La autobiografía de Teresa, una transparencia de la Biblia

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Secundino Castro

1. “Con amor eterno te amé” (Jr 31,3)

Sin pretenderlo, Teresa redactará la historia de su vida como si fuera una autora de la Escritura. Los dos capítulos primeros van a ser una especie de calco del primero y del tercero del Génesis. En el primero todo resulta precioso y bueno, el ambiente en que nació, sus padres, de los que hace una espléndida alabanza, sus hermanos, los sentimiento de su alma, que suspiran por lo eterno, el martirio, la consagración religiosa, y finalmente, el sentirse dotada de unas cualidades de  naturaleza envidiables. “Y vio Dios que todo estaba bien” (Gn 1,31). “Cuando Israel era niño yo lo amé” (Os 11,1).             

2. La ciencia del bien y del mal (cf. Gn 2,16-17)

La lectura de libros de caballería, las conversaciones profanas con sus primos y el deseo de ser ella misma (“ser como dioses” [Gn 3,5]), nos recuerdan al  Génesis. Teresa ya no tiende como una flecha hacia Dios. El capítulo segundo de la autobiografía halla un paralelismo casi matemático en el tercero del Génesis”.  

3. La expulsión del Paraíso y el primer éxodo (Gn 3,23…) 

Teresa fue obligada a dejar la casa paterna y es internada en Santa María de Gracia. Allí comenzó a rehacerse junto con el primer viaje (éxodo) que realiza cuando en pleno    campo lee la Palabra de Dios (cap 3), que empieza  a caer sobre ella como lluvia que no torna vacía (Is 55,10-11) volviendo a “la verdad de cuando niña”. Decide hacerse religiosa por agradecimiento a Jesucristo. Por primera vez aparece la palabra Cristo y la referencia a él. Hasta ahora sólo hablaba de Dios o de Señor (¿El A.T. de Teresa?). En adelante la persona divina protagonista es Jesucristo. 

4. Os introduje en la tierra del Carmelo (Jr 2,7) 

Decide hacerse carmelita (cap. 4). Y al  Carmelo asciende la viajera, al alba, como las mujeres de pascua, sus hermanas de alma y de sangre. Ascenso dramático a la montaña, pero no a la de Moisés (la ley), sino a la de Elías (la profecía). El ascenso fue casi agónico, pero enseguida encontró el descanso (sabat); no el del A.T., sino ése de que con tanto entusiasmo habla la Carta a los hebreos (4,1-11). Y allí en sus cumbres, “el aire de la almena”, hace su profesión que ella denomina desposorio y comienza a gustar los frutos del Carmelo, de los que habla Jeremías, cuando se escuchen los cantos del novio y de la novia (Jr 33,11)  en las plazas. Y allí Teresa sintió el vértigo de la gloria del Líbano y de la hermosura del Carmelo (Is 35,2). Pero igual que la Magdalena,  confundió con matrimonio lo que todavía era un simple desposorio (Jn 20,17).  

5. “¡La voz de mi amado!” (Ct 2,8) 

Teresa cae enferma (cap 5-6) y debe emprender un nuevo viaje, que podemos denominar de bodas, porque el Amado se le revela a través de un libro y la transforma en sí por la oración de recogimiento (el silbo del Pastor) y quietud (las corrientes de las aguas). Se imaginará su alma como un huerto (el jardín de Edén) por donde se paseará el Señor como Yahvé “a la brisa de la tarde”. Este huerto se regará de cuatro formas, como el del Génesis, del que se dice que de una fuente fluían cuatro ríos (Gn 2,10s). Era una experiencia inaudita, de ensueño (cap 11-21). Fruto de todas estas gracias fue su primera conquista apostólica: la conversión del cura de Becedas  (su primer hijo). 

