Teresa de Lisieux o la gracia hecha mujer

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Secundino Castro OCD.

Como una primavera               

          Al acercarse a los escritos de Teresa lo primero que sorprende es el impacto de novedad, de evangelio recién estrenado, de gracia. Parece como si estos escritos recogieran lo más genuino de los evangelios y del Cantar, hechos carne en una joven, preciosa en el cuerpo, y más que exquisita en el alma, cristiana esencial, carmelita infinita, mujer más bella que la del Cantar, y posiblemente la mejor expresión de “la Virgen María, la de los evangelios”. No se la puede contemplar sin que aflore lo mejor de nosotros mismos, y sin que por un momento nos parezca el planeta tierra, donde aúlla tanta miseria, un país encantado, pues ha sido capaz de hacer brotar de sí a esta princesa. 

                            Teresa o el clamor de las esencias 

Teresa encarna un poco ese ideal de Iglesia que nos trazan los textos inspirados cuando nos la presentan, joven y bella, como una novia, preparada para la boda.  No en vano ella sentía el deseo de realizar todas y cada una de las acciones de los santos. No se atrevió a definirse Iglesia porque eso podría sonar a herejía, pero no dudó en afirmar que en el corazón de la Iglesia ella era el amor, fue el amor.        

Esta experiencia de totalidad da a su función en la Iglesia una dimensión singular. Ella no se inscribe como la mayoría de los santos en la perspectiva, en el fragmento, sino en la esencia. Su mensaje no va a ir referido a un modo concreto de vivir, sino que se va a enclavar en el ser. Ella nos va a fustigar sobre lo esencial de lo cristiano. Ella es el clamor de las esencias, el grito de la gracia.      

                                     ¡Volver a Jesús!                              

 La comprensión de Jesús en cada época es crucial. Hoy a esto lo denominamos inculturación. Es indudable que el evangelio eterno ha de ser leído desde la sensibilidad de cada momento, pero se ha de hacer siempre teniendo presente que se trata de captar el sentido profundo del mensaje, sin que éste pierda su fisonomía. Él debe ser en todo momento el foco central, la luz que ilumine el conjunto, los tiempos y las épocas. Pero muchas veces nuestra adaptación del mensaje ha sido eso: adaptación. El evangelio en muchos casos ha sido trasmitido en formas y estilos, que han terminado por apagar su frescura y lozanía. Y esto en múltiples aspectos, en la experiencia de lo religioso, en las zonas de la profundidad, en diversos estilos eclesiales, de comunidades que distan mucho de aquel grupo original, que surgió en torno a Jesús, y en otros muchos aspectos, que han ido distanciando el “pathos” primigenio de tal forma que es difícil percibir aquél hálito, que brotó incontenible en la Galilea de los Gentiles. Por eso siempre al inicio y al final de cada época se escucha el grito casi desesperado de ¡volver al evangelio!       

                                    El reclamo de la gracia 

Volver al evangelio es tornar a su inspiración más original. Obliga a leer todo lo que denominamos influjo del Espíritu a la luz del Jesús histórico. El estilo de Jesús no puede ser ocultado o revestido por otra forma. Digo bien, estilo; no me refiero sólo al mensaje.

Teresa constituye una crisis despiadada de las formas profundas de lo cristiano, de la experiencia religiosa; y desde allí extiende su influjo a otras realidades más periféricas, porque ella es el reclamo de la  gracia. 

                                    La imagen de la gracia 

Aparentemente la presencia del Espíritu no es muy marcada en Teresa, en la que todo queda como absorbido por la figura de Jesús. En ella Cristo lo invade todo. Es una enamorada de Jesús en el sentido más pleno de la palabra. Pero esto es una apreciación primera. Si nos introducimos en su persona observaremos que la presencia del Espíritu es más vigorosa de cuanto se supone, y además no se trata en este caso de una devoción más o menos acusada a la Tercera Persona de la Trinidad, sino de que ésta ha realizado una obra en la Iglesia en la que nos ha vuelto, valga la expresión, a inspirar el evangelio en la figura de Teresa, que es una de las imágenes más bella de la gracia y de Jesús. Me hubiera gustado saber qué hubiera pensado Pablo si la hubiera conocido. De haberla visto Lutero, ¿habría roto con la Iglesia?  

                                   La Humanidad de Cristo 

Aunque la palabra Espíritu sólo aparece unas cuantas veces en los manuscritos autobiográficos, si se ahonda en la experiencia teresiana se percibirá claramente que su vivencia cristológica está plenamente orientada al misterio trinitario. Ella percibe desde Cristo todo el misterio. Su cristopatía sería plenamente del agrado de Teresa de Ávila, permanentemente adherida al Cristo humano. Digo Cristo humano, porque Teresa de Lisieux siempre se relacionó con el Jesús histórico, percibiendo esa realidad como la forma kenótica del Verbo. Poseía una mentalidad escolástica de Jesús en cuanto a la "comprensión" de la humanidad y de la Divinidad. 

