38. La tentación: un escollo en el puerto de la oración (Camino 38-39)

Estamos ante las últimas peticiones del Padrenuestro. Hablan de peligros en el camino de la oración y de la vida. Jesús pide con nosotros al Padre que no nos deje caer en la tentación, y que nos libre del mal o del Maligno.  

Teresa, al igual que Jesús en el Padrenuestro, trata de esto, después de haber hablado largamente de la oración y del orante, de los pasos que conducen a los altos grados de oración contemplativa y de las virtudes que preparan y caracterizan al hombre de oración. Se dirige no a los principiantes, sino a los avanzados, “los que llegan a la perfección” o “tienen contemplación”.

El escollo solapado. ¿Qué tentación por antonomasia es ésa que apunta el Señor?
- No se trata de “los trabajos, las persecuciones y peleas”, ni de las penalidades exteriores, ni de la consiguiente tentación de desaliento. El orante auténtico las acepta amorosamente y se crece en ellas. 
 

- Tampoco se trata del riesgo de mentira o de ilusionismo en la oración: creer que los gozos de la oración provienen de Dios, cuando en realidad vienen de nosotros. Para Teresa, esto puede ser que “nos haga caminar más aprisa, porque cebados con aquel gusto están más horas en la oración... y como se ven indignos de aquellos regalos, no acabarán de dar gracias a Dios, quedarán más obligados a servirle, se esforzarán a disponerse para que les haga más mercedes el Señor, pensando son de su mano”.  

- Teresa propone para vencer estas dificultades dos o tres actitudes fundamentales. La humildad sincera: “Procurar, hermanas, siempre humildad”. La intención recta: “Dios mira nuestra intención” y le basta. Y, sobre todo, la fidelidad de Dios mismo: “Fiel es el Señor... No hayáis miedo, hijas, que os deje El regalar mucho de nadie sino de Sí”. 

- La gran tentación es otra. Reside en la zona del engreimiento. En la solapada deformación de la imagen que el orante tiene de sí mismo. “Adonde el demonio puede hacer gran daño sin entenderle, es haciéndonos creer que tenemos virtudes no las teniendo, que esto es pestilencia. Porque en los gustos y regalos parece solo que recibimos y quedamos más obligados a servir. Acá parece que damos y servimos, y que está el Señor obligado a pagar, y así poco a poco hace mucho daño. Que por una parte enflaquece la humildad; por otra, descuidémonos de adquirir aquella virtud que nos parece tenemos ya ganada”.  

Atención al escollo:  

- Creer que tenemos virtudes, no las teniendo, es pestilencia. Pero el colmo del absurdo consiste en pensar que merecemos ante Dios; que no recibimos de El, sino que El recibe de nosotros lo que nos está dando; que es El el obligado y deudor. Total falseamiento de postura en el corazón mismo de la oración. 

- Ahí el daño: Teresa lo recalca varias veces en esas pocas líneas: “hasta que han hecho mucho daño en el alma no se dejan conocer, sino que nos andan bebiendo la sangre y acabando las virtudes”. “Da con nosotros en un hoyo de donde no podamos salir... Nos jarreta las piernas para no andar este camino de la oración”.  

- Este tipo de tentación comporta un doble fallo radical. Pone en quiebra los dos postulados básicos del trato con Dios: la verdad y la humildad. Es contra la verdad adoptar ese gesto de propietario en materia de virtudes. Las virtudes cristianas no las poseemos como una técnica o como algo conseguido a pulso. Es menester “que entendáis con verdad que no tenemos nada que no lo recibimos”.  

- Y en segundo lugar la humildad, derivado del espíritu de verdad. Humildad es andar en verdad. Es importante que “en principio y fin de la oración, por subida contemplación que sea, siempre acabéis en propio conocimiento”.  

El séquito de las tentaciones menudas.  

- Se peca por engreimiento, atribuyéndose algo que no tiene. Se peca también por carta de menos: no reconociéndose a sí mismo objeto de los dones de Dios, de su amor, de su acogida benéfica. Falsa humildad, depresiva y desasosegada, que conduce también a una postura de mentira frente a Dios. También por esta tentación ha pasado ella. Se trata de la tentación de Judas, de obcecarse en la visión del propio pecado, olvidándose de que, a pesar de él, seguía siendo amado por Jesús. La consigna de la humildad verdadera es: no nos atribuyamos lo que no es nuestro, pero no desconozcamos lo que se nos ha dado y efectivamente existe en nosotros. Por ahí va el andar en verdad.  

- Teresa menciona también la tentación de las penitencias desconcertadas, que en el fondo sirven para hacernos entender que somos y hacemos más que los otros.

- Y otra: arrogarnos una seguridad que no poseemos: “Parecernos que en ninguna manera tornaríamos a las culpas pasadas, y a los contentos del mundo: que ya le tengo entendido, y sé que se acaba todo, y que más gusto me dan las cosas de Dios”. Su receta: “Nunca andéis tan seguras, que dejéis de temer podéis tornar a caer, y guardaros de las ocasiones” (C 39,4). 

Epílogo en oración. De nuevo entra en juego la consigna pedagógica de la Santa: no hablar de oración sin que la palabra pase por la oración. Todo lo dicho se recopila ahora en una súplica conclusiva sumamente delicada:

“Pues, Padre Eterno, ¿qué hemos de hacer sino acudir a Vos y suplicaros no nos traigan estos contrarios nuestros en tentación? Cosas públicas vengan, que con vuestro favor mejor nos libraremos; mas esas traiciones (las tentaciones solapadas) ¿quién las entenderá, Dios mío? Siempre hemos menester pediros remedio. Decidnos, Señor, alguna cosa para que nos entendamos y aseguremos; ya sabéis que por este camino (de oración) no van los muchos, y si han de ir con tantos miedos irán muy menos” (39,6).