10. Hacia la libertad interior (Camino 10 y 11)

“Joven es el que se asombra y se maravilla” (Wiston Churchill)

Teresa sabe que la libertad no nos la quitan desde fuera, que somos nosotros los que nos la dejamos amarrar. Por ello intenta educar a la persona en la libertad para “quedar en sosiego y señorío” (C 11,5). Campos donde educar el desasimiento: todos. Pero señala dos como ejemplo. Se refiere más a la persona que a las cosas.

La humildad cristiana ayuda a superar todo espejismo, a creer que es libre cuando está atado al egoísmo más refinado.

Comienza la educación por el cuerpo. ¡Cuidado con prestarle excesiva atención! También esa dimensión hay que sanarla. “Este cuerpo tiene una falta, que mientras más le regalamos, más necesidades descubre: es cosa extraña lo que quiere ser regalado” (C 11,2). “Lo primero que hemos de procurar es quitar de nosotras el amor de este cuerpo, que somos algunas tan regaladas de nuestro natural... y tan amigas de nuestra salud, que es cosa para alabar a Dios la guerra que dan... ¡Determinaos, hermanas, que venís a morir por Cristo y no a regalaros por Cristo!” (C 10,5).

No quiere penitencias descabelladas, sino algo más profundo. “Gran remedio es para educar nuestra dimensión corporal traer muy continuo el pensamiento en la vanidad que es todo y cuán presto se acaba, para quitar la afición de las cosas que son tan baladíes y ponerla en lo que nunca se ha de acabar” (10,2).

Teresa, que es enferma crónica, sabe lo que las enfermedades nos pueden atar. El verdadero riesgo consiste en crearse un centro de atención en el propio cuerpo. “Como soy tan enferma, hasta que no me determiné en no hacer caso del cuerpo ni de la salud, siempre estuve atada, sin valer nada” (V 13,7).

Enfrenta también el miedo a la muerte. Para ello habla de tragarse de una vez la muerte. “Dejaos toda en Dios, venga lo que viniere. ¿Qué va en que muramos? De cuantas veces nos ha burlado el cuerpo, ¿no burlaríamos alguno a él? Y creed que esta determinación importa mucho más de lo que podemos creer, porque de muchas  que poco a poco lo vayamos haciendo, quedaremos señores de él” (C 11,5).


 

¿Nos educamos para una victoria definitiva sobre el miedo, la angustia, las prevenciones? ¿Cómo hacer nuestra la sentencia de Pablo: “En la vida y en la muerte somos del Señor” (Rom 14,8)? 

DESDE EL CÁNCER: MI GRAN TENTACIÓN: PEDIR A DIOS QUE ME LIBERARA DE LA PRUEBA. Jesús Burgaleta

 

No es fácil descubrir lo más profundo y ante tantos. Sin embargo, por si os sirve, me voy a atrever, con sencillez, a comunicaros mi experiencia en el transcurso de un largo proceso de quimioterapia, finalizado, con éxito, con un trasplante autólogo de médula.

La experiencia más grata que he tenido a lo largo de este año y medio consiste en no haber cambiado ni la experiencia, ni el concepto, ni la relación con Dios.

La gran tentación fue volver de la fe a la religión, de la confianza gratuita al interés; de relacionarme con Dios sin esperar nada de él y sin necesitarlo -sólo por amor-, a acudir a él para que te liberara de la prueba o te sacara del pozo.

Tuve que asumir que si mi salud no dependía de Dios, tampoco mi enfermedad. Dios ni me la enviaba ni la quería. Simplemente era algo que estaba ocurriendo en mi vida.

Si no me había quejado a Dios cuando todo me iba bien, ¿por qué me iba a quejar cuando todo me iba mal? Si yo a Dios no le he pedido nada en mi vida -excepto que su nombre sea santificado, trabajando por su proyecto que es compartir pan y amar hasta ser capaz de perdonar-, ¿por qué le iba a pedir durante la enfermedad?

