Concédeme, señor, una buena digestión

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Celebramos la fiesta de todos los santos. Uno de ellos, Santo Tomás Moro, tiene una oración que queremos recuperar, por su simpatía. No entera, sólo dos de sus peticiones: Concédeme, Señor, una buena digestión y algo que digerir... 

Nosotros, normalmente, damos por supuesto que tendremos algo que digerir, lo que no nos exime de valorar el hecho de tener para comer y aprender a saborearlo con espíritu agradecido. Vamos tan rápido que no sabemos agradecer el trozo de pan que ahora se me da. Esto es una ofensa contra los que no tienen tanta suerte o tanta abundancia. 

Pero la parte que resulta más simpática es la primera: dame una buena digestión. No sólo por el bienestar que resulta naturalmente de una buena digestión, sino por las consecuencias que tiene para el ánimo y el espíritu del que se alimenta. 

No hablaremos de lo importante que es aprender a comer bien, tranquilo, despacio, cayendo en la cuenta de quién preparó los alimentos, quien los cosechó, labrando la tierra... a quienes también hay que agradecer. 

Centrándonos en la digestión, de la mano de Santo Tomás Moro, podríamos considerar si la vida no será en verdad cuestión de buena o mala digestión. Efectivamente, en la cara de algunas personas parece estar escrito: úlcera de estómago, problemas gastro-intestinales serios... acercarse con precaución. En la de otros se percibe en seguida la buena salud digestiva. Tal vez, Santo Tomás Moro, el autor de Utopía, no hablaba sólo de una cuestión física, sino, sobre todo, del ánimo con que uno puede reanudar la vida después de la comida que te haya tocado en suerte. 

No sé si estáis de acuerdo conmigo, pero creo que una de las cosas realmente importantes en la vida para cualquier ser humano es saber digerir lo que llega, para que no se indigeste. Todos hemos tenido problemas y conservamos cicatrices, arrugas, fruto de dolores no siempre enterrados y olvidados, rincones en los que almacenamos, sin tragar, ni digerir historias pasadas. Todo eso es enemigo del buen humor, para poder ver la vida con más simpatía. 

Para saber mirar, escuchar, vivir, saludar la vida, acoger... decimos con Tomás Moro: Danos, Señor, una buena digestión.