20. Amén

“En Cristo sólo ha habido sí: todas las promesas hechas por Dios han tenido su sí en Él, y por eso decimos por él “Amén” a la gloria de Dios” (2Cor 1,19-20).

Creer es decir “Amén” a las palabras, a las promesas, a los mandamientos de Dios, es fiarse totalmente de el que es el Amén de amor infinito y de perfecta fidelidad. “Que tu símbolo sea para ti como un espejo. Mírate en él: para ver si crees todo lo que declaras creer. Y regocíjate todos los días en tu fe” (San Agustín).

“Vuestro Amén es vuestra firma, vuestro asentimiento y vuestro compromiso” (San Agustín).

UNA PEQUEÑA PALABRA

“Amén”: así termina el Padrenues­tro, llamado por los Padres de la Iglesia "síntesis de todo el Evangelio".

"Amén": así se sella lo dicho y hecho por Dios en la Biblia. “Que la gracia del Señor Jesús sea con todos. ¡Amén!” (Ap 22,21).

"Amén": así termina toda oración, confiándonos a la bondad de Dios.

El "Amén" en las liturgias cris­tiana, judía y musulmana, es una de esas palabras universales, que per­manecen más allá de toda guerra y enemistad, como brote de esperanza para el futuro; es un grito, frente a toda aparente derrota de lo humano, de que la última palabra la tiene la vida, el Dios de la vida.

Los primeros cristianos gritaban con entusiasmo Amén, como una forma de participar en la historia de amor de Dios a todos los seres humanos. ¡”Bendito el Señor por siempre! Amén, amén” (Sal 89,53; cf. 41,14; 72,19).

Con la expresión “Amén” decimos “sí” a Dios y nos solidarizamos con su acción en la historia. Colocamos nuestra fe en roca firme, en lo verdadero, en el Dios siempre fiel, que dice y cumple su Palabra en la historia de la humanidad (Cf. Is 65,16).    

EN LA VIDA DE JESÚS

La palabra “Amén” sig­nifica fe, verdad, firmeza, confianza; expresa la seguridad de un niño en los brazos de su madre.

Todo lo que nos ha enseñado Jesús sobre el Padre, y que el Espíritu nos recuerda en el corazón, es tan seguro que merece confianza, tan verdadero que debe ser creído, tan sólido que bien puede convertirse en cimiento de nuestra vida. Jesús es el único que comienza sus palabras con un Amén como garantía de su verdad.

El que dice “Amén” está seguro en el regazo del Padre, se sabe amado y acogido por un Padre que nunca le va a engañar. "Estoy seguro de que (nada)... podrá sepa­rarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro" (Rm 8,38‑39).

Jesucristo reci­be también el nombre de Amén y de testigo fiel (Ap 3,14). La vida de Jesús fue un continuo amén a la voluntad del Padre, toda su vida "fue un sí" (2Cor 1,19), al igual que la vida de María de Nazaret con su "fiat".

El Espíritu enseña a la Iglesia a decir Amén como un eco del amén de Cristo. “Señor, haz que digamos Amén, como tú quieres, para que sea lo que tú quieres. Sólo así podremos ser todos totalmente felices” (Brotes de Olivo).

EL AMÉN DE LOS ORANTES

Decir Amén, para los orantes, es entrar en esa riada de alabanza que recorre la creación (Sal 18,2‑5) y que está tan presente en el Padrenuestro ("santificado sea tu nombre"). En las primeras liturgias cristianas se añadió al Padrenuestro una doxología, es decir, una fórmula de alabanza: ”Porque tuyo es el reino, tuyo el poder y la gloria por siempre.  Amén",  para indicar que la oración evangélica siempre tiene que desembocar en la adoración y la ala­banza.

