27. Orar es decir “Padre” (Camino 27)

Teresa nos enseña a orar con Cristo, a decir “Padre nuestro” con Jesús, y a contemplar desde Jesús el misterio del Padre hasta sentirnos hijos en el Hijo.  

Teresa no escribe un comentario sobre la oración de Jesús, sino que la ora. En su mayor parte es una oración. Es una página para ser leída en oración.  

¿A quién orar: al Padre o a Jesús? En la liturgia oramos al Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo. Teresa dice que se haga con libertad, pero al observarla, descubrimos que comienza con la palabra al Padre: “Oh Señor mío, cómo parecéis Padre de tal Hijo” (C 27,1). Pasa rápidamente al diálogo con el Hijo: “Oh Hijo de Dios y Señor mío” (C 27,2). Y concluye con la convicción de la presencia del Espíritu: “Entre tal Hijo y tal Padre, forzado ha de estar el Espíritu Santo, que enamore vuestra voluntad y os la ate con tan grandísimo amor” (C 27,7). 

Una cosa curiosa: Teresa ora al Padre por el Hijo. Se empeña en despertar o remover sus entrañas de Padre ante el misterio del Hijo hecho hombre.  

Decir Padre nuestro es la mejor ocasión para entrar el alma dentro de sí, y hacer el giro hacia la contemplación perfecta. Apenas se encuentra con la palabra “Padre nuestro” entre las manos, estalla en un “oh” de asombro contemplativo.  

Orar es decir Padre. Decir Padre es la gran fortuna del orante. Poder decirlo con Jesús, compartir sus sentimientos de Hijo, su misma relación personal con el Padre.  

“¡Oh Señor mío, cómo parecéis Padre de tal Hijo y cómo parece vuestro Hijo hijo de tal Padre! ¡Bendito seáis por siempre jamás!” (C 27,1). La oración de Teresa se adentra en el misterio del Padre, al estilo de Pablo en Ef 1,1ss, sobre todo en el designio de darnos el Hijo, don que “nos hinche las manos”, que “hinche el entendimiento” hasta “ocupar la voluntad” (C 27,1) y dejarla sin palabras, en el silencio de su presencia.  

El misterio del Hijo. “¡Oh hijo de Dios y Señor mío! ¡cómo dais tanto junto a la primera palabra!” (C 27,2). Al decir Padre nos vamos asociando a los sentimientos de Jesús.  

Y por fin, el misterio de nosotros mismos. “Buen Padre os tenéis, que os da el buen Jesús. No se conozca aquí otro por padre para tratar con él; y procurad, hijas mías, ser tales que merezcáis regalaros con El y echaros en sus brazos. Ya sabéis que no os echará de sí si sois buenas hijas. Pues, ¿quién no procurará no perder tal Padre? (C 27,6).  

Desde el hontanar secreto de la experiencia filial. A Teresa no le resultan fríos los contenidos catequéticos que le aseguran su filiación divina. Le llena de estupor. Que Dios “tenga sus delicias en nosotros, los hijos de los hombres”. “Yo te di a mi Hijo y al Espíritu Santo, y a esa Virgen. ¿Qué me puedes tú dar a mí?” (Relaciones 25).   


Lee y ora la Exclamación Séptima. 

¡Oh esperanza mía y Padre mío y mi Criador y mi verdadero Señor y Hermano! Cuando considero en cómo decís que son vuestros deleites con los hijos de los hombres, mucho se alegra mi alma. ¡Oh Señor del cielo y de la tierra!, ¡y qué palabras estas para no desconfiar ningún pecador! ¿Faltaos, Señor, por ventura, con quien os deleitéis, que buscáis un gusanillo tan de mal olor como yo? Aquella voz que se oyó cuando el Bautismo, dice que os deleitáis con vuestro Hijo. ¿Pues hemos de ser todos iguales, Señor? ¡Oh, qué grandísima misericordia, y qué favor tan sin poderlo nosotras merecer! ¡Y que todo esto olvidemos los mortales! Acordaos Vos, Dios mío, de tanta miseria, y mirad nuestra flaqueza, pues de todo sois sabedor. 

¡Oh ánima mía! Considera el gran deleite y gran amor que tiene el Padre en conocer a su Hijo, y el Hijo en conocer a su Padre, y la inflamación con que el Espíritu Santo se junta con ellos, y cómo ninguna se puede apartar de este amor y conocimiento, porque son una misma cosa. Estas soberanas Personas se conocen, éstas se aman y unas con otras se deleitan. Pues ¿qué menester es mi amor? ¿Para qué le queréis, Dios mío, o qué ganáis? ¡Oh, bendito seáis Vos! ¡Oh, bendito seáis Vos, Dios mío para siempre! Alaben os todas las cosas, Señor, sin fin, pues no lo puede haber en Vos. 

Alégrate, ánima mía, que hay quien ame a tu Dios como El merece. Alégrate, que hay quien conoce su bondad y valor. Dale gracias que nos dio en la tierra quien así le conoce, como a su único Hijo. Debajo de este amparo podrás llegar a suplicarle que, pues Su Majestad se deleita contigo, que todas las cosas de la tierra no sean bastante a apartarte de deleitarte tú y alegrarte en la grandeza de tu Dios y en cómo merece ser amado y alabado y que te ayude para que tú seas alguna partecita para ser bendecido su nombre, y que puedas decir con verdad: “Engrandece mi ánima al Señor”