6. “Cambiaste mi luto en danza” (Sal 30,12) 

La enfermedad se agudiza, dejándola paralítica durante tres años (cap. 5-6). Teresa experimenta los horrores de Job, cuya historia le llega a través de un comentario de san Gregorio. Reviven en ellas las tragedias de Israel en Egipto y en los exilios. Pero  aquella noche cerrada (que un día traspasaría de fulgor el divino fray Juan) se convierte en aurora, como recuerdan con insistencia los salmos. Su ascenso espiritual, sin embargo, fue tal, debido en parte al encuentro con el libro de Job (siempre la Biblia), que sólo deseaba curarse para estar más a solas con Él, según el método de relación que ella había descubierto. Recapitulando, podemos decir que en el primer éxodo descubre la vocación y en el segundo, la oración. 

7. De nuevo en marcha por el desierto 

Pero poco, después de curada, no se sabe por qué,  Teresa fue un tanto infiel a este amor. Para reintegrarse en él necesitará un largo proceso de purificación (cap.7-8), una marcha por el desierto, que rememora los clamores de los profetas contra la adúltera Israel. Aunque Teresa ha descubierto la persona de Jesús, todavía no le conoce a fondo, se mueve hacia él con mentalidad hebrea. En esta lucha por reintegrarse cree demasiado en sí mima: las obras (recuérdese a Lutero). Teresa aún no había descubierto como Pablo el evangelio de la gracia. 

8. Ya no conocemos a Jesús según la carne (cf. 2Cor 5,16) 

Ahora con la llamada conversión (cap. 9), surge el Jesús sin más, el de la nueva alianza. Teresa declarará por tres veces que estaba desconfiada de sí misma. Ha descubierto la gracia. Confiesa su debilidad, Pablo derribado y la Magdalena caída a los pies de Jesús. Comenzaba a ser una mujer nueva. Nueva criatura, nueva alianza. Ante un Cristo terriblemente llagado descubre quién es ella y quién es Jesús. Rumores de Pablo y de Agustín llegan hasta ella en esta zozobra: “noverim me, noverim te” (Agustín). 

9. “He aquí que estoy a la puerta y llamo” (Ap 3,20) 

La conversión de Teresa no fue total. Necesitó determinados reajustes. Ella lo narra en los cap. 23-24. Con pluma de orfebre nos describe los últimos retoques. Jesús viene a ella en modos místicos; el reino de Dios está entrando, el evangelio está a punto  de estallar. Jesús como una nube la envuelve, al igual que a los israelitas. La gracia anunciaba su llegada en plenitud. Se empezaba a sentir otra. Sus confesores estaban desbordados. Y fue entonces, cuando una voz, más que voz, resonó en lo más profundo de su ser, que conmovió todos sus cimientos: la voz se oyó nítida: “Ya no quiero que tengas conversación con hombres, sino con ángeles”. Y Cristo tomaba posesión de todo su ser. Ya el yo que sustentaba su yo era Cristo, como en Pablo. 

10. Y entonces fue la Pascua 

A partir de este momento irrumpe en ella la palabra de Cristo (cap. 25-26) y en seguida sale a su encuentro Cristo Resucitado en persona (cap 27,28,29…). Teresa revive toda la vida de Cristo desde la pascua evangélica (V 29,4). Y la experiencia va creciendo sin límites (37,17-18). Hasta que un día le llega Pentecostés (38,9-11). La profundización del misterio de Cristo no tiene límites: “De ver a Cristo me quedó imprimida su grandísima hermosura” (V 37,4). Pero no sólo ve a Cristo, le percibe esculpido en el centro de su yo: “Parecíame en todas las partes de mi alma le veía claro como en un espejo y también este espejo… se esculpía en el mismo Señor” (V 40,5). Su canto a la Humanidad de Cristo (cap. 22) nos recuerda los himnos paulinos y el prólogo de Juan.  Finalmente, Teresa asciende a las profundidades de Dios (V 40,9-11); el recuerdo de la carta a los Romanos se hace inevitable. 

11. La aurora de un nuevo pueblo 

Al igual que Israel y la comunidad primitiva surgen de una inmensa experiencia, de la que fueron partícipes algunos personajes singulares de la Biblia, así sucedió con la comunidad carmelitana y Santa Teresa. La primera parte de los Hechos de los Apóstoles queda admirablemente reflejada en esta historia. La segunda parte del libro lucano Teresa la revivirá en sus Fundaciones, en las que las similitudes con Pablo fundador de comunidades y escritor de cartas son más que evidentes.