Amor: una forma alegre y comprometida de hacer el camino (Camino 40)

. “Las aguas torrenciales no podrán apagar el amor ni anegarlo los ríos. Si alguien quisiera comprar el amor con todas las riquezas de su casa, se haría despreciable” (Cantares 8,7).

. “Saber que en la raíz de nuestra existencia personal y comunitaria se halla el don de la auto comunicación de Dios, la gracia de su amistad, llena de gratuidad nuestra vida” (Gustavo Gutiérrez).

. “Señor, nos invade una llovizna de humildad. No somos el eje de la vida, como nos mentía el egoísmo. Vamos a ciegas por la vida; ni la escogimos antes de entrar en ella, ni sabemos el día que la vamos a dejar. La vida es mayor que nosotros y tus caminos van mucho más lejos que nuestras miradas” (Luis Espinal).  

EL AMOR ASEGURA NUESTROS PIES PARA EL CAMINO

. La búsqueda apasionada de Dios. El encuentro con el Señor, el vivir según el Espíritu, el itinerario comunitario, son dimensiones de todo caminar en búsqueda de Dios. En ese proceso se va haciendo camino, porque no hay rutas marcadas de antemano. La espiritualidad es el terreno de la acción del Espíritu y se halla marcada por la libertad.

. Amor y temor. Santa Teresa presenta estos dos castillos fuertes para vencer la tentación que amenaza con apagar el Espíritu (cf 1Tes 5,19) y dejarnos sin capacidad de amar y sin los gestos hacia Dios y hacia los demás en los que el amor se expresa. El amor y el temor son como un seguro de vida. El sano sentido del temor es inculcado en los tramos finales del Camino. El amor lo ha inculcado desde el principio. “El amor es fuego grande, no puede sino dar gran resplandor. Y si esto no hay, anden con gran recelo, crean que tienen bien qué temer. El amor de Dios, si de veras es amor, es imposible quedar escondido” (C 40,4).

. Buscando fuentes de consuelo. ¿Dónde encontrarán seguridad los amigos de Dios? Éstos se debaten entre dos sentimientos extremos: el acuciante sentimiento de inestabilidad e inseguridad., bajo el acoso de que sus vidas se queden en terreno de nadie, sin capacidad para amar y expresar solidariamente ese amor “hacia los pobres del mundo” (Sant 2,14.26), y la anhelante necesidad de un asidero de seguridad, un seguro de amor y de gracia. El “buen seguro de que no somos engañados” (C 40,1). “Diréisme que en qué veréis que tenéis estas dos virtudes tan grandes. Y tenéis razón, porque cosa muy cierta y determinada no la puede haber porque siéndolo de que tenemos amor, lo estaremos de que estamos en gracia” (C 40,2).

. La fragilidad de esta vida. Santa Teresa comienza diciendo el inagotable anhelo de seguridad que tenemos todos, al deseo de ser libres para amar y poder entregar la vida al estilo de Jesús: “Nadie me quita la vida, soy yo quien la entrega” (Jn 10,18). Pero a la vez es sensible al hecho de la no-seguridad absoluta en esta vida, que puede llevar a no amar y dar vida y, por tanto, a estar en comunión con Dios y con los demás. “Ay, Dios mío, ¿cómo podré yo saber cierto que no estoy apartada de Vos? ¡Oh vida mía, que has de vivir con tan poca seguridad de cosa tan importante! ¿Quién te deseará, pues la ganancia que de ti se puede sacar o esperar, que es contentar en todo a Dios, está tan incierta y llena de peligros?” (Exclamaciones 1,3).

. El alma que anda en amor. Lo mejor para ir por la vida con alegría es beber de la fuente del amor gratuito de Dios. Esto nos da confianza frente a todas las dificultades. Hay señales que nos certifican que estamos en el amor. Hay señales que parece los ciegos las ven. Que aunque no queráis entenderlas, ellas dan voces y se imponen por sí mismas al espíritu. El amor, con su cortejo de obras buenas. “Quienes de veras aman a Dios, todo lo bueno aman, todo lo bueno quieren, todo lo bueno favorecen, todo lo bueno loan, con los buenos se juntan siempre y los favorecen y defienden; no aman sino verdades y cosa que sea digna de amar” (C 40,3). Esos amores fuertes llevan una patente de autenticidad y seguridad. El amor jamás está ocioso. “Es como esas fontecicas que yo he visto manar, que nunca deja de hacer movimiento la arena hacia arriba... Siempre está bullendo el amor, pensando qué hará. No cabe en sí” (Vida 30,19).

