13. Cuando tú me mirabas

“Bastaría con un solo hombre digno de este nombre para que se pudiera creer en el hombre” (Julio Spier).

“A pesar de todo, encuentro que la vida no está desprovista de sentido, Dios mío; ¡no puedo remediarlo! Yo ya he sufrido mil muertes en mil campos de concentración. Todo me es conocido, ya no hay ninguna información que me angustie. De un modo u otro, ya lo sé todo. Y, sin embargo, encuentro esta vida hermosa y llena de sentido. En cada instante” (Etty Hillesum).

“Temer ofender a Dios es el primer grado del amor. Conservar el espíritu puro de pensamientos apasionados es el segundo grado. Sentir la presencia de la gracia es el tercer grado. El cuarto grado –amor perfecto a Dios- es tener la gracia del Espíritu Santo en el alma y en el cuerpo” (Silvano del Monte Athos).  

“Apaga mis enojos / pues que ninguno basta a deshacellos, / y véante mis ojos, / pues eres lumbre dellos / y sólo par ti quiero tenellos. / Descubre tu presencia, / y máteme tu vista y hermosura. / Mira que la dolencia / de amor, que no se cura / sino con la presencia y la figura” (San Juan de la Cruz).  

UN PASO MÁS EN EL CAMINO 

. Calor y luz.Entramos en las moradas de la luz y del enamoramiento. Todos los fenómenos que experimenta la persona son crisol de amor. Dios invita a la persona a una fiesta de luz y amor. Está “ganoso de hacer mucho por nosotros” (M VI,11,1); “no está deseando otra cosa, sino tener a quién dar” (M VI,4,12). Quiere comunicarse con nosotros (cf M VI,4,9). 

. El perfume de Dios.Son muchas las maneras que tiene el Señor de poner incienso en nuestro fuego para que se extienda el buen olor y acontezca la comunión de amor para la que hemos sido creados: 

-Grandes trabajos y pruebas oscuras (M VI,1).

-Impulsos y deseos grandes, interiores (M VI,2).

-Hablas interiores (M VI,3).

-Arrobamientos, éxtasis (M VI,4).

-Júbilos (M VI,6).

-Visiones (M VI,8.10).

-Ansias de morirse (M VI,11). 

ACCION DE DIOS 

. Se comunica en lo íntimo. Todo lo que hace Dios acontece en la interior bodega del ser humano, en lo más profundo. No es algo superficial y olvidadizo. Así “unos impulsos… que proceden de lo muy interior del alma” (M VI,2,1). Las hablas con visión intelectual son “tan en lo íntimo” (M VI,3,12). También los júbilos son un “gozo interior de lo muy íntimo del alma” (M VI,6,10).  

. Abarca la totalidad de la persona.Todo queda polarizado en Dios. Un gran silencio se produce en todas nuestras capacidades. Dios es una presencia que se impone. Es como si nos “robara el alma para sí” (M VI,4,9).  

. Su acción es arrebatadora.La persona se siente como arrebatada. Dios desata los manantiales “y con su ímpetu grande se levanta una ola tan poderosa que sube a lo alto esta navecita de nuestra alma” (M VI, 5,3). Dios actúa con poder: “No hay oídos que se tapar para pensar sino en lo que se les dice” (M VI,3,18). Es el Señor: “Quiere este gran Dios que conozcamos que es rey” (M VI,2,1). 

. Su actuación es profundamente renovadora.Todo lo deja vestido de gracia y hermosura. Quedan grandes provechos en el alma (M VI,2,6). Dios actúa “hablando y obrando” (M VI, 3,5). “Le quita todo tan de presto que parece que no hubo nublado en aquel alma, según queda llena de sol” (M VI,1,10).  

. Certeza absoluta de que es Dios.No puede ignorarlo el alma, “claramente le parece que está con ella su Dios” (M VI,2,3). Entiende claro que Cristo le habla (M VI,8,2), que Cristo anda a su lado (M VI,8,3). Se le queda esculpida esta imagen no pintada sino verdaderamente viva (M VI,9,4). Siente que está con ella su esposo (M VI,2,9).  

. La comunicación de Dios es dolorosa.Las penas y el dolor se sitúan, como las mercedes mismas, en la zona más profunda del ser humano (M VI,11,3). Las mercedes divinas revelan al hombre la grandeza de Dios y su propia miseria. El contraste se clava como una espada en las entrañas. Pena porque está ausente de Dios. “Para qué quiere la vida. Siente una soledad extraña, porque criatura de toda la tierra no la hace compañía… como no fuese el que ama… y eso no se lo dan” (M VI,11,6).  