                                       El estilo del Espíritu 

Aunque materialmente la espiritualidad de Teresa es cristológicamente perfecta, formalmente estamos ante una espiritualidad trinitaria, como aparece en uno de los momentos en que ella se retrata de forma más plena y espontánea, en el acto de ofrenda al amor misericordioso.

Por otra parte, el Espíritu aparece en dos momentos claves de su vida: el de la confirmación y cuando comunica a su padre el deseo de entrar en el Carmelo. Ambos son constituyentes en su existencia. En el primero según ella, se hace ya perfectamente cristiana, y se le da fuerzas para poder sufrir. Recibió el Espíritu como un aura tenue que la envolvió. Estudios modernos sobre los Hechos de los Apóstoles han puesto de relieve que cuando en la recepción del Espíritu se producen fenómenos muy llamativos, como sucedió en Pentecostés, se da a entender que aquellos que lo reciben ofrecen resistencia al Espíritu. Esto mismo sucedió de nuevo en el mismo libro cuando retumbó el lugar en que se encontraban. Contrariamente, cuando María recibe el Espíritu en Nazaret nada exterior se deja notar. Se hallaba plenamente dispuesta y no hubo choque, sino encuentro, plena adaptación. La tierra estaba dispuesta y la lluvia cayó fecunda. 

Algo muy similar sucedió en Teresa. No hubo truenos ni relámpagos como el día de la alianza, sino  un airecillo suave como en el caso de Elías. Así Teresa entra en la plenitud del cristianismo. Poco antes había recibido la comunión. Y aquello  -nos dirá- fue una verdadera fusión con Jesús. Y ahora el Espíritu plenifica la fusión. El momento en que comunica sus deseos vocacionales, también sucede en Pentecostés. Es el Espíritu el que la va a confirmar en su gran carisma de sentirse el corazón de la Iglesia. Cristiana y corazón de la Iglesia, son obras del Espíritu. 

Una ráfaga del Espíritu                                

 Pero cuando nos referimos a que Teresa es una ráfaga del Espíritu no queremos fijarnos en su relación devocional más o menos acusada, sino en el conjunto de su persona, como una obra del Espíritu, que modeló en ella a Jesucristo. No se trata de aspectos particulares, sino de una cristiana perfecta, en la que -como testifican cuantos la conocieron- brillaron en ella todos los dones del Espíritu Santo, sin que en muchos casos ella los atribuyera específicamente a esta Persona divina. La referencia de Teresa en todo era la persona de Jesús. Se podía estudiar la espiritualidad de Teresa, principalmente su camino, como una experiencia de los dones del Espíritu Santo. Pero nosotros queremos fijarnos en otros aspectos al plantear que ella es una ráfaga del Espíritu, o lo que es lo mismo una “llamarada de Yahvé” (Ct 8,6), su don, su gracia.. 

Se ha hablado de que al Espíritu en el seno de la Trinidad se le atribuyen funciones de índole femenina o, mejor, relacionadas con la femineidad. Su nombre en hebreo es femenino, y en la Escritura viene asociado muchas veces a momentos de delicadeza, de finura y de sensibilidad, que en nuestro mundo los relacionamos con la mujer. No hace falta, ni siquiera insinuarlo, que nos movemos en este caso dentro de un lenguaje muy analógico y que nada tiene que ver con las realidades corporales en su sentido más extrínseco, porque, en el fondo, nada de lo creado es ajeno a la Trinidad, de la que dimana toda la realidad. 

                             Teresa y el rostro de la gracia 

Se ha visto, sobre todo en el área del cristianismo oriental, en la Virgen María, una determina encarnación del Espíritu. María ciertamente es una mujer, pero una mujer que no puso obstáculos al Espíritu. Al actuar así terminó siendo traspasada por su Doxa. Llena de gracia la denominó Gabriel.

También podemos hablar así de Teresa. También ella desde que tuvo uso de razón no negó nada a Dios. Teresa de Lisieux es una pequeña Virgen María. De ahí que se adelantara al mismísimo Concilio Vaticano II en su comprensión. Su ser, similar al de María, le hizo fácil comprenderla y expresarla. María es la figura de la Iglesia, la Iglesia en miniatura. En esa misma línea, aunque evidentemente a distancia, hay que leer la historia de Teresa, encarnación de María y, por consiguiente, encarnación del Espíritu Santo o, si se quiere más modestamente, una ráfaga del Espíritu, una llamarada de Yahvé; un fulgor de la gracia; la gracia con precioso rostro de mujer. Ella que tanto amaba el Cantar y que al final del manuscrito C pide al Señor que la transforme en su fuego, hubiera visto como la mejor comprensión de sí misma que se la definiera como el Cantar define el amor: “Llamarada de Yahvé” (8,6). Fuego del Espíritu Santo, Llama de amor viva; gracia de Jesús.