El Antiguo Testamento, o “un no sé qué que queda balbuciendo”

FOTO

Secundino Castro

¿Sin poder contemplar cara a cara  aquel Rostro?

         Son incontables los estudios de antropología que se han realizado acerca del hombre de la antigua alianza, pero no se ha puesto de relieve algo, que, a mi modo de ver, es primordial: ese hombre no se logra entender a sí mismo. En las capas más primitivas de la Biblia es un ser resignado. Cuando en otros pueblos se hablaba del más allá, de la inmortalidad del alma, Israel calló. ¿Se conformaba con una experiencia gratificante de Yahvé en este mundo por medio de la guarda de su Ley o silenciaba sus sentimientos más profundos por miedo a mancillar la excelsa majestad de su Dios, al que no podía compaginar en compañía con el hombre después de la muerte? El hecho de que en los textos más recientes, provenientes en gran parte del mundo griego, soñara con la inmortalidad nos está indicando que en la medida que el pueblo crecía en sensibilidad, llamémosla "religiosa", sintió la necesidad de expresar su felicidad plena en la otra vida. Esto nos hace pensar que la Biblia en realidad no habla del  hombre, sino sólo de Dios.

Se ha fijado en la historia humana y ha introducido la realidad de Dios en ella, pero sin sacarla de sus límites terrenos. Yahvé escoge a Israel, hace una alianza con él, Israel es la propiedad particular de Yahvé, pero ¿para qué? Por el tenor de la mayoría de los textos es para protegerle, darle riqueza y largos años de vida, y parece que para nada más. Quizás podamos descubrir además la esperanza de que el pueblo subsista, que no desaparezca, pero siempre dentro de los límites de la pura historicidad. ¿No sintió Israel nunca las ansias de los otros pueblos de una felicidad eterna, entendida de la forma que fuera, pero eterna? Es imposible que esto no fuera así. La vida del Sheol a que aluden algunos textos no tenía gran atractivo y era indudablemente inferior en calidad a la vida terrena. El Sheol no era un consuelo para Israel.

         Desde este punto de vista la existencia veterotestamentaria se desenvolvía dentro de la más pura tragicidad. Tragicidad, por otra parte, vivida en silencio. Israel nunca habló de sí mismo; si expresaba algún sentimiento era siempre en relación con Dios. Ni siquiera el libro de Job plantea directamente el problema del hombre; es el misterio de la justicia de Yahvé lo que preocupa a su autor. Aquí el misterio y la tensión alcanzan su exponente máximo. No parece compaginarse la fe de Israel en Yahvé que asegura su benevolencia a quien cumpla su Ley con las desdichas continuas de un justo. La respuesta del libro se sitúa también en la línea de la pregunta: Yahvé es un misterio. Ciertamente aquí puede hallarse ya una respuesta o mejor una salida para la angustia que el israelita padece en secreto. Al final el libro de alguna forma estropea la respuesta que parecía esperarse, hablando de las recompensas de Job en este mundo, pero la pregunta ya ha sido formulada y se ha dejado consignada una vaga e imprecisa solución.

         El libro de Job nos habla indirectamente del silencio del israelita, que ocultaba las preguntas que siempre han aquejado al alma humana, entre las que se encuentra la de la supervivencia. Israel no habló del más allá durante gran parte de su historia por respeto a Yahvé. Vivió su propia tragedia en profundo silencio, esperando que la majestad de su Dios le diera una respuesta. Todos estos anhelos reprimidos explotarían un día en algunos salmistas, que ya no pudieron callar y en algunos otros libros del final de la época veterotestamentaria.

         Desde estos supuestos de silencio reprimido, se entiende mejor la teología de Israel y el tema que abordan algunos libros. Cuando Israel habla de alianza y la entiende como bodas no es posible que no esté remitiendo a una experiencia  íntima de Yahvé que va más allá de su presencia en la creación y en la ética. El AT está exigiendo una lectura mística de sus conceptos fundamentales.

La fatiga del permanente mirar a la aurora    

         Son muchas corrientes y escuelas de pensamiento las que se dan cita en ese largo período que se encierra entre el primer libro de la Biblia y la llegada de Jesucristo. Según Von Balthasar a medida que el tiempo iba pasando el AT caminaba a la dispersión. Eso es verdad, pero no lo es menos que una serie de conceptos o categorías imponen su trabazón a esa masa ingente de materiales dispersos.

         Muy probablemente la categoría más universal de la Biblia viejotestamentaria es la de promesa. Independientemente de la antigüedad de cada libro y de sus reelaboraciones posteriores, en el ordenamiento impuesto por el canon judío, y después aceptado sin más por el cristiano, la Biblia se abre con una promesa. El hombre en sus albores conoció la tragedia, lo que se ha llamado caída, es expulsado del proyecto de Dios (jardín). Pero enseguida se le anuncia que un día tornará a él. En el fondo de la Escritura late ese anhelo. Ciertamente que después no habrá muchas alusiones a ese momento y parece como si Israel se olvidara de él, pero late en otras formulaciones, en la  elección, en la  alianza en sus diversas fases, en la teología del Mesías y en sus derivaciones inmediatas: la apocalíptica y escatología. La vuelta al hombre primordial o, mejor, su búsqueda es algo que se detecta en todo el proceso bíblico.

