La Santísima Trinidad, dulce hogar

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 Secundino Castro

 Me permito hablar del misterio más entrañable de nuestra fe sólo ayudado por el teólogo Bruno Forte y los místicos carmelitas. El día de Pascua brilló Jesús, se reveló el Padre y el Espíritu Santo nos incendió. El texto clave lo podemos encontrar en Rm 1,1-4. Aquí hallamos admirablemente conjuntados lo eterno y lo temporal, la historia y la transhistoria, el Padre, Jesús y el Espíritu. La economía de la salvación trasparentando  la inmanencia del misterio.

El Padre es el origen fontal del amor, el principio, el manantial y la fuente de la vida divina. San Agustín llama al Padre “Totius Trinitatis principium”. El Padre es el eterno nacer del amor, el eterno amante. El que figuró la creación con el rostro luminoso de su Hijo: “Con sola su figura” todo lo dejó vestido de hermosura y dignidad. El Padre es esa mano, dulce y blanda, que nos acaricia con el tacto de su Hijo y nos llaga, con llaga regalada, el Espíritu Santo. El Padre es absoluta ternura, fuente siempre manando, “fuente que mana y corre” en la dulce noche. Madre que regala: “llega a tanto la ternura y verdad de amor con que el inmenso Padre regala y engrandece a esta humilde y amorosa alma, ¡oh cosa maravillosa y digna de todo pavor y admiración!, que se sujeta a ella verdaderamente para la engrandecer, como si él fuese su siervo y ella fuese su señor” (C 27,1). Madre joven, que abre sus pechos: “A los pechos de Dios seréis llevados y sobre sus rodillas seréis recreados” (Is 66,12). El Padre es Abbá en el tiempo y Seno en la Trinidad: Un Dios, Hijo Único que se complace en el seno del Padre, es su explicación (Jn 1,18). Misterioso Hogar, que nos espera, como el padre del hijo pródigo, a la tarde, después de las fatigas del duro bregar. La ternura, los brazos, lo que buscamos en lo más hondo, mar donde nos anegamos y aurora donde nos despertamos. La eterna juventud generadora, la seguridad total,  las entrañas, los labios, el Abbá.

El Hijo es la eterna receptividad, pura acogida, eterna obediencia, gratitud infinita. Se siente amado antes de la creación del mundo (Jn 17,24). Por él circula en el tiempo y en la eternidad la vida divina que brota de la plenitud del Padre (Jn 5,26).

El eterno amante se distingue del eterno amado. El amante es principio del amado. El amor fontal es origen del amor acogedor. Este proceso se denomina en la tradición teológica cristiana “generación”. El éxodo del Hijo del seno del Padre se produce por generación eterna. La receptividad en el amor tiene en Dios una consistencia infinita. Se constituye en alteridad. Aceptar el amor no es menos personalizante que dar el amor.

Dejarse amar no es menos amor que amar. Así es el Hijo.

Por la infinita receptividad del Hijo, “en el que todo ha sido creado” (Col 1,16) y que se hace solidario con los pecadores, hace posible que la criatura acepte la creación y la redención como don de amor, que es la vida de la gracia. En él nos alcanza el Padre, es el toque delicado: “¡Oh, pues, otra vez y muchas veces delicado toque, tanto más fuerte y poderoso, cuanto más delicado, pues que con la fuerza de tu delicadez deshaces y apartas el alma de todos los demás toques de las cosas criadas, y la adjudicas y unes sólo en ti, y tan delgado efecto y dejo dejas en ella, que todo otro toque de todas las cosas altas y bajas le parece grosero y bastardo, y le ofenda aun mirarle y le sea pena y grave tormento tratarle y tocarle!” (Ll 2,18). Ese toque delicado se deja sentir en el tiempo, cuando Jesús recorría los caminos de Galilea e invitaba a los cansados y fatigados a ir a descansar en él: “Yo os daré descanso” (Mt 11,25-30). El “sabat” tan querido de los hebreos, se hallaba en el pecho de Verbo, en el que descansó Juan aquella tarde...  en la que los Doce fueron examinados en el amor (Jn 13,21-30).  En él también se complace y descansa el Padre. Así lo proclamó en el bautismo (Mt 3,17) y en la transfiguración (Mt 17,5).

