La experiencia del Padre

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Secundino Castro   

Cada vez más, va calando en la gente la imagen de Dios como ternura, que vemos reflejada en la palabra Padre (Abbá) con la que Jesús le configuró. Por eso quiero hacer algunas reflexiones sobre Él. La experiencia humana de Jesús es tan profunda, que de ella surge o se percibe la vivencia trinitaria. Aparece esto sobre todo en los discursos de la última cena (Jn 14-17) y en otros capítulos de Juan. Citemos entre ellos el del Buen Pastor (Jn 10). 

En la última cena Jesús revela su misterio de persona como ser que está abierto plenamente al Padre y en relación permanente con él. De esta relación surge el Espíritu, que está estrechamente vinculado a los hombres, a los que es enviado. Sólo desde el misterio trinitario, que es un misterio de ternura, es comprensible el hombre. Esto mismo aparece también en los sinópticos y en Pablo. Marcos en Getsemaní pone en los labios de Jesús la palabra Abbá (Mc 14,36). Mateo (11,25-30) y Lucas (10,21-22) nos ofrecen un texto precioso sobre la relación de suma confianza e intimidad de Jesús con el Padre. Pablo, por su parte, nos recordará en dos ocasiones la palabra Abbá (Rm 8,15; Ga 4,6). 

El hombre habrá conocido al Padre cuando sea conformado trinitariamente, es decir, entre en unión con la Trinidad, relacionándose con el Padre como hijo en unidad con Jesús, bajo la acción del Espíritu Santo y sea para los hombres un trasunto del Abbá.  Cuando el hombre es Abbá para su hermano, comienza a descubrir el rostro de Dios que es esencialmente ternura. 

Ante la pregunta del escriba que le interroga cuál es el primer mandamiento, Jesús afirma que Dios es el único Señor al que hay que amar con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas, y el segundo consiste en amar al prójimo como a uno mismo (Mc 12,19-31). Cuando el escriba aprobó gozoso este razonamiento, Jesús le dijo: "No estás lejos del Reino de Dios" (Mc 12,34). Con estas palabras le daba a entender que para estar cerca del Reino, no sólo hay que tener teoría sobre el mismo, sino que  se necesita la  praxis. 

En dos ocasiones, cuando Jesús habla de los mandamientos, no menciona a Dios, sólo tiene presente al  prójimo. Así cuando al joven rico le recuerda los mandamientos sólo se refiere a los que hacen alusión al prójimo (Mt 19,16-22). Esto da a entender que sólo se ama a Dios cuando se cumple con el hermano. También el mandamiento nuevo se refiere sólo al prójimo (Jn 13,34). Estos dos textos nos muestran que se puede llamar a Dios Padre, pero no comprender su profundo significado hasta que no se es ternura para el hermano, como ya dijimos. Así en el concepto de Dios Padre queda íntimamente vinculado el hombre; y la praxis del amor; no es un problema de conocimiento. En esto tenía razón Kant. 

Con Jesús muere un tanto el Dios clásico para surgir el Padre, es decir el Dios que es amor en cuanto vincula su suerte a la del hombre. Pero de algún modo también el Padre queda desmitologizado en este mundo. En este sentido Jesús le responde a Felipe: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn 14,9).  Con esta afirmación se conecta un dicho de Jesús, que no recogen los evangelios y que nos ha sido transmitido por algunos Padres de la Iglesia: "Has visto a tu hermano, has visto a Dios". Esto nos lleva como de la mano a preguntarnos sobre la experiencia del Padre. El primer momento viene constituido por el acercamiento a Jesús: “Nadie puede venir a mí si el Padre no lo atrae” (6,44). El descubrimiento del Padre se va haciendo al ritmo del de Jesús. Se descubre en seguida que Dios no hace acepción de personas.  Ya no hay distinción entre judíos y gentiles ni entre otras clases de personas. La religiosidad se sitúa en el interior del hombre. Desde ahí se comprende el sentido de la gracia. 

En este momento nos hallamos capacitados ya para rezar de verdad el Padrenuestro. La primera experiencia que produce el Padrenuestro es el sentido de fraternidad. El discípulo de Jesús comprende que el otro es en el que debe caer su afecto si quiere que el Padre se sienta amado por él. La experiencia del Padre es inseparable del otro. Éstos son a los que el Padre revela sus secretos, los que constituyen la alegría de Jesús. Por sus ojos comienza a difundirse una luz especial, por la que contemplan todo trabado en el amor del Padre: la naturaleza y la gracia. 

Desde ahí están capacitados para escuchar los discursos de la última cena. Si permanecen unidos a Jesús, un día gozarán de la unidad y fruición que él tiene con el Padre. Ese deseo de conocer al Padre, que se trasparenta a través de Jesús, un día será colmado. Mientras, el Paráclito que es otro Jesús, llenará ese vacío de ansias por el rostro del Padre y les conducirá a la guarda del precepto del amor, que es la garantía de la permanencia en Jesús y de unión con el Padre. No pocos exegetas piensan que, aunque aparentemente el evangelio de Juan tiene a Jesús por su objeto central, en realidad quien lo es, es el Padre. De modo que el grito de Felipe, es el de todo hombre: "Muéstranos al Padre y nos basta" (Jn 14,8). El discípulo de Jesús no logra apagar este grito. Sólo se amortigua en la contemplación del rostro del Señor en el que se adivina al Padre, en esa luz que en él ha depositado el Espíritu Santo.

Pero el rostro de Jesús sólo se puede contemplar cuando se hace el mismo camino que él. Aquí radica el criterio central de discernimiento de la experiencia del Padre. La  mística de que tanto se habla hoy, tiene que reducirse a la praxis de Jesús y sólo se desviste de la mundanidad, con que puede camuflarse de altísima religiosidad, en el vaciamiento total del yo en la entrega sin medida al otro. El Padre nos ha conducido al hombre y éste al Padre. En este proceso el Padre pierde definitivamente su nombre de Dios  para llamarse AMOR, como lo hizo Jesús  cuando le cambió el nombre llamándole ABBÁ. 

En la experiencia espiritual de la Comunidadcristiana los grandes seguidores de Jesús siempre han vivido de esa ternura de Dios, han profundizado su amor y han escrito páginas admirables sobre la gracia, término en el que nos llega a nosotros el misterio de un Dios, que se nos entrega. Los santos al final de su existencia terminan confesando que todo es gracia, todo es don. Pero ha sido Teresa de Lisieux la que más ha llamado la atención en este sentido. De alguna forma ella nos ha redescubierto el evangelio, se ha sentido niña pequeña de Dios y por consiguiente ha experimentado su ternura. Expresiones como: "Dios es más tierno que una madre" (Manuscrito A, 80 v°), y situar su espiritualidad en ese concepto la introducen de inmediato en el Abbá de Jesús. Ella nunca oyó esa palabra. Si hubiera tenido acceso a su explicación, habría estallado de alegría y hubiera visto confirmadas todas sus intuiciones. ¿Podríamos decir, sin herir la sensibilidad de nadie, que el Dios de la Doctora de la Iglesia, Teresa Martín, es el que más se aproxima al de Jesús?