Por ello, en mi relación con Dios, cuando pretendía verbalizar interiormente alguna oración, la única fórmula que encontraba era la del salmo aquel que dice "Señor, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra!".

Mi experiencia de Dios me ha llevado en el transcurso de mi enfermedad:

— A confiar en mí mismo: a tomar conciencia de mis propias fuerzas, a solidarizarme con mis resortes más profundos, a conectar con mis energías desconocidas, a luchar contra la enfermedad sin desfallecer, a mantener el buen ánimo, a valorar el don de la vida y recibirlo como una tarea.

— A intensificar la orientación fundamental de la vida como amor, entrega, donación. La enfermedad también ha sido la ocasión para olvidarme de mí mismo, para no estar pendiente de mí, para descentrarme.

— A asumir la debilidad sin miedo, sin traumas, sin angustias pusilánimes. ¡Somos así: somos también enfermos!

— A vivir la enfermedad con normalidad, procurando no crear más situaciones excepcionales que las necesarias. No volverse mimoso, ni impertinente, ni acaparador. Sí he tenido, sin embargo, la disposición de dejarme cuidar con sencillez; suerte que he tenido al ser atendido sencillamente por los míos.

— A liberar a los demás de estar pendientes de mí, en cuanto a la preocupación, atención, visitas o teléfono. He aprendido a vivir la presencia solidaria de los otros a distancia, sabiendo que la enfermedad, como todo el camino de la vida, lo hace cada uno solo y desde dentro, aunque en relación.

— A superar el espíritu burgués y elitista de que, cuando se trata de uno mismo, hay que buscar lo mejor: el mejor médico -donde sea-, la mejor atención, la máxima seguridad. He elegido aceptar el médico que me tocaba, como le ocurre a todo el mundo. Si ha resultado ser bueno ¡suerte!

— A confiar en los médicos. Me he puesto en sus manos sin dudar, con docilidad, en silencio, sin preguntar ni incordiar, dejando hacer y haciendo lo que me decían. He procurado que su labor fuera más fácil.

— A tener para con los demás un sentimiento de misericordia, poniéndome en su lugar y tratando de comprender su situación. Sobre todo en relación con el personal sanitario que me atendía:

· Renunciando a una hipersensibilidad por los propios derechos (por éstos hay que luchar sobre todo antes y después de estar enfermo).

· Teniendo una relación de gratuidad; recibiendo cada servicio como un favor.

· No siendo cargante ni exigente.

· Colaborando activamente.

· Creando una clima de distensión y acogida.

· Comprendiendo su situación laboral sobrecargada de horas, responsabilidad, fatiga y hasta de incomprensión.

· Perdonando los fallos, cuando los he padecido, aunque se hayan debido a la incompetencia o a la desidia; aunque esos fallos comportaran serios riesgos. Perdonando desde dentro.

Y, ante todo, a lo largo de mi enfermedad, he procurado mantener una actitud vital, aun en los momentos más difíciles. La enfermedad ha sido una etapa de mi vida que merecía la pena vivirla con intensidad, profundidad, radicalidad, un cierto entusiasmo y alegría... ¿Quién me podría asegurar que ése no iba a ser el último tramo de mi vida? Y ¿cómo no me iba a apresurar a vivirlo a tope?

Puedo decir que, por desgracia, he tenido la suerte de estar enfermo y poder así vivir facetas de la vida que, mientras estaba sano, habían pasado casi desapercibidas: la debilidad, la limitación, lo irremediable, lo profundo radical, el dolor, la relatividad, lo importante y accidental, lo necesario y lo accesorio, lo superfluo y la densidad, lo que vale y lo inútil, el asumir la propia historia, el aceptarte como eres, la capacidad de autocrítica, la perspectiva del cambio, el asumir la muerte, el abrirte al futuro, la esperanza desesperada... ¡Tantas veces!