Dejarse mirar y mirar

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Aprender a mirar es una de las tareas más importantes de la espiritualidad. Enseñar a mirar la vida, la realidad que nos rodea, cayendo en la cuenta de tantos matices, admirando. ¿Cómo mirar contemplativamente alrededor? 

Recordamos la mirada de un célebre pintor francés: Toulouse-Lautrec, aristócrata despreciado por los suyos a causa de su deformidad física, se refugió en los bares de los suburbios de París y allí pintó la belleza oculta que latía en la fealdad de las bailarinas y de los borrachos: pintó la mirada de amor con que él los miraba, pintó la honda humanidad de aquellas vidas dramáticas (cf. José Sols Lucia, teología de la marginación, p. 32)

Me impresionó mucho en su día este comentario de un teólogo sobre la vida del conocido pintor: 

Es nuevamente una historia repetida: un vacío provoca el descubrimiento de un tesoro escondido. Desde su sentir, miró el corazón de los suburbios con amor, cuando se sentía privado de una mirada cariñosa en su ambiente. Convirtió en mirada cálida y penetrante su propio frío interior. 

Esta es la invitación que a nosotros se nos hace. ¿Cómo mirar a los otros con amor? Mirar a los que vemos por la calle, acoger y bendecir su vida. 

Es una bella forma de orar: en el silencio de tu habitación o en cualquier momento y lugar, repasar los rostros y los nombres de las personas que quieres, y ponerlos ante la mirada de Dios para que Él les bendiga, acogerlos en los espacios de tu silencio y mirarlos sin juzgar, sin poseer, con el cariño que Dios tiene a cada uno. 

Lo que es bien cierto es que nunca lograremos mirar bien si antes no nos dejamos mirar y reconciliar, abrazando nuestra historia y creyendo desde las entrañas que nuestra vida es preciosa para Él. 

Mucha gente espera una mirada así. Nos espera.