El Camino de Perfección, ¿un Evangelio?

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 Secundino Castro OCD

“¡Bendito sea el que nos convida que vamos a beber en su evangelio!” (CE 31,5)

A Teresa le encantó oír un día que su libro, el Camino de Perfección, parecía Sagrada Escritura. Así se lo comunicaría a Diego de Yepes: “Algunos hombres graves dicen que parece Sagrada Escritura” (Biblioteca Mística Carmelitana 18; Burgos 1934, 278). Efectivamente, no sólo parece Sagrada Escritura, es que es un pequeño Evangelio. Aparte de que son  muy numerosas las citas tanto explícitas como implícitas de esos escritos, el libro se construye -posiblemente Teresa no tuvo conciencia  refleja de esto-, sobre determinas estructuras del evangelio de Mateo y de Juan.

 Veamos el tema en perspectiva general, que algún día desarrollaremos ampliamente. El Camino, a penas se abre, nos presenta a un grupo (CV  pról. y 1.3), al que va dirigido; es el equivalente a los discípulos del evangelio. Inmediatamente dedica, de forma inesperada, un capítulo (CV 2) a la pobreza, que correspondería a las Bienaventuranzas de Mateo (5, 1-12). Sabido es que los exegetas piensan que todas las bienaventuranzas pueden reducirse a la primera: los pobres de espíritu. Este capítulo está intencionadamente situado entre el prólogo, el  primero y el tercero, en los que la Santa nos presenta  la comunidad a quien se dirige, y el propósito que pretende: la oración como instrumento apostólico. Teresa quiere significar con este procedimiento que las Bienaventuranzas (la pobreza) deben impregnar por entero toda la urdimbre del Grupo teresiano. Bienaventuranzas (CV 2) y Padrenuestro (CV 27-42) serán la raíz del libro, como en Mateo.

 Inmediatamente vienen varios capítulos (4-15) dedicados  a algo que ella considera básico, la caridad, el desasimiento y la humildad,  para el proyecto que se ha fijado: enseñar a orar. Estos capítulos revisten el mismo carácter que el sermón del Monte de Mateo (5-7), donde el evangelista de alguna forma concentra las bases en las que se va a fundamentar todo el entramado  evangélico.

Luego Teresa consagra unos capítulos a lo que podíamos llamar pedagogía teológica y pedagogía general de la oración (16-26), que corresponderían a aquellos pasajes del sermón del monte y  lugares paralelos en que Mateo recoge instrucciones de Jesús sobre la oración (6,5-15; 7,7-11; 18,19-20). Teresa presenta el tema y ofrece una pedagogía teológica y psicológica para predisponerse para la oración. Son como su estrategia de acceso a la misma. Mateo más brevemente sigue este procedimiento.

En esos capítulos de pedagogía Teresa nos hablará de la fuente (CV 19.21), adonde el Señor nos invita a beber, y aquí se conexiona con el evangelio de Juan, en el pasaje de la Samaritana (4, 1-42) y en el de la fiesta de la tiendas (7,37-39): “El que tenga sed, venga a mí y beba... de su seno correrán torrentes de agua viva”. “¡Bendito sea el que nos convida que vamos a beber en su evangelio!” (CE 31,5). La fuente, aunque es el mismo Jesús, Teresa la  condensa en el regalo del Señor: el Padrenuestro. Pero antes de adentrarnos en la oración dominical,  quiere dejar bien asentada en nosotros la presencia de Jesús, que es el maestro y el acompañante del camino (CV 26).  El capítulo 26 manifiesta esa presencia cristológica, a la que se alude además a lo largo de toda la obra.  Como es sabido, una de las ideas básicas de Mateo es la presencia de Cristo en la comunidad; prácticamente el evangelio se abre (Mt 1,23) y se cierra (28,20) con esta confesión.

