Amor unas con otras

 

1-SALUDO INICIAL

Buenos días a todos, os agradezco mucho vuestra invitación a este Encuentro de animadores Got. Nada mejor que comenzar orando y mucho mejor aún si dejamos que sea Teresa de Jesús quién lo haga, aquí y ahora, ante nosotros:

2-¡Oh amor poderoso de Dios, cuán diferente son tus efectos del amor del mundo!; éste no quiere COMPAÑÍA, por parecerle que han de quitarle de lo que posee; el de mi Dios, mientras MÁS AMADORES entiende que hay, más crece, y así sus gozos se templan en ver que no gozan todos de aquel bien (…) Y así el alma busca medios para BUSCAR COMPAÑÍA, y de buena gana deja su gozo cuando piensa ser alguna parte para que otras los procuren gozar (…)

¡Oh Jesús mío!, cuán grande es el amor que tenéis a los hijos de los hombres, que el mayor servicio que se os puede hacer es dejaros a vos por su amor y ganancia, y entonces sois poseído más enteramente (…) Los gozos de la tierra son inciertos, AUNQUE PAREZCAN DADOS DE VOS (…)  Si no van acompañados con el amor del prójimo. Quién no le amare, no os ama Señor mío. (E 2,1-2).

Este texto es una oración de Teresa, si hemos de hacer caso a Fray Luis de León que lo publicó, junto a otras hojillas sueltas, bajo el título de “Exclamaciones o Meditaciones del alma a su Dios escritas por la madre Teresa de Jesús, en diferentes días, conforme al espíritu que le comunicaba nuestro Señor después de haber comulgado” Y, claro está, que el E. del Señor sólo puede comunicar amor y comunión, amistad con Él y  entre nosotros.

 Con esta hermosa oración Teresa de Jesús nos está describiendo el “amor de unas a otras”, el amor fraterno, esa manera de amar que ella querría que tuviésemos, aunque a los principios no sea tan perfecta, como nos dirá en Camino de Perfección (CV 7,5). Nos muestra aquí la diferencia entre el amor divino y el amor ¿humano? , no, humano no, sino deshumanizador que ella llama “amor del mundo”, porque el verdadero amor humano, no esotras aficiones bajas que le tienen usurpado el nombre es el de Cristo y su manera de amar es la que tenemos que aprender… Se aprende en la oración, donde Jesús, nuestro Enseñador (CV 10,3),  dice Teresa que enseña a quien se  quiere dejar enseñar por él,  y se ejercita en la vida, ya que la oración hace crecer el amor al prójimo y el amor valida la oración. Vida y oración van de la mano.

Para consuelo de almas flacas como la mía, nuestra querida Teresa ha dejado muy claro que la oración es un camino (Camino, palabra teresiana por excelencia), camino peculiar de seguimiento de Cristo de una carmelita descalza ( y de todos los que viven el espíritu del Carmelo teresiano en sus diferente formas, creo yo), lo mismo que lo es el amor. Se trata por lo tanto de algo dinámico, siempre en progreso, aunque haya luces y sombras, paradas y desánimos, pero  que es posible porque el amor ya ha sido derramado en nuestros corazones, como dice la Carta a los Romanos. Digo esto porque muchas veces he pensado si existirá alguien por ahí  que  comience a leer el Camino de Perfección, buscando aprender a orar, y se desanime si  de su lectura deduce que, antes siquiera de comenzar a pensar en la oración, ya hay que amar con perfección, estar totalmente desasido y ser maravillosamente humilde…

No digamos nada si, además, ha leído alguna de esas estupendas introducciones donde califican a las “tres virtudes grandes” de “requisitos” o todavía peor “ presupuestos”, en fin cosillas que han de ser previas, que se dan por supuesto y que hay que poseer ya para intentar orar, según parece. Si acaso sucediera esto, a lo mejor, o a lo peor, cierra el libro diciéndose que es muy bonito pero irreal y que esto no es para un “cristiano común y corriente”, signifique esto lo que signifique.

