La Gloria del Líbano y la Hermosura del Carmelo: Palabra fecunda

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Secundino Castro

En el corazón del mes de julio la Iglesia celebra la festividad del Carmen. Este título parece que es el que mejor expresa la realidad de María. Carmen en hebreo significa huerto, jardín, y en latín, verso, poesía. Los dos aspectos en los que el evangelio de Juan manifiesta el insondabe misterio de Cristo. La palabra, que se hace carne, y se expresa en fertilidad: el huerto de la noche de la Pasíón y el de la mañana de Pascua.

Desde esa fecundidad de la palabra voy a acercarme a la Virgen del Carmen (jardín y poesía o poesía y jardín).

 María, palabra poética

No es fácil determinar qué es poesía, Sin duda, una palabra es poética cuando su eco produce en nosotros sensaciones extrañas, remueve nuestro interior y nos hace salir de nosotros mismos. Pero además, cuando decimos poesía, significamos elegancia, aromas de otros mundos, ansias de transcendencia. La palabra es poética cuando nos recrea, hace que nos valoremos, que nos conozcamos, cuando pone en vibración todas nuestras células. Becquer lo expresó bastante bien: “¿Qué es poesía?, dices mientras clavas en mi pupila tu pupila azul. ¡Qué es poesía! ¿Y tú me lo preguntas? Poesía... eres tú”. Sí, “Poesía eres tú”; o mejor, la Poesía (Carmen). Porque tu nombre nos ensueña, nos transfigura, nos llena de cantares y de versos. 

María, palabra simbólica

Símbolo es una forma literaria que expresa de modo inmediato la verdad que enuncia. Cuando hablando de la experiencia de una persona, decimos que está pasando “una noche oscura”, captamos de repente, casi sin tiempo, que su perplejidad ha tocado fondos; así es el símbolo.

Cuando decimos que María es palabra simbólica, queremos afirmar que ella expresa infinitud de realidades. Todo su ser se convierte en expresividad. Ya nada de su vida deja de tener significado. Todos los datos que de ella nos ofrecen los evangelios se tornan palabras, que vibran en nuestros oídos regalándonos ecos de melodías de un mundo nuevo. Porque ya su mismo nombre evoca en nosotros nueva alianza, alegría, paz, transparencia de lo humano, virginidad y maternidad, seguridad, protección, revelación con aromas de ternura, la pequeñez encumbrada a maravilla, el Dios tremendo y fascinante: niño que duerme en regazo materno. María es una revolución silenciosa, es lo cotidiano hecho trascendente. Cuando pronunciamos su nombre, emerge de nosotros lo mejor de nuestro ser. Es un símbolo que nos recrea, nos enaltece, nos transfigura, nos evoca, nos nombra, y esto lo hace como el símbolo, de forma inmediata, instantánea, sin dejarnos respirar. 

María, palabra fértil

Tan fértil que generó a la Palabra. Juan nos se cansa en el Prólogo de su evangelio de enaltecer esta palabra, hecha carne. Pero se hizo carne en el vientre de María, quien para ello tuvo que decir: “Hágase en mí según tu palabra”. Se da aquí un cruce de palabras, que traspasan el corazón y el seno de la Virgen, que queda así convertida en la palabra, que da carne a la Palabra  originante. De esta manera, la palabra, que es María, queda convertida en absoluta fertilidad. Palabra sustancial, que produce la realidad que enuncia. Es palabra creadora; al pronunciarla, revivimos, se mueren los temores y huyen las sombras.

María, palabra consoladora.

Cuando el viento susurrar en nuestros oídos esa palabra, el corazón se aquieta. La paz nos inunda, la seguridad nos robustece, el alma se serena. Nadie la teme. Cuando esa palabra alcanza los oídos del moribundo, algo en él se transfigura. Qué tendrán esas cinco letras para producir tal efecto. Cuando es imposible hacer sonreír al hombre, esa palabra hace el milagro. Pronunciada lentamente, se calma el alma, y la respiración se viste de pausas. Palabra mágica, talismán imbatible. Palabra con perfumes de Abbá. ¿Es palabra o es miel? Abeja fecunda la llama el Canto solemne de la noche pascual.