LO QUE ACONTECE EN EL HOMBRE 

. Todo su ser queda centrado en Dios.El movimiento hacia Dios coge a todo el ser del hombre y le imprime una velocidad difícilmente expresable. No hay más amor que el de Dios, ni parte del alma que no tienda con cierta violencia hacia Dios. “El solo es verdad” (M VI,10,6). Es mentira “todo lo que no conduce a El, a contentarse” (V 40,3).  

. Desasimiento de todo.El paso de Dios deja al alma “harto despierta para amar y dormida para arrostrar a asirse a ninguna criatura” (M VI,4,14). La atracción de Dios es tan fuerte que las criaturas dejan de tener reclamo, de solicitar la atención del alma. “Siente una soledad extraña, porque criatura de toda la tierra no la hace compañía” (M VI,11,5). “Todo le cansa cuanto ve” (M VI,6,1).  

. A plena luz.Las gracias místicas proyectan un potente rayo de luz sobre todo: Dios, mundo, hombre. El vuelo de espíritu deja en el “alma en especial tres cosas en subido grado: propio conocimiento y humildad…, tener en muy poco todas las cosas de la tierra” (M VI,5,10). La visión de Cristo “trae grandísima confusión y humildad”, “en ninguna manera puede pensar quien lo que tiene que es bien suyo, sino dado de la mano de Dios”, “trae consigo un particular conocimiento de Dios” (M VI,8,4). El alma “va conociendo más y más las grandezas de su Dios” (M VI,11,1). “En estas grandezas que le comunica, entiende mucho más la de Dios” (M VI,7,2).  

. ¿Qué tiene que hacer?Podríamos pensar que se lo encuentra todo hecho. En el don que recibe encuentra el hombre la razón más fuerte de su compromiso con el Dador de todo. No se impone el amor. Agranda, más bien, el campo y la profundidad de las respuestas. Cuanto más ve que recibe, más poderosamente se sabe el hombre llamado a dar. La pasividad engendra la más potente actividad. Todas las gracias son “para más desear a Dios” (M VI,2,1).

. Los dones enamoran al alma.Se siente profundamente endeudada con Dios. Todo cuanto puede hacer por Dios es nada en comparación de lo que recibe. “¡Oh hermanas mías!, que no es nada lo que dejamos, ni es nada cuanto hacemos ni cuanto pudiéramos hacer por un Dios que así se quiere comunicar con un gusano” (M VI,4,9). Su experiencia es estremecedora: “Estaba muy afligida delante de un crucifijo…, considerando que nunca había tenido qué dar a Dios ni qué dejar por El“ (M VI,5,6). La gracia mística exige, motiva y alienta la fidelidad personal para desarrollar su potencia santificadora. “No penséis que os lo vais a encontrar hecho” (M V,3,12).

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Comienza con la señal de los cristianos: En el nombre del Padre…

Danos ojos limpios para percibir tu presencia:

Ven a Dios los que son capaces de mirarlo,
los que tienen abiertos los ojos del espíritu.
Porque, si bien es verdad que, todo el mundo tiene ojos,
también es cierto que algunos los tienen oscurecidos,
lo que les impide ver la luz del sol (Teófilo de Antioquia).

Háblanos, tú, Señor, porque sólo tú tienes palabras de vida eterna:

“Doblo las rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra, pidiéndole que, de los tesoros de su gloria, os conceda por medio de su Espíritu robusteceros en los profundo de vuestro ser, que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, que el amor sea vuestra raíz y vuestro cimiento; y así, con todos los santos, lograréis abarcar lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo, comprendiendo lo que trasciende toda filosofía: el amor cristiano. Así llegaréis a vuestra plenitud, según la plenitud total de Dios” (Ef 3).

Respuesta a tu palabra:

Oh Verdad, lumbre de mi corazón,
que no me hablen mis tinieblas porque me incliné a ellas
y me quedé a oscuras. Pero desde ellas te amé con pasión.
Ahora vuelvo a tu fuente abrasado y anhelante.
En ti comienzo a vivir. Háblame tú (San Agustín de Hipona).

Canta lo que el Señor te quiere mientras vas de camino:

CON AMOR ETERNO TE HE AMADO,
CON AMOR ETERNO TE AMO
Y CON AMOR ETERNO TE AMARÉ.  

Una luz para el camino:

“Sea la sabiduría de Cristo tu mayor dulzura
para que no te arrastre la gloria del mundo ni los placeres carnales. Sea la luz de Cristo tu verdad
para que no te engañe el espíritu del error.
Sea tu fuerza el poder de Cristo
para que no te canses en las tribulaciones” (San Bernardo).   

CUANDO DIOS Y EL HOMBRE SE AMAN BROTA EL ASOMBRO