36. Oración y capacidad de perdón (Camino 36)

“Nuestros pecados nos mueven a orar, y mientas pedimos perdón a Dios, tomamos conciencia de cuánto debemos perdonar a nuestros hermanos” (San Cipriano)  

Con el tema del perdón regresamos a lo más realista y prosaico de la vida. A quien ha pedido y recibido el pan de la Eucaristía “todo le es fácil” (C 36,1), no solo pedir a Dios el perdón, sino darlo también a los demás. 

En la óptica de la Santa el gran óbice que a nuestro orgullo le impide el paso al perdón incondicional en el ídolo de la honra. Parte de su propia experiencia: “Ahora no hablo con nosotras, que harto mal sería no tener ya entendido esto, sino conmigo el tiempo que me precié de honra sin entender qué cosa era; íbame al hilo de la gente ¡Oh, de qué cosas me agraviaba, que yo tengo vergüenza ahora!” (C 36,3).  

El tema de la honra no solo está en el estilo del mundo, también se da en los monasterios. “Hermanas, no nos tiene olvidadas el demonio; también inventa sus honras en los monasterios y pone sus leyes que suben y bajan en dignidades como los del mundo” (C 36,4). Ironiza cobre lo que pasa dentro “cosa para reír o para llorar” (C 36,5). Consignas de Teresa:  

- Ante todo, dar la vuelta a esa farsa de valores: “Provecho de alma y esto que llama el mundo honra nunca puede estar junto” (C 36,3).

- En el plano psicológico, minimizas afrentas y agravios: “No hacer caso de unas cositas que llaman agravios, que parece hacemos casas de pajitas como los niños con estos puntos de honra” (C 36,3).

- Pero sobre todo, aterrizar en el plano cristológico: “¡Oh Señor, Señor! ¿Sois Vos vuestro dechado y maestro? Sí, por cierto. Pues ¿en qué estuvo vuestra honra, honrador nuestro? ¿No la perdisteis por cierto en ser humillado hasta la muerte? No, Señor, sino que la ganasteis para todos” (C 36,5).  

La segunda mitad de la exposición la dedica al tema de perdonar. Teresa percibe la enorme desproporción que hay entre los dos perdones: el de Dios y el nuestro; el misterio tremendo de lo que Dios le ha perdonado a ella; y la paradoja de lo mucho que a nosotros nos cuesta perdonar. “Que una cosa tan grave y de tanta importancia como que nos perdone nuestro Señor nuestras culpas… se nos perdones con tan baja cosa como es que perdonemos… cosa ésta para que miremos mucho en ella” (C 36,2). “¿Qué haría una tan pobre como yo, que tan poco ha tenido que perdonar y tanto que se me perdone? … De balde me habéis, Señor, de perdonar” (C 36,2).  

Los orantes perfectos, agraciados con fuertes dosis de experiencia de Dios no andan en titubeos y reticencias a la hora de perdonar. “Tienen entendido que estos tesoros les ha de hacer ricos” (C 36,9). Lo mínimo que ha podido procurarles la oración es ese saneamiento radical del corazón en las relaciones con los demás hombres.  

La gran señal de la oración es el espíritu de perdón, la fortaleza para encajar golpes, la facilidad para cancelarlos de la memoria y del corazón. “Si no tiene estos efectos y sale muy fuerte en ellos de la oración, crea que no era merced de Dios, sino alguna ilusión” (C 36,11).