Santa Teresa y el problema del “SER”

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DANIEL DE PABLO MAROTO

Carmelita Descalzo de “La Santa”.

Año tras año la fiesta de Santa Teresa nos convoca no sólo a hacer memoria histórica de su figura, sino a escuchar una lección de su universal magisterio. En una lectura de sus escritos, cada vez más apasionada, escudriñadora e inquieta, estoy descubriendo desde hace poco tiempo el uso que ella hace del verbo y del sustantivo “ser”. Ésta puede ser una buena enseñanza que nos trae este año para meditarla y saborearla en su fiesta.

         El hombre es y está en el mundo de tres maneras. La primera, como lo que es en sí mismo en la realidad objetiva; la segunda, lo que cree ser, lo que él piensa de sí mismo, posiblemente, una imagen distorsionada de la realidad; la tercera, lo que es en los otros, observadores externos en los que estamos siendo de manera muy diferente según sean amigos o enemigos. Ser como somos, creernos lo que somos y ser tenidos por lo que creen otros que somos.

         La madre Teresa, que hizo tantas reflexiones sobre sí misma, sobre las monjas de sus conventos, los personajes de su tiempo, amigos y adversarios, ellos y ellas, no se metió en estos berenjenales, retruécanos lingüísticos o elucubraciones filosóficas; pero sí repensó lo que era la persona humana y, sobre todo, lo que tenía que ser. Para ella no existe un ser en el mundo que no dependa del SER supremo. “Tenemos de Dios el ser”, dice categóricamente, aceptando la tesis creacionista que defiende el cristianismo (Camino, 10, 1). Pero el ser del hombre tiene rastros de luz divina, como la cola de un cometa en el firmamento; está “entrañado” en la divinidad. Según ella, Dios es “como un muy claro diamante muy mayor que todo el mundo [...] y que todo lo que hacemos se ve en este diamante” (Vida, 40, 10), y el alma del hombre, hecho a su imagen y semejanza, es “un castillo todo de un diamante o muy claro cristal” (Moradas, I, 1, 1).

         Desde esta altura de la antropología teológica cristiana, que en ella no es pensamiento académico sino experiencial y místico, desciende a la vida cotidiana, a la existencia del hombre real e histórico. Si la madre Teresa se siente en las alturas de la perfección, sabe que su “ser”, sigue “estando” pobre (Vida 10, 4), utilizando la versatilidad y la polivalencia de la lengua castellana, que distingue el ser del estar. Ella es consciente de  que las riquezas espirituales de su “ser” no son suyas, sino que son un préstamo divino mientras le dure la vida. “Quiere Nuestro Señor que no pierda la memoria de su ser para que siempre esté humilde” (Moradas, VII, 4, 2), escribe. 

         Desde estas consideraciones de tanta altura metafísica y espiritual vienen los corolarios. Por ejemplo, la confrontación del ser con el hacer o el tener. Hacemos el bien, en el contexto eclesial en el que ella escribe, en la medida en que somos. Hay que leer despacio y en profundidad los capítulos 5-15 del Camino de perfección, donde escribe sobre el amor de fraternidad, el desasimiento y la humildad-verdad. No se haceel biensi no se es, y no se es sin el desasimiento del tener, de la kenotización radical (exigencia de la pobreza y la humildad). Y hay que leer previamente los capítulos 3 y 4 del Camino para percibir la persistencia en el uso del ser de las carmelitas descalzas para la acción apostólica, el fin de la Reforma teresiana: ayudar a la Iglesia “en grandes tempestades”. “Seamos algo” (3, 1), tenemos que “ser tales”(3, 1), “procuremos ser tales”(3, 2), “ser en lo interior extraños del mundo”(3, 3), “procuréis ser tales” (3, 5), “¿Qué tales habremos de ser...?”(4, 1), etc. 

         Esto quiere decir que el pensamiento de la Santa se articula en tres momentos diacrónicos. Primero, el ser, la mutación moral y teologal en la conversión al amor de Dios. Segundo, el hacer, la acción, el para qué de la Reforma y de sus candidatos. Tercero, las mediaciones y efectos de la conversión, el no tener, el desasimiento radical de todo lo superfluo.

         Y, por fin, el último y definitivo corolario: si defendemos el ser de nuestra personalidad, evitaremos el enemigo más destructor de la misma: la mentira. Ella ha descrito como nadie la esencia de la verdad ontológica, la constitutiva del ser personas, más allá de la mentira moral y social. El “vivir en la verdad”, tan teresiano, tan profundamente cristiano, es vivir lo axial y fundante de todo lo existente, la defensa más radical de la personalidad. Desde esa vivencia de la verdad -también enraizada en el SER DIVINO- el hombre se sitúa equidistantemente ante las cuatro grandes realidades existenciales: en su centro. Admitirá la existencia de Dios, como elemento fundante de todo; vivirá las realidades mundanas sin sacralizarlas, sino relativizándolas; vivirá la autoestima de su yo sin excesos negativos ni positivos; y no se creará ídolos de ningún ser humano ni lo despreciará por inútil. Todo esto es lo que Teresa ha expuesto en el capítulo 40 de la Autobiografía y en Moradas VI, cap. 10. Invito al lector a entrar en este suculento y nutritivo manjar. Será el mejor modo de celebrar su FIESTA.