San Juan de la Cruz y la naturaleza

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DANIEL DE PABLO MAROTO.

Carmelita Descalzo. “La Santa”. 

Catorce de diciembre, aniversario de la muerte de san Juan de la Cruz en Úbeda el año 1591. Él convoca siempre en esta fecha a todos los habitantes del planeta, especialmente a los abulenses, porque en la estepa castellana de Fontiveros nació.

         Pero también habla a los poetas y literatos, a los teólogos y espirituales, a los creyentes en el Dios cristiano o en el dios universo, a los ateos y a los agnósticos. A todos dirige la palabra universal que pronuncia la naturaleza en un lenguaje arcano y silencioso, o la que grita la gloria de Dios para el creyente en Él creador. El poeta Juan de la Cruz ha sabido convertir lo existente, animado o inanimado, en experiencia mística, lo visible del mundo en signo sacramental de realidades invisibles. El universo es el gran sacramento de la divinidad, que la revela sin desvelar del todo su misterio primigenio, para que el hombre, buscador y analista de profundidades, se siga interrogando sobre su principio, su finalidad, y su término.

         Los versos de Juan de la Cruz no pertenecen a la llamada literatura religiosa, aunque ése sea su contenido básico, sino que son poesía mística porque son expresión de una profunda experiencia de lo divino. Es el suyo un lenguaje poético, lírico, enriquecido con palabras eufónicas, de estética transcendida porque antes ha sido una experiencia divinal, una iluminación interior, más allá de la inspiración de las musas del olimpo griego. Así lo expresa al comentar en prosa el misterioso arcano de los versos compuestos en la cárcel de Toledo.

         “Por haberse, pues, estas canciones compuesto en amor de abundante inteligencia mística, no se podrán declarar al justo [en su sentido preciso], ni mi intento será tal, sino sólo dar alguna luz general [...]; porque los dichos de amor es mejor declararlos en su anchura, para que cada uno de ellos se aproveche según su modo y caudal de espíritu” (Cántico Espiritual, prólogo, 2). Advierte también que es imposible transmitir a la prosa del comentario todo el contenido secreto y profundo del verso, el único capaz de transmitir la experiencia mística de Dios. “Sería ignorancia pensar que los dichos de amor en inteligencia mística, cuales son los de las presentes canciones, con alguna manera de palabras se pueden explicar” (ib., 1). Quiere decir que la experiencia mística es un conocimiento de Dios que trasciende las entendederas racionales y las mismas especulaciones de los teólogos y lo percibe sólo el alma enamorada: es un conocimiento por amor que es, al mismo tiempo, causa del conocer más profundo. Sólo el místico verdadero, por su conocer por el amor, es el verdadero teólogo, el que con menos deficiencias verbales habla de Dios, el que no convierte en logomaquias el hablar sobre Dios. Éste es el lenguaje del místico Juan de la Cruz y el de todos los místicos medievales.

         Dicho esto como premisa, nos acercamos al decir poético y místico, arcano y trascendido que utiliza san Juan de la Cruz, con referencia constante a la naturaleza animada o inanimada. El lenguaje utilizado es el vocabulario de su tiempo, el que usaban los escritores cultos, a veces académico, a veces popular, siempre preciso y sobrio, inteligible para todos. Es dura la exigencia ascética del cristiano radical que es Juan de la Cruz y que transmite a su prosa; pero los versos parece que la enmascaran, la dulcifican, al envolverla en símbolos, alegorías o metáforas.

         Las palabras son claras, de significación evidente, pero tienen con frecuencia un plus significante, un sensus plenior, una ulterior significación, como la Sagrada Escritura. Pero la suya no es escritura revelada, sino proyección de un instinto poético esencial, teniendo como apoyo documental casi siempre la naturaleza creada.

         Por ejemplo, la noche no es la noche cósmica, con su oscuridad creciente y decreciente, sino la situación de la persona sometida a una purificación voluntaria o inducida por el Dios que conduce la existencia del creyente. Es la fe, la esperanza y la caridad, virtudes teologales, que ofrecen a la persona humana controles y frenos de los bajos instintos -los “apetitos”- y la liberan de su egoísmo y de las necesidades innecesarias que inventa la civilización.

          El Dios amado, no es el Dios de la Escritura, la Tradición y la teología escolástica, sino las “montañas, los valles solitarios nemorosos, las ínsulas extrañas, los ríos sonorosos, la música callada, la soledad sonora”. Toda la creación la ha convertido en una caja de resonancia de lo divino, como un seno anchuroso y universal que proclama la gloria del Dios creador de toda la hermosura. El ritmo poético se ha convertido en música verbalizada.

         La fe, en sentido objetivo, depósito de verdades que el cristiano debe creer, es la “cristalina fuente de semblantes plateados”, que el poeta Juan de la Cruz quiere tener siempre en sus entrañas dibujados. Las “frescas mañanas” simbolizan la juventud, “las frescas mañanas de las edades”. Las “montañas” “son las potencias del alma: memoria, entendimiento y voluntad”. Los “leones” son las “acrimonias e ímpetus de la potencia irascible”. Los “montes, valles, riberas” son “los actos viciosos y desordenados de las tres potencias del alma”. El “manzano” es “el árbol de la cruz”, símbolo de fértil significado en la tradición teológica y espiritual del Oriente y Occidente cristianos, haciendo referencia a Eva y el árbol del paraíso, contrapunto del árbol de la cruz del monte de la Calavera, en el que Cristo redimió a Adán y Eva y a toda su descendencia. Las “granadas” son “los misterios de Cristo”.

         Y sigue cantando el poeta Juan de la Cruz volviendo a lo divino en su Cántico Espiritual no sólo los amores mundanos, sino dando a lo natural un aliento sobrenatural y divino; re-creando lo creado y dándole un valor significante que descubren sólo los grandes poetas inspirados y los místicos enamorados.

         Finalmente, para que la naturaleza creada adquiera ese plus significante, el poeta la considera no como fin en sí misma, dada su finitud, sino como mediación y camino para la conquista del hombre nuevo y recreado por la fe. En esta visión transcendida de la naturaleza se percibe que el poeta místico no rechaza el mundo, sino que lo integra en un camino hacia la meta: Dios. El mundo y sus realidades materiales, incluidos los seres humanos, se transforman en un escenario viviente en el que se libra la batalla entre el bien y el mal, entre el amor y el egoísmo. Y es en él donde el poeta místico se da cuenta de que los caminos del hombre no son los de Dios, porque “Él está sobre el cielo y habla en camino de eternidad; nosotros, ciegos, sobre la tierra, y no entendemos sino vías de carne y tiempo” (Subida,  20, 5).

(Artículo publicado en http://www.ocdcastilla.org/)