 Llegados a este punto necesitaríamos un “Felipe”, un animador Got por ejemplo, que guíe su lectura, porque “¿Cómo voy a entenderlo si nadie me lo explica?” (Hech…), y le haga topar con la clave de lectura de estos importantes capítulos: Está claro que hemos menester trabajar mucho, y ayuda mucho tener altos pensamientos para que nos esforcemos a que lo sean las obras (CV 4,1)

En esta línea, de aprendizaje, trabajo e ilusión, trataré de compartir con vosotros mi experiencia, y por supuesto espero recibir la vuestra. La mía es la de una cristiana, carmelita descalza, que entró en el Carmelo teresiano con sus propios “presupuestos” sobre lo que era el amor de unas con otras y ha ido descubriendo lo poco que conoce el “verdadero amor”, bajo la guía de una insuperable maestra, Teresa de Jesús

Quizá no sabemos lo que es amar y no me espantaré mucho (4M 1,7)

¡Menos mal que Teresa no se espanta!, porque a nosotros, la ‘gente de iglesia’, y ahora no digo más hombres que mujeres, religiosos que laicos, nos cuesta mucho reconocer que no sabemos qué es amar, ni aún como se escribe la palabra, como dicen.

Tal vez solo me pase a mí, pero la experiencia de la vida me ha ido demostrando que lo que yo creía que era amor, dejados padres y hermanos, no era más que educación, benevolencia general teñida de autocomplacencia, en el mejor de los casos.

“Tornando al amarnos unas a otras, parece cosa impertinente encomendarlo; porque, ¿qué gente hay tan bruta que, tratándose siempre y estando en compañía, y no habiendo de tener otras conversaciones ni otros tratos ni recreaciones con personas de fuera de casa, y creyendo nos ama Dios y ellas a él (pues por su Majestad lo dejan todo), que no cobre amor?” (CV 4,10)

Un razonamiento impecable, ¿verdad?, aunque no se nos escapa la suave ironía que aletea en la pregunta. Si lo encomienda aunque parezca impertinente, es porque el verdadero amor no es tan fácil ni resulta tan espontáneo a nuestra naturaleza.

Nos va la vida en saber amar, no olvidemos que, además, “la sustancia de la perfecta oración está en amar mucho y no en pensar mucho” (cf. F 5,2; 4M 1,7).

¿Qué es entonces AMAR para Teresa?

1-Amar es una decisión

Es este el punto de partida. El amor evangélico, no esos “amorcitos desastrados, baladíes de por acá”(cf. CE 11,1), no es un sentimiento, sino una determinada determinación de amar como Cristo nos amó, olvidándose totalmente de sí mismo, hasta dar la vida.

Una decisión que implica un esfuerzo, un trabajo constante, un empeño por ir superando las dificultades y asumiendo las limitaciones, propias y ajenas, sobre todo las propias. Eso sí, toda decisión tiene un coste en la vida: Es menester aquí que señoree la fe a nuestra miseria y no os espantéis si al principio de determinaros, y aun después, sintiereis temor y flaqueza; ni hagáis caso de ello, si no es para avisaros más; dejad hacer su oficio a la carne (MC 3,10).

Creo que aquí se indican dos puntos importantes a revisar: “Dejar hacer su oficio a la carne”, es decir permitirnos temblar, dudar, tener miedo…y, en segundo lugar, la fe, porque en la comunidad se encierra el Misterio, que hay que  percibir, ahondar y adorar. No se trata de un grupo de personas vulgares, por muy majas que puedan ser, ni un club, ni siquiera una ONG, porque cada una de ellas ha sido llamada personalmente por el Señor y la gloria de Dios habita en la comunidad reunida en su nombre. Hay que vivir la “experiencia de Betel”, ¡Qué terrible es este lugar, Dios está aquí y yo no lo sabía! para superar los obstáculos y no tirar la toalla. El amor de contentar a Dios y la fe hacen posible lo que por razón natural no lo es, afirma Teresa, y es una importantísima clave (F 3,4)

 Aunque nuestro  deseo de luchar por la comunión y la unidad es sincero, en realidad no estamos dispuestos a pagar su precio: “No penséis que no ha de costar algo y que os lo habéis de hallar hecho. Mirad lo que costó a nuestro Esposo el amor que nos tuvo que, por librarnos de la muerte, la murió tan penosa como muerte de cruz” (5M 3,12)

 

2-El amor se aprende, Cristo es el modelo.

