Jornada Mundial de la Juventud. Comentarios de un observador en la periferia

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Daniel de Pablo Maroto. Carmelita Descalzo. “La Santa” 

Se acerca la Jornada Mundial de la Juventud que puso en marcha un iluminado profeta de nuestro tiempo, el papa Juan Pablo II. Por la edad, por mi condición anímica he seguido poco el movimiento que se mantiene en la cresta de la ola en ritmo creciente. He escuchado en vivo, en la lejanía del tiempo y del espacio geográfico, algunas de las palabras que el maduro y anciano Pontífice dirigía a los jóvenes en concentraciones anteriores. ¡Con qué convicción, con qué entusiasmo juvenil, con qué fuerza profética envolvía sus gestos de actor, su mensaje centrado en la figura de Jesucristo! Era como el padre de sus hijos, el abuelo de sus nietos que hablaba con sentencias solemnes, pausadas, en un castellano con acento ítalo-esclavo, nunca edulcorando la recia moral y espiritualidad de los Evangelios.

         En el momento de ver y de oír, es seguro que los jóvenes de medio mundo que le escuchaba, asentían a la doctrina, aunque, pasada la fiebre emocional, la mayoría volviese a las andadas de la rutina y la comodidad de la ética fácil y a la religiosidad light, a la ley del mínimo esfuerzo, a los placeres efímeros del cuerpo y otras vanidades y pasatiempos. Pero es también cierto que algunos/as se sintieron tocados/as y trocados por aquel huracán de presencia, de voz y de doctrina. Y ahí siguen, de frailes, de curas, de monjas, de madres y padres de familia dando testimonio de fe  y de moral cristiana en privado y en las ágoras efímeras del papel, del sonido y de la imagen.

         ¿Por qué recuerdo todo esto? Porque aquel gran pontífice, a veces controvertido, dentro y fuera de las esferas eclesiásticas, de la política, de los medios de comunicación, ha dejado la antorcha a Benedicto XVI. Aquel Papa era el actor de la palabra y el gesto, éste el pensador, el filósofo  y el teólogo, creador de ideas y soluciones intelectuales de los problemas. Recuerdo que, con motivo de la muerte de Juan Pablo II, publiqué en el Diario de Ávila un artículo titulado El coloso de Roma. Sigo creyendo en aquella magnífica luz que se encendió en el Vaticano  en 1978 y sigue todavía iluminando en el sucesor de su pontificado.

         Y ahora volvamos a la próxima celebración de la Jornada Mundial de la Juventud que se celebrará en Madrid del 16 al 21 de agosto, con la presencia del Santo Padre los días 19-21, precedidas por la acogida en las distintas diócesis españolas los días 11-15. No es tiempo éste de hacer estadísticas, de contar el número de peregrinos que acudirán a cada una de las diócesis de acogida, unas cuarenta; de pensar en el inmenso trabajo que se ha hecho y se está haciendo en todas las ciudades de acogida. Tiempo habrá de hacer balance.

         Leo en el Diario de Ávila del viernes, día 5 de agosto, que se esperan en la diócesis unos 5.000 peregrinos de varios países; que, en conjunto, pasarán por Ávila “cerca de 13.000 peregrinos”; que hay muchas familias (137) que han ofrecido su hogar para albergar a los jóvenes; que los demás encontrarán acogida en “colegios y polideportivos”. En nuestro convento de “La Santa” esperamos un buen número de jóvenes peregrinos. Detrás de este montaje hay un equipo humano inmenso, señalado también en el Diario de Ávila de ese día: “580 voluntarios velarán por el buen desarrollo de los ‘Días en las diócesis’ en Ávila”.

         Coincidiendo con la JM J, el día 16 de agosto se celebrará en Ávila el Primer encuentro teresiano internacional, preparando ya el V centenario del nacimiento de Santa Teresa en 1515. Entre los muchos actos programados, está la celebración dela Misa en el lienzo norte de la muralla, en el mismo lugar en el que la celebró el papa Juan Pablo II en 1982. El general de la orden, el P. Saverio Canistrá, saludará a los jóvenes congregados.

         Y, al final, unas breves reflexiones como mero observador del evento. Antes de nada, responder a las voces discordantes que se están oyendo, también algunas de los que se consideran “católicos”: que costará demasiados millones a las arcas del Estado, dinero público indebidamente gastado; que todo se reduce a fiesta y folklore; que será un puro espectáculo, flor de un día; que España en un Estado aconfesional y no hay razón para privilegiar a una religión particular como la católica, etc. Aun suponiendo en los contradictores buena voluntad, hay que decirles que no se preocupen por los millones invertidos porque no son a fondo perdido, sino que pueden convertirse en ganancias. ¿Quién podrá cuantificar los “beneficios” económicos que genera la masa ingente de visitantes en Madrid y en las demás ciudades de acogida? Es de esperar que el balance será positivo. Y ¿quién podrá valorar, también desde la gestión económica, la propaganda turística de España en el extranjero que supone la retransmisión a todo el mundo de semejante evento?

         Además, en la vida humana no todo es reductible a economía, ni el hombre se alimenta sólo de pan y temporalidad. Pensemos en los beneficios espirituales que obtendrán muchos de los jóvenes asistentes esos días a Madrid, como la confirmación en sus valores humanos y cristianos, el retorno de la ilusión perdida, etc. Y es posible que muchos descreídos, decepcionados de su propio pasado, que asisten por pura curiosidad, descubrirán el sentido de su vida en la predicación del Papa cuando presente los grandes ideales y valores religiosos y humanos del cristianismo. Creo que los milagros auténticos son más bien raros, que Dios los hace “a más no poder”, como dice san Juan dela Cruz. Peroson posibles, como la conversión desde el ateísmo y la indiferencia religiosa a una vida cristiana ferviente. La historia de estas jornadas multitudinarias las confirma abundantemente.

         Y los ateos, los agnósticos, los anticlericales, los laicistas militantes, que esperen su turno para ocupar las calles y prediquen civilizadamente sus valores intramundanos fundados en la razón sin insultar a los católicos, a los creyentes. ¡Y mucho menos al Papa, líder mundial indiscutible!