. Las presencias alentadoras. En el camino de la oración nos ayudan las personas que han explorado la tierra prometida y saben lo que es el amor; hablan el lenguaje de las bienaventuranzas, el lenguaje de Dios.

SEÑALES DEL AMOR

. La conversión. Significa tener los ojos vueltos hacia Jesús y hacia los más pobres. El amor siempre es samaritano, se desvía para ir a los márgenes donde están los más orillados.

. La gratuidad. El encuentro con Dios siempre es el resultado de una iniciativa suya, creadora de espacio de gratuidad en el que transcurre toda vida cristiana: “Dios nos amó primero” (1Jn 4,19). Todo parte de aquí. Ese don está en el origen de nuestra existencia y marca nuestras vidas. Hemos sido hechos por amor y para amar. La gratuidad es el terreno de la entrega radical y de la presencia de la belleza en nuestras vidas. La oración brota en el terreno de la gratuidad: “Proclama mi alma la grandeza del Señor porque se ha fijado en su humilde esclava” (Lc 1,46-48).

. La alegría. Ante los miedos (cf 2Cor 7,5) la tentación del repliegue es permanente. Jesús abraza toda debilidad y la convierte en bienaventuranza, despierta la gracia en todos los desgraciados (cf Mt 5,1-12). La alegría surge como resultado de la esperanza de que la muerte no tiene la última palabra de la historia. Lo que se opone a la alegría es la tristeza, no es el sufrimiento. Una alegría no fácil, pero real. La pedagogía de santa Teresa va por aquí: Fijar altas metas; transmitir convicciones e ideales; sanear de falsos temores el clima interior. Pero no fomentar espejismos. El gozo del amor prevalece sobre el estremecimiento ante la posibilidad de perderlo.

. La infancia espiritual. Es la postura de quien acepta el don de la filiación divina y responde a él tejiendo día a día la fraternidad. En el Magnificat de María se entrelazan la confianza y la entrega a Dios con la voluntad de compromiso y cercanía a sus predilectos: los humildes, los enfermos, los hambrientos, los sin tierra. Esta confianza en Dios va más allá de la muerte. “Será gran cosa a la hora de la muerte ver que vamos a ser juzgadas de quien habemos amado sobre todas las cosas. Seguras podremos ir con el pleito de nuestras deudas. No será ir a tierra extraña, sino propia, pues es a la de quien tanto amamos y nos ama” (C 40,8).

. La vida en comunidad. Es un componente básico para hacer el camino según el Espíritu. En la comunidad la energía de cada uno para a los demás, se habla el lenguaje del “nosotros solidario”, se realiza el intercambio de dones, se celebra la Eucaristía. “Ved: qué dulzura, qué delicia convivir los hermanos unidos… Allí manda el Señor la bendición, la vida para siempre” (Sal 133). El camino de la oración se hace mejor juntos, en comunión con toda la Iglesia.  

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Canta a Dios en tu corazón, en esa tierra que va dejando de ser extraña para ser la tierra del Señor.

Yo te alabo y te bendigo.
Tú eres mi Señor.
Canto y danzo para Ti la danza del amor.
Ni la muerte ni la injusticia tienen la última palabra.
Tu mensaje está lleno de vida.
Todo nace de tu amor gratuito, inagotable.
Bendito y alabado seas, Señor.

Vuelve los ojos hacia Jesús. Aprovecha las pausas de la jornada para salir de la ausencia y entrar en su presencia. Mira al Amor y mira que te mira.

Jesús, tu mirar es amar.
El encuentro contigo siempre acontece en la amistad.  

Recuerda que “Dios nos amó primero” (1Jn 4,19). Esto llena de belleza y gratuidad tu vida. Ora con la oración que brota en el terreno de la gratuidad.

“Proclama mi alma la grandeza del Señor
porque se ha fijado en su humilde esclava” (Lc 1,46-48).

muy realista pero mantén la alegría de los sueños. Recuerda que has nacido de las bienaventuranzas, ese canto gozoso que brota al ver cómo Jesús abraza toda debilidad, despierta la gracia en los desgraciados, y proclama que el amor tiene la última palabra.

Espíritu Santo,
enséñame la oración del abrazo,
enséñame a hablar contigo
con gestos de ternura hacia los más enfermos.  

Vive el amor en comunidad en un intercambio de dones permanente para que nadie pase necesidad y todos puedan comer el “pan nuestro” como consecuencia del Padre nuestro.

La culminación de todas vuestras obras
es el amor.
Ese es el fin.
Para conseguirlo corremos.
Hacia él corremos.
Una vez llegados, en él reposamos (San Agustín).