Teresa de Jesús, excelente pedagoga, va exponiendo gradualmente el camino. ¿No había calificado de gente bruta a aquellos que no se amaban viviendo en compañía por un ideal común?; sin duda tiene razón, pero ya vemos que ese cobrarse amor  del que nos habla no es tan inmediato como pudiera parecer…El amor de unas a otras no es sensiblero sino que pasa, necesariamente, por la muerte y la resurrección[1];  Cristo, en su misterio Pascual, es nuestro dechado (CV 36,5).

El amor que tenemos que aprender, es un precioso amor, que va imitando al capitán del amor, Jesús, nuestro bien (cf. CV 6,9). Nuestra maestra de oración ha asentado bien las bases del verdadero amor, pues no se trata de llevarse bien para vivir en paz, que sin duda es estupendo, sino que nos ha indicado una pauta cristológica: la identificación con Cristo.

El que ha decidido ser siervo del amor, que no me parece otra cosa determinarnos a seguir por este camino de oración al que tanto nos amó (cf. V 11,1), tiene que saber que necesita una ascesis que le ayude a superar la espontaneidad y volubilidad de los deseos y los gustos, a ir transformando ‘mis cosas’ en las ‘cosas de Cristo’, a liberarse en suma de las ataduras de la propia imagen y de la obsesiva búsqueda de la aprobación de los demás, Pues, hijas mías, aquí es el trabajar por salir de tierra de Egipto (CV 10,4). Y ya sabemos que Egipto es tierra de esclavitud…

 El  trabajo que tenemos que llevar a cabo, Teresa le llama camino para llegar a la contemplación ( CV 16,1), nos lo ha dejado escrito en su libro Camino de Perfección, para que lo leamos muchas veces de buena gana (cf. CV 4,3) y nuestra oración pueda llevar un sólido cimiento. Por si acaso alguien tiene la tentación de pasar de largo y buscar cosas “más sabrosas”, nos avisa: Sufrid que sea un poco larga en cosas, aunque no os parezcan luego tan importantes […], y si no las queréis oír ni obrar, quedaos con vuestra oración mental toda vuestra vida, que yo os aseguro a vosotras y a todas las personas que pretendieren este bien […] que no lleguéis a verdadera contemplación” (CV 16,1).

¡Así de expedita es nuestra Teresa!, claro que luego, para no asustarnos demasiado, nos habla con dulzura y nos encarece la oración explicándonos que es un viaje divino, camino real para el cielo, que ganaremos un gran tesoro y, por lo tanto, que sigamos adelante porque tiempo vendrá que se entienda cuán nonada es todo para tan gran precio (cf. CV 21,1). En resumidas cuentas, el amor es un camino de conversión capaz de hacer, de un grupo de personas, una fraternidad cristiana[2]. Tomemos el consejo de Teresa y no seamos almas pusilánimes, que es un gran bien tener grandes deseos (MC 2,29) porque de aquí vendremos a que el Señor nos de gracia para que lo sean las obras (cf. MC 2,17).

Aquí todas han de ser amigas, todas se han de amar, todas se han de querer, todas se han de ayudar (CV 4,7)

Este podría ser el lema del nuevo Carmelo concebido por Teresa, porque se trata de una Betania relacional donde no existe otra ley ni otra ‘perfección’ que la del amor: “Entendamos, hijas mías, que la perfección verdadera es amor de Dios y del prójimo y, mientras con más perfección guardáremos estos dos mandamientos, seremos más perfectas. Toda nuestra Regla y Constituciones no sirven de otra cosa sino de medios para guardar esto con más perfección” (1M 2,17)

Betania es el “lugar natural” de una carmelita descalza, el símbolo de la comunidad en el Ev de Jn, donde viven todos aquellos que han sido llamados por Jesús a la amistad personal con Él. Es esta congregación la casa de Santa Marta, gustaba de decir Teresa en una de sus muchas, geniales, intuiciones evangélicas, Marta y María han de andar siempre juntas para hospedar al Señor y tenerle siempre consigo (cf. CV 17,5; 7M 4,12), servicio-amor y oración son inseparables.

