Orar es llegar al Manantial del Encuentro

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Si somos capaces de orar es porque Dios nos precede en la oración tomando la iniciativa.  Abre un diálogo fundado en la verdad profunda de la persona, y lo hace como Padre con sus hijos, dando siempre el primer paso. 

Si somos capaces de orar es porque Dios nos ora primero. En esto consiste el amor, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados' (1 Jn 4,10). “Nosotros amemos, porque El nos amó primero” (1 Jn 4,19). 

La oración es dejarse amar por Dios, dejarse mirar por Él.  El orante es el que ha sido seducido por el amor que Dios derrama en nuestros corazones por el Espíritu Santo (Rm 5,5). Y es el Espíritu Santo el que viene en ayuda de nuestra debilidad para enseñarnos lo que tenemos que decir a Dios (Rm 8,26). 

Orar es ir aprendiendo a compartir los deseos de Dios, es colocar su oración en la nuestra.  Orar es dar cabida en nuestra plegaria a la oración del Padre Nuestro.  

Dice Teresa de Jesús que la oración evangélica del Padrenuestro “encierra en sí todo el camino espiritual, desde el principio hasta engolfar Dios el alma y darla abundantemente a beber de la fuente de agua viva que dije estaba al fin del camino” (Teresa de Jesús, Camino, 42,5). 

Oración verdadera es la que nace del contacto íntimo y vital con la oración de Dios.  Podemos compararla con el agua: la oración de Dios es como la lluvia que cae del cielo. La tierra reseca regada por esta agua es la persona.  El agua absorbida por la tierra, forma primero una pequeña corriente subterránea, para luego brotar a la superficie convertida en manantial. 

Así como no habrá manantial si antes la lluvia no cae del cielo y penetra la tierra, del mismo modo no brotará de nuestros labios la oración si antes el amor de Dios no desciende de lo alto para caer en nuestro corazón sediento. 

Un corazón de piedra nunca podrá convertirse en manantial.  Sólo vaciándonos de todo lo que no es amor podremos abrir el corazón al amor de Dios. ¡Oh Señor mío, y quién se viese tan engolfada en esta agua viva que se le acabase la vida! (Teresa de Jesús, Camino, 19,8). 

La oración despierta la sed de Dios y nos pone en camino hacia el Manantial del Agua Viva. ¡Con qué sed se desea tener esta sed! Porque entiende el alma su gran valor, y aunque es sed penosísima que fatiga, trae consigo la misma satisfacción con que se mata aquella sed, de manera que es una sed que no ahoga sino a las cosas terrenas, antes da hartura, de manera que cuando Dios la satisface, la mayor merced que puede hacer al alma es dejarla con la misma necesidad, y mayor queda siempre de tornar a beber esta agua” (Teresa de Jesús, Camino, 19,2). 

El fundamento de la oración está en la búsqueda de la voluntad de Dios.  “Hágase tu voluntad en la tierra como en cielo”. 

El fruto de la oración es llegar al Manantial del Encuentro:  dar nuestra voluntad del todo, para que Él haga la suya en todo “nos disponemos para que con mucha brevedad nos veamos acabado de andar el camino y bebiendo del agua viva de la fuente” (Teresa de Jesús, Camino, 32,9).