40. Amor y temor: seguro de vida para el camino (Camino 40)

Dos castillos fuertes para vencer la tentación: amor y temor. Es como un seguro de vida.
El sano sentido del temor es inculcado en los tramos finales del Camino. El amor lo ha inculcado desde el principio. “El amor es fuego grande, no puede sino dar gran resplandor. Y si esto no hay, anden con gran recelo, crean que tienen bien qué temer. El amor de Dios, si de veras es amor, es imposible quedar escondido”. 
 

Problema con los censores  

- El espíritu de la Santa se debate entre dos sentimientos extremos: el acuciante sentimiento de inestabilidad e inseguridad., bajo el acoso de las tentaciones, y en la experiencia de la propia fragilidad humana. Por otro lado, la anhelante necesidad de un asidero de seguridad, un seguro de amor y de gracia. El “buen seguro de que no somos engañados”.  

- “Diréisme que en qué veréis que tenéis estas dos virtudes tan grandes. Y tenéis razón, porque cosa muy cierta y determinada no la puede haber porque siéndolo de que tenemos amor, lo estaremos de que estamos en gracia” (n. 2). Aquí interviene el censor, porque Trento había dicho: “Que nadie puede saber, con certeza de fe, si está en gracia o no”.  

Sin embargo la postura de la Santa: 

- Comienza diciendo el inagotable anhelo de seguridad que tenemos todos. 

- Pero a la vez es sensible al hecho de la no-seguridad absoluta en esta vida. “Ay, Dios mío, ¿cómo podré yo saber cierto que no estoy apartada de Vos? ¡Oh vida mía, que has de vivir con tan poca seguridad de cosa tan importante! ¿Quién te deseará, pues la ganancia que de ti se puede sacar o esperar, que es contentar en todo a Dios, está tan incierta y llena de peligros” (Excl 1,3).  

- Ella está convencida de que existe un amplio margen de seguridades morales. El amor es el primero de los dos castillos fuertes.  

- Es ahí donde aflora la otra escala de convicciones que la Santa trata de inculcar al lector. Que sí, que hay señales que nos certifican que estamos en el amor. Que hay señales que parece los ciegos las ven. Que aunque no queráis entenderlas, ellas dan voces y se imponen por sí mismas al espíritu. El amor, con su cortejo de obras buenas.

“Quienes de veras aman a Dios, todo lo bueno aman, todo lo bueno quieren, todo lo bueno favorecen, todo lo bueno loan, con los buenos se juntan siempre y los favorecen y defienden; no aman sino verdades y cosa que sea digna de amar” (n. 3). Esos amores fuertes llevan una patente de autenticidad y seguridad. El amor jamás está ocioso. “Es como esas fontecicas que yo he visto manar, que nunca deja de hacer movimiento la arena hacia arriba... Siempre está bullendo el amor, pensando qué hará. No cabe en sí” (Vida 30,19).

¿Y el acoso de los temores?  

- Frente a los temores, el amor. Amar en esta vida es prenda de amor eterno más allá de la muerte. “Será gran cosa a la hora de la muerte ver que vamos a ser juzgadas de quien habemos amado sobre todas las cosas. Seguras podremos ir con el pleito de nuestras deudas. No será ir a tierra extraña, sino propia, pues es a la de quien tanto amamos y nos ama” (n. 8). El amor puede con todos los temores.

- Pedagogía de la Santa: fijar altas metas, sí; transmitir convicciones e ideales; sanear de falsos temores el clima interior. Pero no fomentar espejismos. El gozo del amor prevalece sobre el estremecimiento ante la posibilidad de perderlo.