que ni lo menciona. “Aunque partimos de mañana, como no sabíamos el camino, errámosle; y como el lugar es poco nombrado, no se hallaba mucha relación de él. Así anduvimos aquel día con harto trabajo, porque hacía muy recio sol. Cuando pensábamos estábamos cerca, había otro tanto que andar. Siempre se me acuerda del cansancio y desvarío que traíamos en aquel camino. Así llegamos poco antes de la noche” (F 13,3).  

Los ojos del amor y del deseo le permiten ver un convento donde solo hay una ruina. “Como entramos en la casa, estaba de tal suerte, que no nos atrevimos a quedar allí aquella noche por causa de la demasiada poca limpieza que tenía y mucha gente del agosto. Tenía un portal razonable y una cámara doblada con su desván, y una cocinilla. Este edificio todo tenía nuestro monasterio. Yo consideré que en el portal se podía hacer iglesia y en el desván coro, que venía bien, y dormir en la cámara” (F 13,3). La compañera no lo ve tan claro: “cierto, madre, que no haya espíritu, por bueno que sea, que lo pueda sufrir. Vos no tratéis de esto” (F 13,3). Tienen que ir a dormir a la iglesia. 

Batería de argumentos, esta vez innecesarios, al P. Antonio: “Díjele lo que pasaba y que si tendría corazón para estar allí algún tiempo, que tuviese cierto que Dios lo remediaría presto, que todo era comenzar… y que creyese que no nos daría la licencia el provincial pasado ni el presente… si nos viesen en casa muy medrada…, y que en aquel lugarcillo y casa que no harían caso de ellos. A él le había puesto Dios más ánimo que a mí; y así dijo que no sólo allí, mas que estaría en una pocilga. Fray Juan de la Cruz estaba en lo mismo” (F 13,4). “Yo esperaba en nuestro Señor” (F 13,5).  

La Madre Teresa, formadora de Juan de la Cruz, presagio del futuro. “Yo me fui con fray Juan de la Cruz a la fundación que queda escrita de Valladolid. Y como estuvimos algunos días con oficiales para recoger la casa, sin clausura, había lugar para informar al padre fray Juan de la Cruz de toda nuestra manera de proceder, para que llevase bien entendidas todas las cosas, así de mortificación como del estilo de hermandad y recreación que tenemos juntas… El era tan bueno, que al menos yo podía mucho más deprender de él que él de mí; mas esto no era lo que yo hacía, sino el estilo del proceder las hermanas” (F 13,5).  

Es el Señor quien lo ha hecho; ha sido un milagro patente. “¡Oh, válgame Dios, qué de cosas he visto en estos negocios, que parecían imposibles y cuán fácil ha sido a Su Majestad allanarlas! ¡Y qué confusión mía es, viendo lo que he visto, no ser mejor de lo que soy! Que ahora que lo voy escribiendo, me estoy espantando y deseando que nuestro Señor dé a entender a todos cómo en estas fundaciones no es casi nada lo que hemos hecho las criaturas. Todo lo ha ordenado el Señor por unos principios tan bajos, que sólo Su Majestad lo podía levantar en lo que ahora está. Sea por siempre bendito, amén” (F 13,7).  

Juan va por delante. “Ordenamos que el padre fray Juan de la Cruz fuese a la casa, y lo acomodase de manera que comoquiera pudiesen entrar en ella; que toda mi prisa era hasta que comenzasen, porque tenía gran temor no nos viniese algún estorbo; y así se hizo” (F 14,1). A la Madre le sorprende que el P. Antonio lleve cinco relojes, sin tener aún “en qué dormir” (F 14,1).

La alegría, siempre como señal. “Dicho me ha el padre fray Antonio que cuando llegó a vista del lugarcillo, le dio un gozo interior muy grande y le pareció que había ya acabado con el mundo en dejarlo todo y meterse en aquella soledad; adonde al uno y al otro no se les hizo la casa mala, sino que les parecía estaban en grandes deleites” (F 14,3).  

Teresa no deja escapar esta ocasión para hacer su discurso sobre los edificios. “¡Oh, válgame Dios! ¡Qué poco hacen estos edificios y regalos exteriores para lo interior! Por su amor os pido, hermanas y padres míos, que nunca dejéis de ir muy moderados en esto de casas grandes y suntuosas. Tengamos delante nuestros fundadores verdaderos, que son aquellos santos padres de donde descendimos, que sabemos que por aquel camino de pobreza y humildad gozan de Dios. Verdaderamente he visto haber más espíritu y aun alegría interior cuando parece que no tienen los cuerpos cómo estar acomodados, que después que ya tienen mucha casa y lo están” (F 14,4-5).  

