Día de difuntos... ¿día de alegría?

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Esta sección querría aportar una visión menos quejumbrosa y victimista del mundo, de la vida. ¿cómo aprender a mirar el mundo con algo más de humor, con más humanidad?

A propósito de estos días que se nos acercan, días de difuntos, de visitas a los cementerios, crisantemos, plegarias y recuerdos, ¿qué podríamos decir? Quiero comunicar algo, pensando que de la muerte, o, mejor, del morir, todos sabemos algo, porque a cada paso estamos muriendo y naciendo de nuevo. 

A veces pasamos en muchas ocasiones al lado de pequeños cementerios, memoria silenciosa de tantos que ya no están, muchos de ellos ni siquiera en el recuerdo de seres queridos. 

Vienen a mi memoria ahora dos cementerios: Cerca de la casa donde se grabó la película “Sonrisas y Lágrimas”, en Salzburgo, ciudad de Mozart, se halla un lugar muy visitado, no es un monumento de belleza arquitectónica, es el cementerio de la ciudad. En la época que yo lo visité cada tumba era un conjunto de flores llenas de color y belleza. No había losas, no había nichos, que yo recuerde. Al entrar al cementerio, veías una estampa multicolor que todavía sigue grabada en mi memoria. ¡Ojalá todos los cementerios fueran así! 

En el claustro central del monasterio dela Trapa, en Palencia, entramos un día todos los que estábamos en la oración de laudes con los monjes a orar por los difuntos. Era un campo de cruces sin nombre. Un monje a mi lado me susurró: “este es el lugar que más me gusta de nuestro monasterio. Muchos de ellos vivieron por amor, sin esperar nada, y se fueron silenciosamente, sin pretender ser recordados, sólo amaron, y supieron marchar”. 

Hay una escena de una película muy buena: “Tomates verdes fritos”, en la que cuando la protagonista se abraza a su amiga recién fallecida, la mamita negra la agarra tiernamente por la espalda y le dice: “déjela marchar, señorita, déjela marchar. Ella era una dama, y una dama siempre sabe cuándo debe marchar. Déjela marchar”. 

Tagore tiene algunos de los mejores poemas que yo he leído sobre el morir, sobre el despedirse último, entre otros éste con el que quiero saludar a todos los que en estos días tengamos vivo el recuerdo de algún ser querido que ya no está físicamente: 

“Me dejaste y seguiste tu camino... Creí que iba a morirme de dolor y puse en mi corazón tu imagen solitaria, en una canción de oro. Pero, ¡ay! ¡qué pícara suerte la mía!... porque el tiempo vuela. 

Se seca la juventud año tras año, los días de primavera se van, mueren las leves flores en vano, y el sabio me advierte que la vida es como una gota de rocío en una hoja de loto... ¿Y he de dejarlo todo y quedarme mirando a quien se fue de mí? ¡Qué falta de cortesía y qué necesidad!... porque el tiempo vuela. 

Llegad, pues, noches mías de lluvia, con pies chapoteantes; sonríe, mi otoño dorado; ven, descuidado abril mío, regalador de besos... ¡Y ven tú, y tú, y tú también, amores míos, que sabéis que somos mortales!... ¿Valdrá la pena partirse el corazón por quien se lleva el suyo... si el tiempo vuela? 

Es dulce sentarse en un rincón a meditar y a escribir versos que digan: “Todo lo eres para mí!” ¡Qué heroico alimentar la pena y negarse al consuelo!... Pero un nuevo rostro se asoma a mi puerta y levanta sus ojos a los míos... Enjugaré mi llanto y mudaré mi canción de melodía... porque el tiempo vuela”.