         El AT aparece como un promesa incumplida, a pesar de que a lo largo de su trayectoria van sucediendo acontecimientos que balbucean la promesa, como que la anticipan, pero nunca la ofrecen en su totalidad, puesto que las profecías y la misma historia sigue caminando hacia un futuro impreciso, pero nunca suprimido.

         Promesa de una tierra, promesa de llegar a ser un gran pueblo, promesa de toda clase de bienes, promesa de felicidad. La promesa también al final se hace imprecisa, y se confunde con una realidad idílica dentro de los márgenes de este mundo. Una promesa que sólo en los últimos estadios vence a la muerte.

         La idea de promesa antropológicamente hablando remite tanto a la historia como a la psicología del individuo. Ciertamente y desde una primera consideración la promesa parece que viene producida por la fe de Israel en su Dios, que se le revela como Dios protector (Yahvé), pero en un análisis más detenido no debemos de pasar por alto que la palabra reveladora la pronuncia un profeta y en él esa palabra es experiencia. No es posible imaginarnos la revelación como un oráculo de Dios susurrado al oído del profeta; la palabra se ha ido generando en él como experiencia. Por tanto, aunque la promesa se circunscriba dentro de los márgenes de la historicidad no se realiza sin pasar por el yo del individuo; remite a la profundidad de éste.

Siempre voz, nunca palabra

         Ya no solamente en él se anuncia un futuro (escatología) o una promesa (nueva alianza), es que en casi todas las figuras significativas se tiene la impresión de que no terminan en sí mismas. Adán y Eva son prototipos de toda una humanidad en realización; los patriarcas se proyectan a una forma de relación con Dios que está por venir, Las figuras de la Biblia cuando desaparecen de la escena parece que anuncian la llegada de otras, y dígase lo mismo de las instituciones. Ni siquiera la del templo se tiene la sensación de estar fijada definitivamente.

         Todo en el AT se halla mirando hacia adelante. Como el salmista también él está esperando la aurora. Sería realmente muy importante el poder determinar el orden cronológico de los libros para ir observando cómo cada obra reposa en la siguiente. Las ideas, las personas, las instituciones están intrínsecamente abiertas. Por eso cuando el Nuevo acude a algún pasaje del pasado y dice que se cumple la Escritura,  está pensando en un cumplimiento abierto. Los escritores, discípulos de Jesús están persuadidos de que la medida de la realidad la da Jesús no las Escrituras antiguas que no son más que un balbuceo de un acontecer que las sobrepasa.

Por eso la readaptación de Jesús a algunos pasajes bíblicos es toda una proeza literaria y teológica. A veces se tiene la impresión de que se quiere salvar la realidad del Antiguo Testamento frente a algún acontecimiento de Jesús y no al contrario. De hecho el Antiguo Testamento comienza a ser comprendido como unidad desde el suceso de Jesús. Cuando Lucas dice que éste les abrió la inteligencia para que comprendieran las Escrituras deja suponer que hasta ese momento su comprensión bíblica estaba disgregada. Comprender las Escrituras es leerlas a la luz de Jesús. Entonces descubrieron que la Biblia se reducía a un conjunto de anuncios, presagios y exclamaciones de un futuro, que por el hecho de serlo no podía ser entendido en el presente. El futuro constituiría una novedad total.

         Quien mejor representa al AT es, sin duda, Juan Bautista. El mismo se define como una voz. En este sentido san Agustín diría que él era la voz, Cristo, la palabra. Y obsérvese que siendo el precursor de Jesús, qué diferencia más grande entre su proclama y la de él. Mientras uno anuncia a un Dios justiciero, otro proclama el Abbá. Juan en el desierto, Jesús en la ciudad; Juan anuncia un Dios que viene, Jesús, un Dios que ya se halla en medio del pueblo. Se trata, indudablemente de dos sensibilidades totalmente diferentes. Por eso Juan tendrá que preguntarle al mismo Jesús: ¿Eres tú el que ha de venir o esperamos a otro? Ello significa que el Antiguo Testamento no se reconoce en el Nuevo; se contempla en él como total sorpresa y comprender que la ilación de ambos no puede hacerse sino es por pura gracia.

         El AT es símbolo del corazón humano insatisfecho y abierto. Si hay algo en lo que están de acuerdo todas las antropologías es precisamente en esa apertura radical del hombre. Al igual que el AT el hombre a lo largo de su historia tiene momentos en que parece halla el reposo, en otros se siente perdido y en otros, la dispersión de sus deseos es tal que se comprende como pura pasión inútil. Creo que al A.T. se le pueden aplicar los versos de Unamuno:

“Méteme, Padre eterno, en tu pecho,
misterioso hogar.
Dormiré allí, pues vengo deshecho
del duro bregar”.