Comienzan los carmelitas descalzos en el Adviento, todo un símbolo esperanzador. “Primero o segundo domingo de adviento de este año de 1568 (que no me acuerdo cuál de estos domingos fue), se dijo la primera misa en aquel portalito de Belén, que no me parece era mejor” (F 14,6).  

A pesar de estar tan perdido el lugar, la Madre Teresa regresa para ver, ya no la casa, sino la vida de aquellos frailes. “La cuaresma adelante, viniendo a la fundación de Toledo, me vine por allí. Llegué una mañana. Estaba el padre fray Antonio de Jesús barriendo la puerta de la iglesia, con un rostro de alegría que tiene él siempre. Yo le dije: «¿qué es esto, mi padre?, ¿qué se ha hecho la honra?». Díjome estas palabras, diciéndome el gran contento que tenía: «Yo maldigo el tiempo que la tuve»” (F 14,6). 

Va se asombro en asombro. “Como entré en la iglesia, quédeme espantada de ver el espíritu que el Señor había puesto allí. Y no era yo sola, que dos mercaderes que habían venido de Medina hasta allí conmigo, que eran mis amigos, no hacían otra cosa sino llorar. ¡Tenía tantas cruces, tantas calaveras! Nunca se me olvida una cruz pequeña de palo que tenía para el agua bendita, que tenía en ella pegada una imagen de papel con un Cristo que parecía ponía más devoción que si fuera de cosa muy bien labrada “ (F 14,6).   

El relato es un canto de gozo. Todo le gusta a la Madre. Está embelesada. “El coro era el desván, que por mitad estaba alto, que podían decir las horas; mas habianse de bajar mucho para entrar y para oír misa. Tenían a los dos rincones, hacia la iglesia, dos ermitillas, adonde no podían estar sino echados o sentados, llenas de heno (porque el lugar era muy frío y el tejado casi les daban sobre las cabezas), con dos ventanillas hacia el altar y dos piedras por cabeceras, y allí sus cruces y calaveras. Supe que después que acababan maitines hasta prima no se tornaban a ir, sino allí se quedaban en oración, que la tenían tan grande, que les acaecía ir con harta nieve las hábitos cuando iban a prima y no lo haber sentido” (F 14,7).  

La Madre Teresa va de asombro en asombro: espíritu de oración, anuncio del evangelio en los pueblos vecinos, aprecio de la gente…“Iban a predicar a muchos lugares que están por allí comarcanos sin ninguna doctrina, que por esto también me holgué se hiciese allí la casa; que me dijeron, que ni había cerca monasterio ni de dónde la tener, que era gran lástima. En tan poco tiempo era tanto el crédito que tenían, que a mí me hizo grandísimo consuelo cuando lo supe. Iban ­como digo­ a predicar legua y media, dos leguas, descalzos… y con harta nieve y frío; y después que habían predicado y confesado, se tornaban bien tarde a comer a su casa. Con el contento, todo se les hacía poco” (F 14,8). 

A tanta gracia responde agradecidamente. La casita es símbolo de algo grande que comienza. “Pues como yo vi aquella casita, que poco antes no se podía estar en ella, con un espíritu, que a cada parte, ­me parece­, que miraba, hallaba con qué me edificar, y entendí de la manera que vivían y con la mortificación y oración y el buen ejemplo que daban, porque allí me vino a ver un caballero y su mujer que yo conocía, que estaba en un lugar cerca, y no me acababan de decir de su santidad y el gran bien que hacían en aquellos pueblos, no me hartaba de dar gracias a nuestro Señor, con un gozo interior grandísimo, por parecerme que veía comenzado un principio para gran aprovechamiento de nuestra Orden y servicio de nuestro Señor” (F 14,11). “Los mercaderes que habían ido conmigo me decían que por todo el mundo no quisieran haber dejado de venir allí. ¡Qué cosa es la virtud, que más les agradó aquella pobreza que todas las riquezas que ellos tenían, y les hartó y consoló su alma!” (F 14,11). Gozo grande, pobreza, mucho espíritu. 

“Después que tratamos aquellos padres y yo algunas cosas, en especial ­como soy flaca y ruin­ les rogué mucho no fuesen en las cosas de penitencia con tanto rigor, que le llevaban muy grande… Como imperfecta y de poca fe, no miraba que era obra de Dios y Su Majestad la había de llevar adelante” (F 14,12). “Me fui con harto grandísimo consuelo, aunque no daba a Dios las alabanzas que merecía tan gran merced. Plega a Su Majestad, por su bondad, sea yo digna de servir en algo lo muy mucho que le debo, amén; que bien entendía era ésta muy mayor merced que la que me hacía en fundar casas de monjas” (F 14,12). 

Teresa Fundaciones

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