El perdón, camino de ida y vuelta (Camino 36)

. “Si, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda” (Mt 5,23-24).

. “El misterio del pecado” (2Tes 2,7) sólo se esclarece “a la luz del misterio del amor” (1Tim 3,16).  

. “Nuestros pecados nos mueven a orar, y mientas pedimos perdón a Dios, tomamos conciencia de cuánto debemos perdonar a nuestros hermanos” (San Cipriano).

. “Lo que más me impresiona del Evangelio es el perdón. El hecho de perdonar puede cambiar el corazón de cada uno de nosotros, pues cuando perdonamos se aleja la dureza del corazón y se deja lugar a una bondad infinita” (Prior de Taizé).

PERDÓNANOS, SEÑOR

. El ser humano tiene necesidad de ser perdonado. Después del pan viene el perdón, como si éste fuera un elemento primario para la supervivencia humana. Las heridas de no-amor que lleva dentro solo se curan con el perdón, o sea, con una experiencia de amor gratuito. Cuando es consciente de su pobreza honda repite las palabras del publicano: “Dios mío, ten compasión de mí, que soy un pecador” (Lc 18,13).

. Una petición hecha en plural. Somos una comunidad de pecadores. El perdón de Dios cose de nuevo los lazos en vertical; el perdón entre los hermanos cose nuevamente los lazos en horizontal. Nos inclinamos a recordar ofensas, desprecios, ultrajes, todos los agravios y los daños que hemos recibido de nuestro prójimo, a llevar cuenta de ellos y a tenerlos siempre presentes. Este archivo de deudas puede penetrar profundamente en nuestro corazón y envenenar muchas relaciones.

. La fragilidad de cada día. Con el tema del perdón regresamos a lo más realista y prosaico de la vida. A quien ha pedido y recibido el pan de la Eucaristía “todo le es fácil” (C 36,1), no solo pedir a Dios el perdón, sino darlo también a los demás.

. Dios goza perdonando. Jesús puso verdadero empeño en dar a conocer al Padre de la misericordia entrañable. El perdón de los pecados es central en el anuncio evangélico (cf Mc 1,14-15). Dios es Padre de ternura perdonando, acogiendo, ofreciendo salvación integral. El perdón es una experiencia de gratuidad; no está condicionado por servicio alguno que el ser humano tenga que prestar previamente. Cuando oramos no nos hacemos merecedores del perdón, pero sí nos ponemos en situación de recibir el don que el Padre siempre está dispuesto a dar.

. Renovación de la amistad. El pecado penetra en el corazón de la persona, obstaculiza su capacidad de darse y oscurece la relación personal con Dios. Al pedir el perdón pide que restablezca su relación amorosa con Dios, con los demás seres humanos y con la creación.

. El ídolo de la honra. Este es, en la óptica de santa Teresa, el gran óbice que a nuestro orgullo le impide el paso al perdón incondicional. Parte de su propia experiencia: “Ahora no hablo con vosotras, que harto mal sería no tener ya entendido esto, sino conmigo el tiempo que me precié de honra sin entender qué cosa era; íbame al hilo de la gente ¡Oh, de qué cosas me agraviaba, que yo tengo vergüenza ahora!” (C 36,3). Da tres consignas.

. Ante todo, dar la vuelta a esa farsa de valores: “Provecho de alma y esto que llama el mundo honra nunca puede estar junto” (C 36,3).

. Minimizar afrentas y agravios: “No hacer caso de unas cositas que llaman agravios, que parece hacemos casas de pajitas como los niños con estos puntos de honra” (C 36,3).

. Aterrizar en el plano cristológico: En las situaciones de dispersión, de increencia, traer las memorias esenciales. La memoria de la Iglesia es su relación amorosa con Dios. “¡Oh Señor, Señor! ¿Sois Vos vuestro dechado y maestro? Sí, por cierto. Pues ¿en qué estuvo vuestra honra, honrador nuestro? ¿No la perdisteis por cierto en ser humillado hasta la muerte? No, Señor, sino que la ganasteis para todos” (C 36,5).