Nos encontramos en un espacio teologal, la Betania teresiana,  donde no se tratan negocios de poca importancia (CV 1,5), sino que se aprende una nueva forma de amar, surgida del encuentro con la verdad de las cosas y de los seres, libre y liberadora (¡esa Santa libertad tan ponderada por Teresa), sin acepción de personas, no regida por intereses ni simpatías. Se trata de un amor que nos ayuda a crecer y madurar como seres humanos, un verdadero ‘éxtasis’ porque nos saca de nosotros mismos y nos lanza hacia los demás. Una opción que exige esfuerzo y constancia, que no nace sólo de las ideas y de los buenos propósitos sino de la experiencia de ser inmensamente amados por Dios.

Así le sucedió a Teresa de Jesús, de su experiencia del excesivo amor de Dios (cf. CC 14,3) nació su respuesta. “Esta fuerza tiene el amor si es perfecto: que olvidamosnuestro contento por contentar a quién amamos” (F 5,10). Si hemos bebido en el mismo manantial que ella, en las fuentes vivas de las llagas de mi Dios (E 9,2), un loco amor humano será la respuesta  al desatinado amor de Dios.

Quien de veras ama a Dios, todo lo bueno ama, todo lo bueno quiere, todo lo bueno favorece, todo lo bueno loa, con los buenos se junta, siempre los defiende,  todas las virtudes abraza; no ama sino verdades y cosa que sea digna de amar. ¿Pensáis que quien muy de veras ama a Dios que ama vanidades? Ni  puede, ni riquezas, ni cosas del mundo, ni honras, ni tiene contiendas, ni anda con envidias; todo porque no pretende otra cosa sino contentar al Amado. Anda muriendo porque la quiera, y así pone la vida en entender cómo le agradará” (CE 69,3)

El amor-amistad que Teresa nos propone brota de su experiencia mística, no puede ser de otra manera, de su propia relación de amistad con Jesús, tan distinta a las que se establecen con esos palillos de romero seco, que somos todos, quebradizos e inconsistentes en cuanto hay algún peso de contradicción (cf. CC 3,1),de esa oración que define como amistad (cf. V 8,5). Por eso el grupo orante del nuevo Carmelo no puede ser otra cosa que amigas.

1-Ser amigas es un encuentro de condiciones

¿Qué sería “ser amigos/as” en este contexto? Teresa de Jesús nos diría que “ para ser verdadero el amor y que dure la amistadhanse de encontrar las condiciones” (cf. V 8,5); aunque ella se refiere a la amistad entre Dios y el ser humano, nos tiene que valer también para la relación entre nosotros, no tenemos más que un ‘yo’ relacional, con Dios y con los demás.

 Así pues ser amigas es un encuentro de condiciones. Seguro que ninguno de vosotros será tan ingenuo como yo, pues confieso que llegué a pensar que era a la “condición” del otro a la que tenía que acomodar la mía, al menos en el trato, realizar una especie de “estudio de la personalidad del contrario” para evitar, en la medida de lo posible, los problemas en la relación…

¡Fracaso completo, por supuesto!. No, diría Teresa, no estaba el amor para sacar de razón; todo centrado en mí, nada en Dios.

 Es a la condición de Dios a la única que tengo que acomodar la mía. Sólo podemos ser amigos en el Amigo, la amistad con Jesús de cada uno es el origen de la relación con los demás. En la medida en que mi pobre condición se va transformando, purificando en el crisol de la oración, y se va asemejando a la suya puedo amar a mi hermana, al que es distinto de mí y también a mí misma, amando como Él.

2-Los locos por amor

Uno de los temas favoritos de Santa Teresa es el de los locos de amor, que en un mundo tan apegado a la negra honra  como el suyo destacan más por su estilo de amar, libre, inmenso, que se salta todas las normas sociales, las barreras de sexo, origen, condición…que no eran pocas en la España del siglo XVI. Sus prototipos son María Magdalena, mezcla peculiar de María de Betania y de la pecadora, San Pablo, San Francisco y su admirado contemporáneo Pedro de Alcántara.

