8. Suelta amarras (Camino 8 y 9)

“Hay que tener una heroica humildad para ser uno mismo y no otro” (Tomás Merton).

Enseñar a orar es enseñar a ser libre. Lo que atenta contra la libertad cierra el camino de la oración. Teresa quiere arrancar la esclavitud. Con negaciones, renuncias y rupturas nadie se alimenta y crece. No es la negación, sino la afirmación, no la renuncia sino la posesión, no la ruptura sino la opción… lo que centra a la persona. Teresa plantea un reto: cómo vivir la relación con las cosas sin afán posesivo. Lo que persigue es que la persona sea libre para poder darse. “Libres quiere Dios a sus esposas, asidas a El solo” (Carta a la M Ana, del 4 de mayo de 1582).

No se contenta, aun siendo muy importante, con una libertad exterior que nada ni nadie ate mis manos o mis pies, que pueda moverme.

Aspira a una libertad más profunda. Una cosa es dar lo que se tiene y otra darse. Tendrá que soltar amarras. Como le pasó a Pablo de Tarso camino de Damasco, que tiene que entrar consciente de su ceguera, guiado por las manos de otros y conducido hasta Ananías para reencontrar junto a él la capacidad de verlo todo de una manera nueva (cf Hch 9,1-25). Teresa también realiza su propio camino de Damasco hasta poder decir: “Vuestra soy, para Vos nací, ¿qué mandáis hacer de mí?” (Poesía II, En las Manos de Dios).

Teresa está hablando de la dependencia de otros en cosas que podemos hacer, de la división de clases dentro de la comunidad, de llevar una vida doble. Sin cortar el cordón umbilical. no será posible la entrega total “al verdadero amigo y esposo nuestro” (C 9,4).


 

“EL gran drama de la sociedad actual es que se prepara para la adquisición, pero no para el despojo” ¿Qué piensas de esta frase?

¿En qué se nota esto en la vida de las hermanas de nuestra congregación?

Relato: El preso y la flor

El preso  No. 87  contemplaba los alrededores de la cárcel.
Sus ojos se fijaron en un brote que nacía junto a la pared, debajo de su ventana...
Ya tengo compañía...
La regaré todos los días. Me servirá de distracción. Pasaban los días y la planta crecía.
Al mes justo, empezó a echar los primeros brotes...
Más tarde flo­reció. El preso No. 87 se sentía mejor.
Empezó a darse cuenta que no había muerto en él la esperanza.
La emoción y la alegría inundaron su celda cuan­do la flor alcanzó su ventana.
Pasó horas contem­plándola de cerca, acariciándola con mimo, conver­sando...
Así pasó una semana feliz y contento, exta­siado con su compañía.
Pero un día, le nació la duda y la preocupación...
Si la riego, seguirá creciendo y se marchará de mi ventana...
Si no la riego, se me morirá... Si la meto en mi celda, la verá el carcelero y la cortará...
Preocupado se movía de un lado para otro y gritaba los insultos aprendidos...
¡Esto es un asco! ¡Yo siempre tengo mala suerte! ¡Estoy desesperado!
De pronto oyó un ruido. Apresuró el paso a la ventana y se agarró con ansia a los barrotes.
Alguien estaba regando su flor. Por la dirección del agua se dio cuenta que era el preso que vivía en la celda de arriba. Sintió alivio a su preocupación, al mismo tiempo que le nacía por dentro una alegría nueva. Alguien necesitaba una flor. Yo ya he sido feliz una temporada.
La liberó de los barrotes de su ventana y la animó a seguir su­biendo.