La exquisitez de un perfume

Secundino Castro

Una de las escenas más emotivas del evangelio de Juan, es sin duda, la de la unción en Betania. Quiero reflexionar sobre este singular pasaje en el que el amor se refleja en la fragancia de un perfume. Con objeto de que el discurso fluya más ágil omitiré explicitar las numerosas referencias bíblicas. La escena, que comentamos, es digna de Juan. Mateo y Marcos nos han descrito una similar, aunque no son pocos los detalles que las diferencia. En primer lugar, el hecho se sitúa “seis días antes de la pascua”. El número seis en Juan siempre denota imperfección. La escena quedaría orientada a otra, a los perfumes de 38 kilos de mirra y áloe donados por Nicodemo el día del sueño de Jesús. Por allí también andaría una mujer. Al nombrar la Pascua, no dice: “de los judíos”, como es habitual en él. Estamos ya  en la Pascua de Jesús. Todo queda orientado hacia ella. El evangelista, sin embargo, quiere determinar enseguida que allí se encontraba Lázaro, a quien se nos recuerda que Jesús ha resucitado. Lázaro figura el resto de Israel puesto en pie. Ya no representará nada. Por eso el papiro 66 de gran relevancia en Juan, le denomina el muerto. El resto de Israel se desdobla en Marta y María que representan la doble realidad de la comunidad de Jesús. Marta con tendencias al credo fariseo, expresa la comunidad cristiano judía; María, la comunidad más evangélica, que será la única que subsistirá, como atestiguan los Hechos de los Apóstoles. Jesús va a ser agasajado con un banquete. Como veremos, se trata de un banquete brindado por la comunidad. Allí está la comunidad de Jesús. En ella, sin duda, se encuentran los apóstoles. Marta se dedicará al servicio y María expresará la donación perfecta en la entrega de toda su persona con un perfume muy caro y auténtico.

El centro de la escena la ocuparán Jesús y María. El personaje de Marta va a quedar como secundario. Significa, ya lo hemos dicho, la comunidad judeocristiana que pronto desaparecerá. La acción de María es lo único que se va a relatar de la cena. Lleva una libra de perfume de nardo puro. Para hablar de la pureza o autenticidad del nardo se usa la palabra pistikos, término que no aparece en ningún otro lugar. Algunos han pretendido relacionarla con la fe, pues tiene la misma raíz. Quizás Juan ha querido ver debajo de la autenticidad del producto la entrega total de la mujer. Se recalca también que era de mucho precio, Judas calcula que podría valer trescientos denarios; el salario de un año. Pero, veamos cómo suceden las cosas. María unge con el precioso perfume los pies de Jesús y después los enjuga con sus cabellos (llevándose a su vez parte del perfume).  Parece que no estamos ante un lavado de pies, que se supone que Jesús ya había recibido, sino ante la acción de perfumar a un huésped, cosa que también se hacia. En todo caso, nunca una mujer, que no fuera la esposa o una esclava podía lavar los pies a un hombre, y menos aparecer en público con los cabellos sueltos. María, pues, representa el discipulado en su dimensión esponsal y libre. La fragancia del perfume va a llenar la casa (la comunidad). Por cuanto vamos diciendo, parece adivinarse la presencia del Cantar en la narración. Los textos evocados serían: “Mientras el Rey descansa en su diván, mi nardo exhala su fragancia” (Ct 1,12); “¡Un rey en esas trenzas está preso!”(Ct 7,6). En 3,29 el Bautista había denominado a Jesús el novio. ¿Qué escena en todo el evangelio le revela como novio mejor que Caná y ésta?

         La queja de Judas, por tanto perfume en favor de Jesús, denota un corazón distante, frío y sin amor por su Maestro. Porque sin este amor no subsiste la entrega a los pobres, que él reivindica. Pero, además, Juan nos explica que no eran los pobres su preocupación, sino él mismo. Jesús sale en defensa de la mujer y dice: “déjala que lo guarde para el día de mi sepultura”. Texto muy difícil de fijar. Si se buscara la armonización con Marcos, la solución sería fácil: la mujer con este gesto ha anticipado el perfume de su cuerpo para la sepultura, que según Juan va a estar revestida de nupcialidad por los aromas, las reminiscencias del Cantar y otras asonancias. Pero, creo que el pasaje debe leerse como está. Muchos suponen que la mujer no derramó todo el perfume –pues no ha quebrado el frasco como en Marcos (Mc14,3)-, y Jesús la invitaría a que conserve el resto para su sepultura. Algunos comentaristas ven con pena que no se conservara el perfume y se utilizara el del fariseo Nicodemo, quien “fue también… con una mezcla de mirra y áloe de unas cien libras” (19,39). Yo pienso que la lectura es otra. Se trata de que la mujer se ha llevado parte del perfume en el cabello.

         Hemos dicho que el perfume derramado, en el mundo hebreo significa la entrega de la persona. Se acerca la hora de la Pasión, días de prueba; Jesús pide a la mujer (a su comunidad) que le permanezca fiel hasta la sepultura; que conserve el perfume. Que sus  cabellos sigan oliendo a la fragancia exquisita de la fe (pistikos) hecha entrega. Así este suceso se conexiona con la sepultura de Jesús, en la que podemos ver la ida de la mujer en su búsqueda (se trata cierto de otra mujer, pero figura la misma realidad [20,1ss]). La mujer permanecerá fiel hasta el final. El perfume de su cabeza recordará la entrega al marido hasta el sepulcro. Allí le esperará ella la mañana de Pascua. Y allí también remitimos al lector para que vea lo que acontece.

         Las mujeres en Juan forman una unidad en vistas a configurar una idea de discipulado. María, la Madre de Jesús es el Israel ideal (Caná) y la Iglesia ideal, eternamente fecunda (pasaje de la Cruz); está como fuera del tiempo; la Samaritana, la mujer que deja los ídolos (los maridos, los cinco dioses adorados en Samaría) y se convierte en misionera. Muestra mucha fe y mucha esperanza, pero parece que no tiene mucho amor, aunque Jesús la ha invitado a las bodas. No se olvide que junto a un pozo encontraron marido las mujeres de los patriarcas. Marta es la discípula que sí sigue a Jesús, pero al estilo judío. María su hermana, es la auténtica discípula que le da todo su amor. Esta mujer se desdoblará la mañana de  Pascua en María Magdalena que representa la discípula que ha pasado por la noche de la fe (ha estado junto a la cruz y va de noche en busca de Jesús). Representa a la Iglesia en el tiempo (agarró a Jesús, pero él le pidió que le soltara, no es la hora del matrimonio, es el tiempo del noviazgo).

         Volviendo a la escena de Betania tenemos que decir que se invita a la comunidad a ser como María, que le ofrenda toda su persona, sólo de esta forma el perfume rebosará la casa y alcanzará al mundo. La casa sólo tiene sentido si la entrega es total. Para Jesús la entrega es un delicioso perfume, que reconforta al que lo hace, porque se lo devuelve (12,3). Lo que se ofrenda a Jesús, nunca se pierde, retorna multiplicado, como le aconteció a esta dichosa mujer que se llevó parte del perfume en sus cabellos (12,3). Haciendo memoria de ella, Marcos recordará que en cualquier parte que se predique el evangelio habrá obligación de recordarla. Figura preciosa, entrañable y dulce, una de las  más bellas del cuarto evangelio. No es extraño que Teresa de Lisieux se sintiera identificada.

Artículo tomado del original en http://ocdcastilla.org/