Decir Amén es cantar la culmi­nación de la obra de Jesús, que se refleja en la humanidad nueva, icono vivo de Dios: “Porque de él, por él y para él son todas las cosas. ¡A él la gloria por los siglos! Amén”. (Rm 11,35). “Que el Amén resuene en nuestra asamblea con la fuerza de un trueno” (Palabras de San Ambrosio a los fieles que llenaban la catedral de Milán).

Decir Amén nos compromete a vivir el Padrenuestro y el Evangelio, porque nos une a la tarea de Cristo de trabajar por el reino. Por eso, es mucho más que un simple deseo o un asentimiento débil, comporta una responsabili­dad, una renovación pública y comunitaria del compromiso a colaborar en la salvación.

Decir Amén muchas veces, como decir Kyrie eleison, Aleluya, Marana tha... al ritmo de la respiración, no es una repetición vacía, sino una exce­lente forma de oración, que nos lleva cada vez más a esa intimidad que Jesús tiene con el Padre y que el Espíritu mantieve viva en nuestros corazones.

Decir Amén es vivir la vida con lucidez evangélica y hacerla inteligi­ble al mundo de hoy, para que viendo "nuestras buenas obras" el Amén se extienda por todos los pueblos como un canto al Padre. ”Porque si no ben­dices más que con el espíritu, ¿cómo dirá "amén" a tu acción de gracias el que ocupa el lugar del no iniciado, pues no sabe lo que dices"  (1Cor 14,16).

Decir Amén es acoger un inmenso regalo para hacer de la vida una en­trega a Dios y a los demás. En la medida que abrimos nuestro corazón al amor de Dios, recibimos el ciento por uno para tejer ya sobre la tierra el vestido nuevo que llevaremos en el cielo.

Decir Amén es aceptar el reto del Espíritu: “Hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión”. El proyecto de Dios es que todos los hombres formen una gran familia, por eso decir sí a este pro­yecto es ensanchar la tienda del corazón para que cada día la habiten más nombres.

Decir Amén es dormirse en el regazo del Padre como un niño en los brazos de su madre, para que nos “instruya en sus caminos durante la noche" (Sal 15,7), y podamos levan­tarnos con la aurora para empezar de nuevo a orar y a vivir cada una de las peticiones del Padrenuestro, y así un día tras otro, hasta que "Dios lo sea todo en todos" (1 Cor 15,28).

 

 

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

  • Nos abrimos con confianza al Padre, a su Palabra viva y eficaz.
  • Acogemos a Jesucristo, el Amén de Dios a la humanidad y el de la humanidad a Dios.
  • Nos dejamos conducir por el Espíritu que susurra en nuestro interior: ¡Amén!
  • Con María decimos “sí” al plan de Dios para nuestra vida.

Palabra: “Dice el que da testimonio de todo esto: “Sí, vengo pronto” ¡Amén! ¡Ven, Señor, Jesús! Que la gracia del Señor Jesús sea con todos. ¡Amén! (Ap 22, 20-21)

Oración

Amén a ti, Padre, que has querido habitar entre nosotros para sembrar tu reino en nuestros corazones y darnos a todos un abrazo entrañable.

Amén a ti, Señor Jesús, nuestro compañero de camino, que nos has abierto la intimidad para hablarnos del Padre y enseñarnos su ternura y su misericordia.

Amén a ti, Espíritu Santo, que nos despiertas cada día al gozo de sabernos hijos de Dios y que nos alientas para que la humanidad, que gime, descubra lo hermoso que es ser y vivir como hijos e hijas de Dios y como hermanos y hermanas de todos.

Amén a Ti, Trinidad Santísima –Padre, Hijo y Espíritu Santo-. Te adoramos y amamos. Y sabedores de tu deseo de que todos los seres humanos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, te suplicamos acrecientes en cada corazón humano el “sentido filial”. Y con él, el deseo de volver a tu casa, a tu hogar de comunión, de vida, de verdad y de paz. Amén.

 

MARÍA, MADRE, ENSÉÑANOS A DECIR: “AMEN”