La lectura que Teresa hace del Padrenuestro tiene sabores joánicos. Al igual que Juan (Jn 17) Teresa elabora verdaderos cantos al Padre (CV 27). Esta presencia del cuarto evangelio puede verse cuando habla del pan de cada día, que refiere principalmente a la Eucaristía (CV 33-35). Podemos decir que lee el Padrenuestro desde la cena de Juan. Precisamente Juan en la cena habla veladamente del Padrenuestro en la oración sacerdotal (Jn 17), que algunos han considerado como el Padrenuestro del cuarto evangelio.

La vivencia del Padrenuestro está en función de la Iglesia, de la misión. Poco a poco también el Camino de Perfección se va abriendo a una misión universal, no sólo a la fractura protestante. El evangelio de Mateo termina con Cristo sobre un monte (28, 18-20), abriendo su comunidad a horizontes sin límites. ¿Así Teresa?

Además de lo dicho, las conexiones con Mateo se realizan porque Mateo es el evangelio de la comunidad, y el evangelio de la presencia de Jesús en medio de ella. Temas recurrentes en el Camino. También al comienzo Teresa alude a Belén (CV 2,9), a la misión universal de la carmelita (CV 3,2), y al final de los tiempos (CV 2, 9-10); como Mateo, nacimiento en Belén (2,1ss), magos (2, 1ss), y discurso escatológico (24,1ss).

Con Juan los parecidos, además de los aludidos, se encuentran en los diálogos de Teresa con el Padre, ¡pidiendo por Jesús! al igual que éste lo hace en el cuarto Evangelio por sus discípulos, y en la presencia discreta del Espíritu en toda esta obra (CV 27,7).

Desde estas perspectivas parece que tenemos que afirmar que estamos ante un evangelio. No se trata sólo como era el de la fuente Q, un evangelio de los sermones del Señor, porque Teresa hace referencias a la cena, e intercala en los sermones aspectos de la Pasión y de la Resurrección (CV 26), alude a la infancia (CV 2,9; 31,2), y pone la vida entera de Cristo (CV 26) como objeto de contemplación y asimilación para la carmelita.

El camino que ella propone es un camino evangélico, hacia la fuente: el Padrenuestro. Oración de todos los cristinos, donde se encuentra la saciedad y la experiencia suprema: la mística; porque Teresa ha descubierto allí el cielo donde vive la Trinidad (CV 26-29). No olvidemos que el evangelio de Mateo termina con la Trinidad (28, 19).

Si bien la estructura del Camino se apega a Mateo y a Juan, el estilo adoptado por Teresa a lo largo de la obra se parece más al de la tradición lucana, aunque en algunos momentos prevalece el de Juan. En otros, en los menos, adopta el radical y brusco de Marcos, como puede observarse en el siguiente texto, que seguramente ella oyó o leyó en Mateo, pero que le dio aires de Marcos “¡Haced que se sosiegue este mar!; no ande siempre en tanta tempestad esta nave de la Iglesia, y ¡sálvanos, Señor mío, que perecemos! (CV 35,5; Mt 8,23-26).

Por último, no olvidemos que Teresa titula su obra Camino de Perfección. Los evangelios narran la vida de Jesús en camino. En los evangelios el camino tiene dos partes. La primera se sitúa en Galilea, en la que Jesús va enseñando a sus discípulos (sinópticos); en la segunda es la marcha hacia Jerusalén: la Pascua. En Juan puede verse que ese camino se dirige al Padre: “Subo al Padre mío y Padre vuestro, Dios mío y Dios vuestro” (Jn 20,17). En Teresa la primer parte rima con los sinópticos, también Teresa prepara a su discipulado (CV 4-15; 16-26). En la segunda (CV 27-42), coincidiendo con Juan, se dirige hacia la fuente del Padrenuestro. Esa inmersión en el Padrenuestro ¿no es una auténtica subida al Padre?

No es extraño que el Camino de Teresa sea o tenga sabores de Evangelio, pues ella misma confiesa emocionada: “Siempre yo he sido aficionada y me han recogido más las palabras de los Evangelios, que se salieron por aquella sacratísima boca así como las decía, que libros muy bien concertados” (CE 35,4).