Espiritualidad de la cueva

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Para las Carmelitas Misioneras y el CMS, la "cueva" tiene un sentido hondo de vivencia y exigencia. 

Desde que la Iglesia hace memoria litúrgica del Bto. Francisco Palau, se reavivan más ciertos lugares como Aytona, Ciudadela, Ibiza, El Vedrá, Vallcarca, Francia... Lugares entrañables, sellados todos ellos con la inconfundible huella palautiana, amasada de contemplación y profetismo.

¿Dónde alimentaba Francisco su pasión por Dios y por el hombre?. ¿Dónde apagaba el ardor de sus preguntas y dónde encendía el ardor de sus respuestas?. Él sabia hacer de cualquier horizonte lugar adecuado para la búsqueda y para el encuentro, pero tal vez su regalo peculiar ha sido el de descubrirnos la luminosidad y la energía que él mismo encontró en el corazón de la tierra, en el corazón –hecho luz y silencio- de una CUEVA.

Basta repasar su vida para descubrir con asombro que la aparente originalidad de su afición por las “cuevas”, no es más que el signo de una profunda y experimentada espiritualidad: la espiritualidad de la CUEVA.

Tratemos de adentrarnos en ella:

La “cueva” es más una realidad existencial que un lugar físico. Por eso podemos encontrarla y habitarla en cualquier paisaje, A veces la buscamos..., a veces es ella quien nos alcanza. Porque la “cueva” es un símbolo de la VERDAD y ¿quién no busca la verdad o la padece en algún momento de su vida?. El desafío está en entrar y en aceptar el riesgo de que la existencia quede reducida a lo esencial.

Este es el desafío,,, El peligro está en pasar de largo.

Una cueva es el lugar más opuesto al confort... Aceptar la austeridad –con su ley de lo mínimo necesario- es condición básica e indispensable para entrar y, sobre todo, para PERMANECER. Porque, aunque es lugar de paso, hay que permanecer en ella el tiempo suficiente como para sentir la voz de su silencio.

La cueva respira al ritmo de la naturaleza. En ella el día es día y la noche es noche. Allí se aprende a esperar el futuro, sacándole todo el sabor al presente...

En la cueva los ojos se van acostumbrando a la oscuridad del misterio. Se pacifica la agresividad y uno descubre que cerrar los ojos y orientar la mirada a la luz interior, es el mejor camino para VER.

En la cueva las cosas adquieren su justa medida: allí no llega la abrumadora “desinformación” de los medios de comunicación, ni los ataques manipuladores de la publicidad. Allí nuestra mente puede pensar sin violencia, limpia de toda opresión, con libertad. Purificada...

 La cueva es la terapia ideal para curar la enfermedad de la “abundancia”, tan frecuente en nuestro ambiente occidental: Gente repleta de todo, llena de cosas, caminantes con la brújula estropeada, saturados de superficialidad, pero vacíos de sentido...

Nuestro mundo está habitado por gente rota. La fragmentariedad, la desestructuración de la persona, es una constante en los actuales análisis psicológicos, tanto de las generaciones más jóvenes como de las adultas. El estrés de la vida conduce al nerviosismo, a la depresión, a la tristeza... Todo ello difícil de curar si no se ataja a tiempo con un baño de regeneración que sane y fortalezca las raíces vitales del ser.

La espiritualidad de la cueva deja espacio a aprendizajes esenciales:

*        Allí se adquiere la sabiduría de Dios.

*        Allí se rehace toda crisis de esperanza.

*        Allí se unifica el ser y se aprende a vivir roto entregándose entero en cada trozo.

La cueva da fuerza interior, serenidad que armoniza y permite trascender todo acontecimiento. Pero todo esto tiene un precio: hay que personalizar la experiencia. No vale la experiencia de los otros porque sólo se asume verdaderamente lo que se vive en propia carne.

De todos modos, no es tan difícil. La geografía externa de la cueva la tienes muy a la mano:

En la CIUDAD, que se abre ante ti como un nuevo espacio de soledad y anonimato, con sus gentes de mirada triste y vacía. Hombres y mujeres que no fijan la vista en nadie porque no esperan descubrir en el otro un “tú” que les devuelva el saludo y la sonrisa. Hombres y mujeres que caminan envueltos en mil trajes de moda, pero que viven a la intemperie, sin que nada les resguarde de sentirse solitarios en una inmensidad poblada de ausencias.

En la COMUNIDAD, en la que a veces puede encontrarse también lo más duro de la geografía de la cueva: incomunicación, diferencia de caracteres, procesos desiguales de maduración, desenfocada independencia... Sólo quien desde el interior de la cueva descubre la clave de la contemplación, hará de esta dura geografía un paisaje habitable, una fuente de acogida, una puerta abierta y una mesa siempre puesta.

Porque la cueva cumple lo que promete: revela la verdad, da energía, fortalece y humaniza... Y Dios se manifiesta en ella con el potente grito de su silencio.

La cueva hace que pongamos de nuevo los pies en el suelo. Que volvamos a ser hombres y mujeres de pie, en el mundo, Lo que la humanidad ha sido durante siglos. Por eso, la persona acostumbrada a la “cueva” lleva siempre en sus ojos la claridad del que habita espacios abiertos y la hondura del que penetra las entrañas de la profundidad. El brillo de su mirada es alivio para quien vive y se mueve en el agobio de la superficie. Sus gestos son contagio de comunión universal. Su propia persona se convierte en una especie de “oasis”, en un lugar habitable donde es posible tomar respiro y recuperar aliento para el camino...

Todo esto y mucho más se esconde, sin duda, en la Espiritualidad de la Cueva, de la que Francisco Palau hizo decidida opción y experiencia.

Hoy se habla mucho de volver a las fuentes, de entroncar con las raíces, de releer el Carisma... Tal vez este camino, en nosotras Carmelitas Misioneras y miembros de Carmelo Misionero Seglar, pase por descubrir, vivenciar y ofrecer algo de esa espiritualidad tan propia y profética.