El Señor de la gloria

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Secundino Castro

Tú eres, Jesús, el resumen y la cima de toda perfección humana y cósmica. No hay una brizna de hermosura, ni un encanto de bondad, ni un elemento de fuerza que no encuentre en Ti su expresión más pura y su coronación… ¡Oh Cristo Jesús!, en tu benignidad y en tu Humanidad sustentas verdaderamente toda la implacable grandeza del Mundo. Y es en virtud… de esa inefable síntesis, realizada en Ti… que mi corazón, enamorado de las realidades cósmicas, se entrega apasionadamente a Ti.” (P. Teilhard de Chardin)

En este tiempo de Pascua, en el que la experiencia del Resucitado invade todos los espacios de la Iglesia, me ha parecido bien hacer unas breves reflexiones sobre Jesús, de la mano del conocido teólogo Hans Urs von Baltasar.

“Sólo existe Jesús”, escribió Teresa de Lisieux con grandes trazos en la pared de su celda. Estas palabras no son sólo el fruto de un enamoramiento, sino la expresión más fundamental del cristianismo. En realidad fuera de Dios sólo existe él, y nosotros en él (cf. Ef 1,1-14; Col 1, 15-20). Juan resume en una frase lapidaria su experiencia del Señor: “Hemos contemplado su gloria” (Jn 1,14). La gloria en las antiguas Escrituas sólo se refiere a Yahvé. Antes Dios hablaba “fragmentariamente” (Hb 1,1), pero ahora lo ha hecho “de una vez” y en unidad absoluta (Hb 1,1; Gál 3,24; 4,2).Todas las formas, figuras e imágenes se abisman en plenitud “en quien reside toda la plenitud de la Divinidad corporalmente” (Col 1,9;  Hb 1,2: “Heredero de todo”). Él es el Uno, el principio unificador, “irradiación de su gloria e impronta de su sustancia” (Hb 1,3). En el Uno se asume todo, no se sobrepasa.

El Verbo se ha hecho carne (no se ha vestido de carne). Lo griego (el logos) y lo hebreo (la basar, el tiempo, la historia) se han fundido, se han unificado en Jesucristo, alfa y omega. Que el Verbo se haya hecho carne significa que ha asumido lo finito, su contrario, la muerte, el tiempo. La expresión existencial más vibrante de esto se halla en el lavatorio de los pies (Jn 13); Dios lavando los pies al hombre.

La historia de Jesús, su vida, sus palabras, sus gestos, se constituyen en la sabiduría suprema de Dios y, por consiguiente, en la belleza suprema. El Logos eterno sólo puede verse en el hombre Jesús de Nazaret, el carpintero, el predicador, el crucificado, el hijo de María, la humillada-exaltada (“La humillación de su esclava”). Aquí se halla la sabiduría que supera todo conocimiento (Ef 3,19). No puede haber una sola actitud en la vida de Jesús que no se constituya en instancia suprema y crítica.

Su luz nos llega en la comprensión neotestamentaria de los autores sagrados. La lectura que realiza el NT no puede ser sobrepasada retrotrayéndola a su realidad fáctica, pero sí ha de ser confrontada para lograr captar a fondo la intencionalidad de los hagiógrafos. Jesucristo no puede ser otra cosa que la expresión gratuita del hecho del amor de Dios casi irrefrenable para con el hombre. La faz de Cristo irradia la gloria trinitaria (2Cor 4,6); y produce en quien hace suya su forma de vida “la esperanza de la herencia incorruptible” (1Pe 1,4). Esa esperanza produce ya “alegría rebosante, inefable y gloriosa” (1Pe 1,8). Este gozo interior, escatológico, genera una intuición que el Espíritu derrama y que hace comprender todo desde la inmensa majestad de Dios que lo inunda (Cf. 1Pe 4,13). Nunca más a propósito las palabras con que Juan de la Cruz cierra su explicación de la canción quinta: “Y así, en este levantamiento de la encarnación de su Hijo y de la gloria de su resurrección según la carne, no solamente hermoseó el Padre las criaturas en parte, mas podemos decir que del todo las dejó vestidas de hermosura y dignidad” (C 5,4).

Se tiene la sensación de que en el AT se dio un pathos vigoroso concentrado al principio. Éste se fue bifurcando en las diversas instituciones: profetas, salmos, culto. En los sapienciales se pierde la experiencia y se fija el concepto; nace la apocalíptica como confesión de la carencia de esta gloria aquí en la tierra. Las promesas del segundo y tercer Isaías no parecen realizarse y quedan abiertas a una promesa que será total novedad. Ésta se expresa en el NT., en el que la gloria, la energía y la “maiestas” se despliegan incontenibles en Jesucristo, desde el que se inunda la creación, pero sobre todo sus seguidores.

El evangelio de Juan es expresión de esta gloria desbordante que empapa incluso su literatura. Escribe K. Adam: “Todos los personajes y sucesos por él pintados llevan algo de intemporal en sí mismos. Son como  una transparencia de lo eterno; lo mismo en su vida anterior a la historia que en su aparición histórica y posthistórica. El Hijo del hombre sigue en el “seno del Padre” aun cuando obre sobre la tierra. Los ángeles de Dios se ciernen sobre él aun en Galilea y Jerusalén. De ahí que Juan no sienta ya lo humano de Jesús como algo extraño a la Divinidad de Jesús. Como una humillación, sino como transparencia y manifestación visible de lo divino. A través de su humildad brilla la gloria divina de Cristo” (El Cristo de nuestra fe. Barcelona, 1966. Sobre la majestad y gloria que inunda a sus seguidores, escribe Juan de la Cruz: “Ordinariamente traen en sí un no sé qué de grandeza y dignidad, que causa detenimiento y respeto a los demás, por el efecto sobrenatural que se difunde en el sujeto de la próxima y familiar comunicación con Dios, cual se escribe en el  Éxodo, de Moisés, que no podían mirar su rostro (34,30) por la honra y gloria que le quedaba, por haber tratado cara a cara con Dios” (C 17,7). La tradición carmelitana sintetiza la experiencia espiritual en dos palabras: “Véante, mis ojos”. Tiene razón la doctora de la Iglesia, Teresa de Lisieux: “Sólo existe Jesús”.

Artículo publicado en http://www.ocdcastilla.org/