La Luz de diciembre

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Secundino Castro.

Cuando nos atemoriza la oscuridad del invierno, y las noches se alargan y visten de sombras, Dios nos regala la luz de su Aurora. En efecto, el mes de diciembre se abre con la fiesta de la Inmaculada y se cierra el 1 de enero con la celebración de Santa María, Madre de Dios. El mes de diciembre, pues, en  los brazos de María. La llegada de la Inmaculada en pleno adviento rompe las tinieblas del caos que se abate sobre el planeta Tierra. La Biblia, remedando viejos mitos de otros pueblos, habla del triunfo de Yahvé sobre el monstruo marino, empujando a las tinieblas y haciendo sobrevenir la luz. “Y separó Dios la luz de las tinieblas” (Gn), y por primera vez amaneció.

En esa luz nos adviene radiante la Inmaculada, con vestidos en  pureza de nieve, y con faz más radiante y bella que el sol, con  doce estrellas  por perlas (Ap). Toda bella es María, sin rastro de mancha (Liturgia). Su presencia nos deja perfumes de Dios, su mirada, semblantes de Cristo. Con su llegada huyen las sombras, se despereza y perfuma el alba, y el corazón se pone a vibrar. Ella viene hacia nosotros con pies de princesa en luz (Ct), rosas de aurora en sandalias de nieve, que acarician y brillan la luna: “la luna bajo sus pies” (Ap). Son los pies de la mensajera, de la cierva enferma de fuentes, “graciosa” gacela, que traspasan colinas con evangelios de paz (Is y Lc).

María mujer sencilla, “agraciada” nazarena, convertida en amada y musa en virtud de la Palabra que acogió sin reservas (Lc), y que regeneró en su seno. Palabra originante de todo, el Logos de los griegos (Jn) y el Verbo de los latinos.

El Cantar de los Cantares ensalza el vientre de la amada. En este caso, el seno de la Inmaculada se ha convertido en refugio de los pecadores y en hogar de los santos. La Liturgia no se avergüenza en suplicar: “Llévanos en tus entrañas” (intra tua nos gere viscera). Leyendo a Lucas en profundidad se observará que identifica el templo con esas entrañas, interior bodega (Juan de la Cruz), donde se gusta el vino de Caná, y donde se aprende “ciencia muy sabrosa” (Juan de la Cruz). Entrañas de la Inmaculada, “misterioso hogar”, donde se reposa “a la tarde” (Juan de la Cruz), exhaustos “del duro bregar” (Unamuno).

Inmaculada significa plenitud de gracia, desborde de Dios. Dios, inhabitando en su corazón, se posesionó de él y “puso allí su morada”. Un día había mandado a la sabiduría: “habita en Jacob, sea Israel tu heredad”. Ahora es Él quien se decide a salir y habitar en el corazón de María y así la hizo Inmaculada; la traspasó de Él y la cinceló en Cristo. Su alma clara como el cristal, refleja a Cristo, incrustado en ella, ya que está esculpida “en el mismo Señor por una comunicación, que yo no sabré decir, muy amorosa” (santa Teresa). Corazón de la Inmaculada, cristal de Cristo, luna de Dios.

Dios la hizo Inmaculada para nosotros. Y ella antes de introducirnos en su seno, nos alcanza con sus manos, manos que tocaron a Cristo. ¡Oh, mano blanda! ¡Oh, toque delicado! (Juan de la Cruz). Manos sólo hechas para acariciar. En sus manos nos llega la energía que vibra en su corazón. Manos para bendecir, manos para arrancarnos de los peligros, brazos para abrazar, manos para llamar, manos para señalarnos el camino: “argollas de oro, guarnecidas con piedras de Tarsis” (Ct); sus manos…

¡Aquellos ojos! Reverberaron en los de Jesús. Ojos de María, pupilas de Cristo. La luz del Señor los deslumbró. Y ya su mirar fue siempre el de Jesús: “Cuando tú me mirabas/ su gracia en mí tus ojos imprimían” (Juan de la Cruz). “Vuelve a nosotros esos tus ojos, misericordiosos”. “El mirar de Dios es amar” (Juan de la Cruz). Lo mismo hemos de decir de los de María, que sólo miran desde el deslumbre de Cristo. Ella también mirándonos, nos recrea.

Y, ¡sus labios! Ellos trasmiten la luz del rostro, los latidos del corazón, la transparencia del alma. Labios de la Inmaculada, hechos de obediencia y virginidad en Nazaret, de saludo mesiánico y canto poético ante Isabel, de temblor resignado por el Niño perdido en la vuelta en Nazaret, generosos por el vino de Caná, y fuentes de sabiduría también en aquellas soñadas bodas.  Labios hechos sólo para besar; panales en flor. “¡Que me bese con los besos de su boca!” (Ct).

La Inmaculada es un jardín, un huerto del Espíritu Santo, porque “estando desde el principio levantada a este alto estado, nunca tuvo en su alma impresa forma de alguna criatura, ni por ella se movió, sino siempre su moción fue por el Espíritu Santo" (San Juan de la Cruz). Viña de Engadí, donde el Espíritu Santo, jardinero divino, depositó toda clase de frutos con aromas de ensueño; el cual, al aspirar por este huerto, cual ábrego misterioso y fecundo, pone en movimiento el jardín, cuyos perfumes de encanto llegan hasta nosotros: “ven austro que recuerdas los amores,/ aspira por mi huerto/ y corran sus olores” (Juan de la Cruz). ¡Qué embriagantes son tus aromas! (Ct).

María Inmaculada, nueva Esther, aguerrida Judit, Madre de Dios y de los hombres, dulce compañera y sencilla mujer, más madre que reina (Teresa de Lisieux), nuestra Señora de las virtudes (P. Palau), ideal de las almas interiores (sor Isabel), “antes de que sople la brisa del día y se alarguen las sombras”  (Ct), “a la tarde”, ¡vuelve a Caná! Y así, después de “la cena que recrea y enamora”, “cantados los himnos” (Mc), “en par de los levantes de la aurora”, “en tu aspirar sabroso”,  y entre la fragancia de las azucenas, “nos veremos en ¡tu hermosura!” (Juan de la Cruz).  Sólo entonces será la paz (Mi). ¡Ven!