Rastrojo y nacimiento

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Vuelvo de camino hace algunos días y observo el humo en los campos. En numerosos puntos los agricultores queman el rastrojo de las pasadas cosechas preparando la tierra para la siembra. Es un ritual en esta época del año; el humo es la señal. 

Como un símbolo del continuo renacer de la vida. Lo quieras o no, la vida no se detiene. Hay que aprender otra vez a quemar lo viejo, para sembrar lo nuevo. 

Hemos comenzado un curso, como una invitación a abrirnos a lo que desconocemos. 

Para saludar lo mejor de este curso que se nos regala, habría que saber decir adiós. Alguien dijo que sólo el que logra decir “adiós” sabe decir “te quiero”, pero yo todavía no he aprendido. (Y ese es, precisamente, el mensaje que me susurra el humo cuando voy de camino por la carretera algo distraído). 

Tengo una amiga cisterciense, es joven, tiene 25 años, ya es monja. Hace poco me escribió. Encabezaba su carta con esta frase en latín, creo que de San Jerónimo: “NUDOS AMAT EREMUS”, desnudos ama el desierto a sus amigos, desprendidos, abiertos a lo nuevo, la sorpresa. Ella, que ha dejado tanto debe estar descubriendo que la vida es una preciosa aventura para quien acepta no poseer nada. Yo no vivo en el desierto, pero en muchas ocasiones miro mi vida, mi corazón y descubro que no hay alegría, no hay emoción. ¿Tal vez vivo demasiado abrigado, demasiado seguro? La respuesta es sí. 

¿No creéis que la capacidad de sorpresa de los niños es una de las cualidades más encantadoras en los mayores? Quien es capaz de sorprenderse aún puede aprender mucho de la vida. 

Y pensando, pensando en todo esto se me ocurre, que la mirada de Dios es como el fuego que quema el rastrojo de mis pesadumbres y ataduras. Cuando me mira siento que en esa paz hay una necesidad de volver al presente, y acoger lo que ahora se me regala. Pienso en su mirada y respiro hondo. Me invita a disfrutar. No me reviste de pesados ropajes, de seguridades para evitar sufrir. Me libera para descubrir el calor que nace de dentro, en el interior de mí mismo. 

La alegría nace de la sencillez, de la sinceridad. ¡Ojalá Dios nos regale algo de esto! Que Él, el Dios de la vida, el Dios que sabe reír y llorar, despierte hoy vuestra mejor sonrisa.