Fundaciones (4-5): Palabras sustanciales para la oración

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PARA “CAMINAR MEJOR EL CAMINO” (F 4,4).  

Cuando la Madre Teresa escribe estos capítulos se encuentra en Salamanca. Ya ha fundado siete monasterios. Y “la causa de no haber fundado más, ha sido el atarme los prelados en otra cosa” (F 4,1). Desde su atalaya contempla el panorama. Se la ve como una madre que cuida de sus hijos. Siente la necesidad de decir algunas cosas, porque “es menester no estén los espíritus amedrentados” (F 4,2), porque “el amor propio que reina en nosotras muy sutil” (F 4,2), porque “claramente he conocido que muchas veces se engañan a sí mismas sin querer” (F 4,2) y para “procurar caminar mejor el camino, para contentar mejor a nuestro Esposo y hallarle más presto…para animarnos a andar con fortaleza camino de puertos tan ásperos, como es el de esta vida, mas no para acobardarnos en andarle” (F 4,4).   

Se acerca a la realidad con un realismo esperanzado; lo que ve no le ata las manos sino que la compromete. Es su forma de mirar y de reaccionar ante lo que ve. “Están, por nuestros pecados, tan caídas en el mundo las cosas de oración y perfección, que es menester declararme de esta suerte; porque, aun sin ver peligro, temen de andar este camino, ¿qué sería si dijésemos alguno?” (F 4,3). Aunque “si en algo puede dejar de haber muy menos peligro es en los que más se llegan a pensar en Dios y procuran perfeccionar su vida” (F 4,3), porque “el bien nunca trajo mal” (F 4,4). Y además, “¿cómo es de creer que no nos libraréis, cuando no se pretende cosa más que contentaros y regalarnos con Vos? Jamás esto puedo creer” (F 4,4). Así dialoga consigo misma y con el Señor.  

Sigue emocionada con el estilo de vida que se lleva en las comunidades fundadas, a las que llama “los palomarcitos de la Virgen nuestra Señora” (F4,5). El Señor no deja de hacer maravillas. “Comenzó la divina Majestad a mostrar sus grandezas en esta mujercitas flacas, aunque fuertes en los deseos y en el desasirse de todo lo criado, que debe ser lo que más junta el alma con su Criador, yendo con limpia conciencia… Como todas las pláticas y trato no salen de él (el Señor), así Su Majestad no parece se quiere quitar de con ellas” (F 4,5).  

Y la mirada se le va hacia el Señor, que es quien lo hace. Echa fuera “disculpas tan torcidas y engaños tan manifiestos” (F 4,7). La culpa de que el Señor no haga maravillas “no lo echen a los tiempos, que para hacer Dios grandes mercedes a quien de veras le sirve, siempre es tiempo” (F 4,5), “mas bien sé que está la falta en mí” (F 4,7). La frescura y novedad evangélicas de los comienzos pueden mantener siempre su vigencia. “Siempre habíamos de mirar que son cimientos de los que están por venir” (F 4,6). “¿Qué me aprovecha a mí que los santos pasados hayan sido tales, si yo soy tan ruin después, que dejo estragado con la mala costumbre el edificio? Porque está claro que los que vienen no se acuerdan tanto de los que ha muchos años que pasaron, como de los que ven presentes” (F 4,6). Cada uno “procure ser piedra tal con que se torne a levantar el edificio, que el Señor ayudará para ellos” (F 4,7).  

HAY MUCHO EN JUEGO. AMAR ES LO QUE IMPORTA 

Lo que Teresa dice no es “regla infalible… hay muchos caminos” (F 5,1), pero desde la experiencia se atreve a afirmar “en qué está la sustancia de la perfecta oración” (F 5,2). Parecen cosas sencillas las que dice, pero están llenas de sabiduría del Espíritu. No “está todo el negocio en el pensamiento” (F 5,2), porque “hase de entender que no todas las imaginaciones son hábiles de su natural para esto, mas todas las almas lo son para amar” (F 5,2). “El aprovechamiento del alma no está en pensar mucho, sino en amar mucho” (F 5,2).   

El alma de toda oración es el amor, porque la persona se define desde el amor.  “¿Cómo se adquirirá este amor? Determinándose a obrar y padecer, y hacerlo cuando se ofreciere” (F 5,3). Está bien “pensar lo que debemos al Señor y quién es y lo que somos” (F 5,3), pero “cuando no hay de por medio cosas que toquen en obediencia y aprovechamiento de los prójimos” (F 5,5). “Cualquiera de estas dos cosas que se ofrezcan, piden tiempo para dejar el que nosotros tanto deseamos dar a Dios, que a nuestro parecer es estarnos a solas pensando en El y regalándonos con los regalos que nos da. Dejar esto por cualquiera de estas dos cosas, es regalarle y hacer por El” (F 5,3). Pensar que Dios solo nos puede aprovechar por un camino “es atarle las manos” (F 5,5).  

¿De dónde viene entonces la desazón? ¿Cómo compaginar la oración en soledad con el servicio a los otros? De “un amor propio que aquí se mezcla, muy delicado; y así no se deja entender que es querernos más contentar a nosotros que a Dios” (F 5,4). Quien de verdad ama al Señor y conoce su condición (cf F 5,5), “no se acuerda de su contento, sino en cómo hacer más la voluntad del Señor” (F 5,5).  