En esta realidad tiene lugar la otra realidad, la del Espíritu, que une al Engendrante con el Engendrado, al Amante con el Amado, que garantiza también la comunión del eterno amante con sus criaturas.  Ricardo de San Víctor denomina al Espíritu Santo, el co-amado. En el Espíritu el Amante y el Amado se abren hacia su alteridad lo mismo en la inmanencia en el misterio que en la economía de la salvación. El Espíritu Santo es la conjunción del Amor del Padre y de Hijo, Señor y dador de Vida. Si se nos permite, podemos decir que es la feminidad de Dios, y se trasparenta por el alma y el cuerpo de la Virgen.  La fe ha captado la fuente sin límites del Padre, que en la comprensión de sí mismo genera en la eternidad al Hijo, que es su expresión -Verbo, Logos- y figura de su sustancia, y de la relación entre ambos procede del Padre y del Hijo como de un sólo principio, la persona-Amor: el Espíritu Santo. En el Espíritu Santo, fruto de su amor, ambos aman al mundo. San Agustín no dudaba en decir: “verdaderamente ves a la Trinidad cuando ves el amor” (De Trinitate, VIII, 10,14, en PL 42,960). Al Espíritu le incumbe hacia fuera el arte. Él es quien llena de belleza las almas de los santos. Él es el que nos pintó esa  beldad nunca soñada: Teresa de Lisieux.

La historia de Jesús reflejo de la Trinidad. “aquel día (cuando venga el Espíritu) sabréis que yo estoy en mi Padre y vosotros en mí y yo en vosotros… El que me ama será  amado de mi Padre y también yo le amaré y me manifestaré a él… Y haremos morada en él” (Jn 14, 20.23). El texto de la unidad del capítulo 17, 21.23 lo pone igualmente de relieve. La esencia de Dios se halla en su Éxodo de sí, como Amor amante, de acogida de sí, como Amor amado, de regreso a sí y de infinita apertura al otro en la libertad, como Espíritu del amor trinitario. Esta mutua compenetración e inhabitación de las personas divinas, este permanecer y residir mutuo se ha expresado con la palabra perijoresis. No pocos textos de Juan la avalan.

La cruz de Jesús se muestra, a su vez, como forma trinitaria.  En este día se dan una serie de entregas dramáticas. Judas entrega a Jesús (Mc 14,10); El Sanedrín lo entrega a Pilato; Pilato lo entrega a la cruz (Mc 15,15). Cristo se entregó por mí (Gá 2,20); la entrega del Padre: “El Hijo del Hombre va a ser entregado (pasivo) [Mc 9,31]; cf Rm 8,32: “El cual no escatimó a su propio Hijo, sino que le entregó por nosotros “, cf 1Jn 4,10. Esta entrega se prefiguró en el sacrificio de Abraham Gn 22, 12. Cuando Abraham entregaba a Isaac, se desgarraban las entrañas del Padre pensando en su día. “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn  15,13-16).

 

La Trinidad es el fondo de la existencia humana y su sentido. La fuente, el contenido y el final de la revelación cristiana. A pesar del aparente poco influjo en la realidad cotidiana como observó certero, pero con honda pena, Rahner: “Si hubiera que suprimir como falsa, la doctrina de la Trinidad, después de hacerlo, gran parte de la literatura religiosa podría quedar casi inalterada”.

En las cumbres de la mística Santa Teresa advierte: “Quiere ya nuestro Dios quitarla las escamas de los ojos y que vea y entienda algo de la merced que le hace… se le muestra la Santísima Trinidad, todas tres personas, con una inflamación que primero viene a su espíritu a manera de una nube de grandísima claridad, y estas Personas distintas, y por una noticia admirable que se da al alma, entiende con grandísima verdad ser todas tres Personas una sustancia y un poder y un saber y un solo Dios; de manera que lo que tenemos por fe, allí lo entiende el alma, podemos decir, por vista, aunque no es vista con los ojos del cuerpo, porque no es visión imaginaria. Aquí se le comunican todas tres Personas, y la hablan, y la dan a entender aquellas palabras que dice el Evangelio que dijo el Señor: que vendría El y el Padre y el Espíritu Santo a morar con el alma que le ama y guarda sus mandamientos” (Moradas VII,1,6).

En la comprensión profunda de la mística, la experiencia de la Trinidad es sustancial. Juan de la Cruz le dedicó todo un libro: Llama de amor viva. Recojo una de sus bellísimas estrofas:

 

“¡Oh cauterio suave!
¡Oh regalada llaga!
¡Oh mano blanda! ¡Oh toque delicado!,
Que a vida eterna sabe                       
y toda deuda paga!
Matando, muerte en vida la has trocado.”

 

Y de Isabel de la Trinidad recuerdo unas frases de su famosísima Elevación: “¡Oh, mis Tres, mi Todo, mi Bienaventurada Soledad infinita, Inmensidad donde me pierdo!, yo me entrego a Vos como una presa. Encerraos en mí para que yo me encierre en Vos, mientras espero ir a contemplar en vuestra luz el abismo de vuestras grandezas”.  

Ningún comentario mejor que sus palabras: “Esta intimidad con El en lo interior ha sido el hermoso sol que ha iluminado mi vida convirtiéndola en un cielo anticipado. Y eso es lo que me sostiene hoy en medio de los sufrimientos. No tengo miedo a mi debilidad… porque el Dios fuerte está en mí”.