Orar es respirar vida divina

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Para San Agustín la oración es “la respiración del alma”.  Esta imagen nos sugiere que la oración es connatural al ser humano y que sin ella algo muy importante de toda persona muere.   

“Son las almas que no tienen oración como un cuerpo con perlesía o tullido, que aunque tiene pies y manos no los puede mandar” (Teresa de Jesús, I Moradas, 1.6).   

En el libro del 'Peregrino Ruso' se nos dice que si a cada respiración se repiten las palabras: 'Señor Jesús, ten misericordia de mí', el corazón se serena y la persona alcanza el estado de unión con Dios.  Esta invocación del nombre de Jesús repetida al respirar, unifica a la persona y la envuelve en su fuerza salvadora: 'Señor... Jesús... ten misericordia de mí...' 

Cuando alguien dice que orar le resulta agobiante es señal de que su alma no goza de buena salud. Un alma está sana cuando ama, cuando busca hacer felices a los demás.  “Nadie tiene amor más grande que el que da su vida por sus amigos” (Jn 15, 13). La fuente de la oración es un corazón capaz de amar.  

Si no oramos no podemos vivir; si no amamos no podemos orar.  Amor y oración son inseparables como la respiración y la vida. 

“La oración no consiste en pensar mucho sino en amar mucho” (Teresa de Jesús). Lo que hace más auténtica nuestra oración es nuestro amor a los demás. 

La verdadera plegaria es la respiración del alma vivificada en el amor.  La oración es el soplo del Espíritu Santo, Espíritu de amor, Fuente primera del amor que da la vida, y nos guía hacia la Fuente de la Vida. 

Teresa de Jesús nos señala el camino. Sus palabras despiertan la conciencia a la Presencia que nos habita y nos inunda. 

“Procurad luego, hija, pues estáis sola, tener compañía. Pues ¿qué mejor que la del mismo maestro que enseñó la oración que vais a rezar? Representad al mismo Señor junto con vos y mirad con qué amor y humildad os está enseñando. Y creedme, mientras pudiereis no estéis sin tan buen amigo. Si os acostumbráis a traerle cabe vos y El ve que lo hacéis con amor y que andáis procurando contentarle, no le podréis -como dicen- echar de vos; no os faltará para siempre; ayudaros ha en todos vuestros trabajos; tenerle heis en todas partes: ¿pensáis que es poco un tal amigo al lado?”…

No os pido ahora que penséis en El ni que saquéis muchos conceptos ni que hagáis grandes y delicadas consideraciones con vuestro entendimiento; no os pido más de que le miréis. Pues ¿quién os quita volver los ojos del alma, aunque sea de presto si no podéis más, a este Señor?” (Teresa de Jesús, Camino 26, 1.3). 

El amor es la patria de la oración, porque ahí acontece la unión, el encuentro con el tú de una persona hecha para otra persona. El encuentro con el Tú de Jesús, el Señor, el Amigo Verdadero, que siempre nos espera. 

Los frutos de esta oración: Brota un gran amor por Jesucristo y por toda la creación de Dios.  'Sólo con pronunciar el nombre de Jesús me sentía feliz'. Estar con Él cambia mi mirada y caldea mi interior. Mirarle a Él dispone mi vida a la entrega gratuita como la suya.

Documentación: Diálogo con Cristo