Con el recuerdo siempre vivo de Jesús, “obediens usque ad mortem” (Flp 2,8), trata el tema de la obediencia como mediación para ajustarse a la voluntad de Dios, porque “quien a vosotros oye a mí me oye” (Lc 10,16), y como ayuda para el crecimiento de la oración profunda, que necesita discernimiento. “¡Oh Señor, cuán diferentes son vuestros caminos de nuestras torpes imaginaciones! ¡Y cómo de un alma que está ya determinada a amaros y dejada en vuestras manos, no queréis otra cosa sino que obedezca y se informe bien de lo que es más servicio vuestro, y eso desee! No ha menester ella buscar los caminos ni escogerlos, que ya su voluntad es vuestra. Vos, Señor mío, tomáis ese cuidado de guiarla por donde más se aproveche” (F 5,6).  

El fruto de esta obediencia es “aquella libertad de espíritu tan preciada y deseada que tienen los perfectos, adonde se halla toda la felicidad que en esta vida se puede desear; porque, no queriendo nada, lo poseen todo. Ninguna cosa temen ni desean de la tierra, ni los trabajos las turban, ni los contentos las hacen movimiento” (F 5,7); “por la misma causa que sujetamos nuestra voluntad y razón por El, nos hace señores de ella. Entonces, siendo señores de nosotros mismos, nos podemos con perfección emplear en Dios, dándole la voluntad limpia para que la junte con la suya” (F 5,12). “¡Oh dichosa obediencia y distracción por ella, que tanto pudo alcanzar!” (F 5,7). “Pues ¡ea, hijas mías!, no haya desconsuelo cuando la obediencia os trajere empleadas en cosas exteriores; entended que si es en la cocina, entre los pucheros anda el Señor ayudándoos en lo interior y exterior” (F 5,8).  “Yo creo que, como el demonio ve que no hay camino que más presto lleve a la suma perfección que el de la obediencia, pone tantos disgustos y dificultades debajo de color de bien” (F 5,10). 

La perfección está pues “en estar nuestra voluntad tan conforme con la de Dios, que ninguna cosa entendamos que quiere, que no la queramos con toda nuestra voluntad, y tan alegremente tomemos lo sabroso como lo amargo, entendiendo que lo quiere Su Majestad” (F 5,10). Porque “esta fuerza tiene el amor, si es perfecto, que olvidamos nuestro contento por contentar a quien amamos” (F 5,10). “Porque esto no se hace con buenas razones; que nuestro natural y amor propio tiene tantas, que nunca llegaríamos allá” (F 5,11). Arrobamientos muy regalados sin obediencia no es voluntad de Dios (cf F 5,13); “hay poca obediencia y propia voluntad, unida con su amor propio me parece a mí que estará, que no con la voluntad de Dios” (F 5,13).  

SEGUNDA OCASIÓN DE DISGUSTO 

¿Cómo conjugar el amor a soledad con las tareas que debemos realizar cada día? Hay otra razón que le parece más de peso para no dejar la soledad: que  “hay menos ocasiones de ofender al Señor…, y parece anda el alma más limpia; que si es temerosa de ofenderle, es grandísimo consuelo no haber en qué tropezar” (F 5,14). Pero esta razón tampoco es válida.  Y argumenta de otra manera:  

- Propio conocimiento. Aunque “este deseo (de soledad) anda continuo en las almas que de veras aman a Dios” (F 5,15), la Santa ve que es ganancia estar obedeciendo en las tareas que el Señor manda, porque “nos da a entender quién somos y hasta dónde llega nuestra virtud” (F 5,15). Es una manera de comprobar, como el oro en el crisol, cómo andamos de paciencia, de humildad, de fortaleza, de alegría. Y por eso, Teresa recalca con firmeza: “Aquí, hijas mías, se ha de ver el amor, que no a los rincones, sino en mitad de las ocasiones” (F 5,15).  

“Nos es gran bien que nos manden cosas para ver nuestra bajeza. Y tengo por mayor merced del Señor un día de propio y humilde conocimiento, aunque nos haya costado muchas aflicciones y trabajos, que muchos de oración. ¡Cuánto más que el verdadero amante en toda parte ama y siempre se acuerda del amado! Recia cosa sería que sólo en los rincones se pudiese traer oración” (F 5,15).  

- La puerta del Señor estará abierta cuando volvamos a Él. “Ya veo yo que no puede ser muchas horas; mas, ¡oh Señor mío!, ¡qué fuerza tiene con Vos un suspiro salido de las entrañas, de pena por ver que no basta que estamos en este destierro, sino que aun no nos den lugar para eso que podríamos estar a solas gozando de Vos!” (F 5,16).   

- Referencia a Jesús como motivo profundo. “Aquí se ve bien que somos esclavos suyos, vendidos por su amor de nuestra voluntad a la virtud de la obediencia, pues por ella dejamos, en alguna manera, de gozar al mismo Dios. Y no es nada, si consideramos que El vino del seno del Padre por obediencia, a hacerse esclavo nuestro. ¿Pues con qué se podrá pagar ni servir esta merced?” (F 5,17).  

- La bendición. “Y créanme que no es el largo tiempo el que aprovecha el alma en la oración; que cuando le emplean tan bien en obras, gran ayuda es para que en muy poco espacio tenga mejor disposición para encender el amor, que en muchas horas de consideración. Todo ha de venir de su mano. Sea bendito por siempre jamás” (F 5,17).  Todo lo termina con una bendición. Todo es gracia. Amén. 

Teresa Fundaciones

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