 Los deseos que Teresa manifiesta de ser como ellos despertaron también el deseo en mí, de tal manera que me he sentido personalmente invitada a buscar  gente así, para comunicarnos nuestras penas y gozos, que de todo tienen los que tratan de oración, para hacernos espaldas y animarnos en el camino del Evangelio (cf. V 7,22)¿Acaso no es esto la comunidad?  Laica o religiosa, la comunidad teresiana está formada por unos locos por amor, hasta podría ser su definición y, si no lo es debería serlo.

 Creo que ese fue el deseo de Teresa de Jesús y por eso a los que han respondido a su ansia de formar un grupo de amigas/os de Cristo, que aunque sean pocos han de ser buenos (cf. CE 1,2)¸ les suplica encarecidamente: seamos todos locos, por amor de quien por nosotros se lo llamaron (V 16,6) Y es que el verdadero amor no es concertado, ni mide sus fuerzas, es una santa locura celestial que hace dar voces en alabanza de Dios (cf. Ib).Sirve de despertador para más avivar el fuego del amor de Dios, es amor que despierta a otros para servir al Señor y aprovechar al prójimo en todo lo que puede (Cf 7M,4), una borrachez divina, como la de la Samaritana, que atrae hacia Jesús a  cuantos se cruzan en su camino.

Teresa de Jesús ama así, no quiere tratar sino con enfermos del mal que padeció ella, ¡bendito contagio!, contrarios a los que tienen, tenemos, ”seso demasiado para loque les cumple” (V 16,6) Cuando encuentra alguna persona con esta disposición, aunque sea en germen, no le duele el trabajo para ayudarle a que ame a Dios de esta manera(cf. CV 6,8-9); importuna al Señor en la oración, mirad Señor que es este buen sujeto para nuestro amigo (cf. V 34,8) y, cuando tiene más confianza le plantea directamente el asunto, pues dice vuestra merced  que me quiere, en disponerse para que Dios le haga esta merced quiero que me lo muestre (V16,6).

Esto tengo yo de unos años acá, [confiesa Teresa], que no veo persona que mucho me contente, que luego querría verle del todo dar a Dios, con unas ansias que algunas veces no me puedo valer. Y aunque deseo que todos le sirvan, estas personas que me contentan es con muy gran ímpetu  (V 34,7)

  Más tarde le invita a un grupo de revisión de vida, los cinco que al presente nos amamos en Cristo, ampliable en número a todos aquellos que deseen reunirse de vez en cuando, para ver en qué se podrían enmendar y contentar más al Señor (cf. V 16,7). Hay quien piensa que, esta manera de compartir la vida, es un ideal inalcanzable y ha renunciado a intentarlo; tal vez no ha caído en la cuenta de una condición indispensable: para poder desengañarnos con verdad, tenemos que mirarnos con amor y cuidado de aprovecharnos (Ib)

Los locos por amor siguen creyendo que el Amor es posible, un extraño y apasionado amor que cuesta muchas lágrimas y oración, sin mucho ni poco de interés propio, que enseña más por obras que por palabras, que lleva a ver en los amigos hasta las motitas (Cf CE11,4) y a ser intolerables con los que bien quieren porque querrían no errasen en nada [3][4]

Si tienes la suerte de conocer a alguno de estos locos, recomienda Teresa, quiérele cuanto quieras (olvídate de “amistades particulares”, aquí no habrá dependencia afectiva que valga), aficiónate a su conversación y trato; te dirán que no es menester, que basta tener a Dios. Buen medio es para tener a Dios tratar con sus amigos; siempre se saca gran ganancia, yo lo sé por experiencia (CE 11,4)

 

Algunos consejos prácticos.

 Aunque Camino de Perfección es un espléndido ramillete de Avisos y Consejos, que así llamó la autora a su obra, las pautas para adquirir el amor espiritual, esa manera de amar que querría tuviésemos nosotras; aunque a los principios no sea tan perfecta (CV 7,5) se encuentran diseminadas por todos sus escritos.