COMO TAMBIÉN NOSOTROS PERDONAMOS

. Una novedad. Jesús dice que el ser humano, como imagen y semejanza que es de Dios, es también portador de un perdón, que libera y restaura a los demás. La oración de petición de perdón no es auténtica si no vuelve convertida en perdón gratuito para los demás. El orante, a medida que va conociendo la ternura entrañable del Padre, aprende a minimizar agravios, a no manosear lo que los demás le deben. El perdón de Dios y nuestro perdón a los hermanos están ligados por un “como”. El perdón a los que nos ofenden no es la condición previa para que Dios nos perdone, sino la expresión verdadera de que su gracia en nosotros no ha sido vana.

. No hay comparación entre los dos perdones. Santa Teresa percibe la enorme desproporción entre el perdón de Dios y el nuestro; el misterio tremendo de lo que Dios le ha perdonado a ella; y la paradoja de lo mucho que a nosotros nos cuesta perdonar. “Que una cosa tan grave y de tanta importancia como que nos perdone nuestro Señor nuestras culpas… se nos perdone con tan baja cosa como es que perdonemos… cosa ésta para que miremos mucho en ella” (C 36,2).  “¿Qué haría una tan pobre como yo, que tan poco ha tenido que perdonar y tanto que se me perdone? … De balde me habéis, Señor, de perdonar” (C 36,2).

. Relaciones sanadas. Los orantes perfectos, agraciados con fuertes dosis de experiencia de Dios no andan en titubeos y reticencias a la hora de perdonar. “Tienen entendido que estos tesoros les han de hacer ricos” (C 36,9). Lo mínimo que ha podido procurarles la oración es ese saneamiento radical del corazón en las relaciones con los demás hombres. La gran señal de la oración es el espíritu de perdón, la fortaleza para encajar golpes, la facilidad para cancelarlos de la memoria y del corazón. “Si no tiene estos efectos y sale muy fuerte en ellos de la oración, crea que no era merced de Dios, sino alguna ilusión” (C 36,11).

. La medida del perdón es perdonar sin medida. Solo en el perdón realiza el hombre su vocación y se hace semejante a Dios. Con frecuencia resulta difícil perdonar, pero la negación del perdón impide toda forma de familiaridad y de comunidad cristiana. La paz, la fraternidad y la civilización de la verdad y el amor nacen sólo del perdón. La paz comienza siempre por la reconciliación, y ésta presupone el perdón.

. El perdón a uno mismo. El orante no solo necesita pedir a Dios el perdón y darlo gratuitamente a los demás; también es muy importante que se perdone a sí mismo, que no se eche encima el peso de una culpabilidad permanente. ¡Cómo podría orar sin acoger el amor liberador del Padre sin perdonarse!     

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Ábrete a Jesús. Él habla muy poco del pecado y mucho del perdón.

Jesús, ¡cómo acoges a los pecadores!
Comes con ellos, te haces su amigo.
Tus enemigos se escandalizan.
Me acerco confiadamente a Ti.   
Restáurame, Señor Jesús. Restáurame en el amor.
Que tu perdón y tu bondad me den la luz, me den la paz.

Acoge el perdón que Jesús te ofrece a manos llenas.

Dame la humildad del publicano.
Dame la confianza de Zaqueo.
Dame el llanto amoroso de la Magdalena.
Dame la fe de la mujer cananea.

Recuerda que el donque Dios te ha dado para levantarte y aceptarte como hijo/a (gracia) es más fuerte que todas tus rupturas, destrozos, negaciones y rebeldías (pecado).

Ora desde el asombro y el agradecimiento:

Señor, haz de mí un instrumento de tu paz.
Donde haya odio, que yo ponga amor.
Donde haya ofensas, que yo ponga perdón.
Donde haya discordia, que yo ponga unión.
Donde haya error, que yo ponga verdad.
Donde haya duda, que yo ponga fe.
Donde haya desesperanza, que yo ponga esperanza.
Donde haya tinieblas, que yo ponga luz.
Donde haya tristeza, que yo ponga alegría.
Haz que no busque tanto el ser consolado como el consolar,
el ser comprendido como el comprender,
el ser amado como el amar.
Porque dando es como se recibe.
Olvidándose de sí mismo es como se encuentra a sí mismo. Perdonando es como se obtiene perdón.
Muriendo es como se resucita para la vida eterna”
(Francisco de Asís).

Extiende la misericordia de Dios a todos los que te rodean. “La Iglesia es en el mundo la presencia viva del amor de Dios que se inclina sobre toda debilidad humana para acogerla en el abrazo de su misericordia” (Juan Pablo II).