María, palabra música callada

Música es el arte de la armonía de los sonidos, que embelesa al alma en esferas nunca soñadas, suscitando en nosotros sentimientos impredecibles. La música primero acaricia el oído exterior para terminar enamorando perdidamente el interior, y allí se torna sirena sin piedad.

Cuando la música es callada, va todavía más allá. Es armonía sin tiempos, embeleso sin huelgo, sirena mortal. Así es María, cuando se deja sentir. Música en la noche de Nazaret, casi imperceptible en el evangelio, atraviesa los siglos, y alcanza a los suyos, que la gustan en el silencio más profundo, como le acaecía al sordo Beethoven con sus sinfonías. Sólo oír su nombre (¡María!), saltan en nosotros melodías y el alma se llena de ritmos en silencios sagrados.

María, palabra soledad sonora

La soledad es el ámbito donde el ser humano se siente mejor a sí mismo. Cuando allí nuestro ser se derrama, la soledad se llena de armonía, se convierte en música, se hace sonora. ¿Quién no ha escuchado la música de un campo desierto, en cuyo fondo yace sepultada una ciudad?  ¿A qué viene hablar de lugares sagrados?

María siempre se sintió solitaria, su corazón era diferente, no le movía la lascivia ni le zarandeaba la magia del poder. ¿Con quién podía hablar en profundidad, en serio? ¿En quién vaciar los tesoros de su corazón? En este sentido, podemos decir que era la misma soledad. Y en esa soledad sólo se oían la palabra de las Escrituras, el asombro enamorado de José (¡dichoso!), la voz de Gabriel, la exclamación de Isabel, la ternura del Padre, el cariño del Hijo y el embeleso del Espíritu.  Todos ellos quiebran su soledad transformándola en sonora, porque, al final, de allí sale un grito que apaga todos los otros: el cántico nuevo de la Trinidad.

María, palabra profunda

La palabra es manifestación de nuestro ser que se expresa en nuestro entendimiento sintiente. María desde el primer momento queda relacionada con la palabra: “Hágase en mí según tu palabra”. Con esa confesión ella se identifica con la palabra de Dios. De alguna forma se hace palabra. Dios pronunció su palabra en la eternidad, que alcanza el tiempo al hacerse carne el Verbo en el corazón y seno de María. No es posible que María misteriosamente genere a la palabra sin que ella se vuelva palabra.

Ella en los evangelios pronunciará siete palabras, que no son otra cosa, que irradiaciones de la única palabra, que está constituida por toda su persona. Palabras de amén y virginidad en la anunciación. Palabras de salutación mesiánica y de canto profético en la visitación. Palabras de interrogación dolorida y misteriosa en la infancia, palabras nupciales y de mandato materno en Caná. Este conjunto de palabras nos revela la profundidad de ella, de su persona, que es la verdadera palabra o fuente de la que manan esos arroyos cristalinos.

María, palabra evangélica

Quizás las dos palabras más bellas que de continuo se sirve el cristianismo sean gracia y evangelio. Las dos vienen a identificarse porque expresan la magnanimidad de Dios. Gracia es el don de Dios mismo al hombre, y evangelio es el anuncio de ese don, que no puede ser otra cosa que alegría. A través de María el don se hizo don, y la alegría, alegría. Así ella (la llena de gracia), es gracia, y se la invita a alegrarse. Esa invitación es casi como ponerle un nombre: Alegría. Pero es además palabra evangélica porque recoge las virtualidades más peculiares del evangelio: anuncio gozoso y gratuito, apertura a Dios, sencillez y pequeñez, trasparencia y luz, sensación de lo nuevo, esperanza sin límites, Bienaventuranzas.

¡María!, palabra poética, palabra simbólica, palabra fértil, palabra consoladora, música callada, soledad sonora, palabra profunda, palabra evangélica. “¡Hágase en mí según tu palabra!”