Teresa de Jesús las resume en determinarse a obrar y padecer y hacerlo cuando se ofreciere (cf. F 5,3).Nos limitaremos a resaltar sólo algunas, con eso bastará para hacer realidad el axioma teresiano: Poniéndonos delante de los ojos la virtud, aficiónase a ella quien la desea (CV 6,1).Comencemos pues…

1-Guardar las espaldas

Teresa, joven monja, tullida en la enfermería del monasterio de La Encarnación, ha comenzado a entender en la oración que cosa era amarle (a Dios) y empieza a practicar lo aprendido: No tratar mal de nadie por poco que fuese, sino lo ordinario era excusar toda murmuración (V 6,3-4)

 ¡Un excelente consejo! Tal vez nos parece muy fácil porque, al oír la palabra murmuración, pensamos en comentarios maliciosos, casi difamatorios pero, en realidad se trata de algo mucho más cotidiano, un hábito omnipresente en nuestra vida, al que ni siquiera damos ya importancia. Miremos a nuestro alrededor: el ambiente de trabajo, los comentarios del supermercado, de la parada del autobús, de la comunidad de vecinos, de la parroquia, del grupo de oración, la comunidad religiosa, las tertulias radiofónicas, etc.

Luchar, con todas nuestras fuerzas, contra esta tendencia casi consustancial al ser humano, es aprender a amar a Dios como él quiere  ser amado. En esta sencilla escuela se adquiere también la verdadera devoción, que no es otra cosa, según Santa Teresa, que no ofender a Dios y estar dispuestos y determinados para todo bien (V 10,9)

2-Miremos nuestra faltas y dejemos las ajenas (3M 2,13)

Resulta edificante comprobar que todo lo hacemos por el bien del prójimo, dan pena los pecados y faltas que ven en los otros (V 13,10) comenta Teresa de Jesús, hasta llegamos a pensar que, fiscalizar a otra persona, es una virtud. Tratamos de que todos vayan por nuestro camino y queremos enseñar el camino del espíritu, u otras cosas, los que por ventura no sabemos qué cosa es (cf. 3M 2,13)

¡Si hubiera de decir los yerros que he visto suceder, fiando en la buena intención! (V 13,10) suspira Teresa. Es una lástima que no nos los cuente, sería una casuística muy interesante, seguramente no muy distinta de lo que sucede en nuestra vida cotidiana, pero en cambio nos da un fantástico consejo: Procuremos siempre mirar las virtudes y cosas buenas que viéremos en los otros, y tapar sus defectos con nuestros grandes pecados (Ib). Ya sabe ella que ejercitarlo no es sólo cuestión de voluntad, por eso nos recomienda que le supliquemos siempre a Dios que nos de esta virtud.

La humildad en los juicios es una caudalosa fuente de amor fraterno que, además, revierte en provecho propio porque nos proporciona una gran paz interior, alegría de vivir, e incluso mejora nuestra salud, física y psíquica.

3-Saber sufrir y hacer la virtud contraria (CV 7,7)

Este aviso está muy relacionado con el anterior; en esas faltas que vemos en los otros, que nos molestan, nos escandalizan o incluso, objetivamente, nos causan daño, se muestra y ejercita bien el amor (Ib).

La corrección fraterna que Teresa de Jesús nos propone se basa en la paciencia, saber sufrir en lenguaje teresiano, y el testimonio del bien, hacer la virtud contraria. En el silencio que sabe evitar el juicio, incluso el agradecimiento por las veces que, con faltas similares, no hemos oído reproches ni nos han echado en cara errores del  pasado. Esto de hacer una lo que ve resplandecer de virtud en otra, pégase mucho. Éste es buen aviso, no se os olvide (CV 7,7), concluye satisfecha.

4-Perdonar (CV 36,7)

He aquí un consejo importantísimo, digo mal porque no se trata de una elección personal, una posibilidad, una sugerencia susceptible de ser acogida o rechazada, sino de un mandato, el principio y fundamento del amor fraterno, la actitud evangélica por excelencia.

 Santa Teresa lo pone de manifiesto con singular maestría, en su comentario a la oración del Padre nuestro[5], cuando dice: Mas, ¡qué estimado debe ser este amarnos unos a otros del Señor! Pues pudiera el buen Jesús ponerle delante otras y decir: perdonadnos, Señor, porque hacemos mucha penitencia o porque rezamos mucho y ayunamos y lo hemos dejado todo por Vos y os amamos mucho; y no dijo porque perderíamos la vida por Vos, y-como digo- otras cosas que pudiera decir, sino sólo porque perdonamos (CV 36,7)

Amar y perdonar son sinónimos para Teresa, en el más puro estilo evangélico por otra parte (cf. Lc 15,11-32, Mt 18,22-35), y no sólo eso sino que, además, es el perdón el que confirma la veracidad de la oración: Advertid mucho en esto que, cuando de las cosas que Dios hace merced a un alma, en la oración que he dicho de contemplación perfecta, no sale muy determinada y, si se le ofrece, lo pone por obra, de perdonar cualquier injuria, por grave que sea – no estas naderías que llaman injurias- no fie mucho de su oración (CV 36,8)

En los primeros capítulos de Camino nos había advertido de la importancia del amor fraterno, uniéndolo al perdón: Cuanto a lo primero, que es amaros mucho unas a otras, va muy mucho; porque no hay cosa enojosa que no se pase con facilidad en los que se aman y recia ha de ser cuando de enojo (CV 4,5) y también, Si por dicha alguna palabrilla de presto se atravesare, remédiese luego y hagan grande oración (CV7,10).Avisos que no quedan encerrados en el ámbito casero de la comunidad, sino que lo trascienden y tienen alcance universal: Si este mandamiento se guardase en el mundo como se ha de guardar, creo a todos los otros sería gran ayuda de guardarse; mas, o más o menos, nunca acabamos de guardarle con perfección (CE 6,2)

Teresa de Jesús, ya lo sabemos, escribe lo que tiene por experiencia (cf. CV, Prólogo 3) y así lo demuestra en el famoso conflicto de las descalzas de Sevilla, exhortando a la priora, encarcelada en el propio convento y depuesta de su cargo, gracias a la colaboración de dos hermanas mal aconsejadas y poco lúcidas, a perdonar totalmente (lo que no excluye tomar las medidas adecuadas para el bien de la comunidad) y a no mostrar a las culpables ningún género de desamor, antes la regale más […] Procuren olvidar las cosas, y miren lo que cada una quisiera se hiciere con ella si le hubiera acaecido”[6]

Tenemos también el testimonio de esos papelillos autobiográficos que son las Cuentas de Conciencia, allí encontramos esta confidencia: En cosas que dicen de mí de murmuración - que son hartas- y en mi perjuicio, y hartos, también me siento muy mejorada […] y así ninguna enemistad me queda con ellos en llegándome la primera vez a la oración; que luego que lo oigo, un poco de contradicción me hace (CC 2,7)

Estos son los verdaderos efectos de la oración, sea del grado que sea. La capacidad de perdonar define al contemplativo, tanto que jamás será tal si no es capaz de perdonar con facilidad, aún cuando pudiera tener otras faltas (cf. CV 36,13). Perdonar es tan necesario para los que pretendemos llevar camino de oración que, si procuramos ejercitar esta virtud, incluso sin ser muy contemplativos, podremos estar muy adelante en el servicio del Señor (cf. CV 4,3), y esto es realmente lo único necesario (cf. Lc 10,42).

Aunque no dispongamos de largas horas de soledad para dedicarnos a la oración- algún rato sí porque la amistad exige intimidad-  ni gustemos de cosas tan sobrenaturales, viviremos esa otra manera de unión que Teresa de Jesús confiesa haber deseado toda su vida (cf.  5M 3,3-5; F 5,13) adhiriéndonos a la voluntad de Dios: “¿Qué pensáis, hijas, que es su voluntad? […] amor de su Majestad y del prójimo es en lo que hemos de trabajar: guardándolas con perfección, hacemos su voluntad, y así estaremos unidas con él” (5M 3,7).

Vida y oración andan siempre juntas, como Marta y María. Son, ellas también, esas dos hermanas que nunca se deben separar (cf. CV 10,3)

 

Ávila, 12 de marzo de 2011 
 
 

Conferencia dela hermana Olga de la Cruz 
Carmelita Descalza del Carmelo de Loeches (Madrid)

Encuentro de Formadores GOT

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