Apunte biográfico del Apóstol Pablo

FOTO

Menudo de estatura, ancho de espaldas, con ojos brillantes y penetradores, sin mucho pelo en la cabe­za y con un cráneo de gran nobleza. Nariz aguileña, clásicamente judía, dicen algunos. De palabra veloz y poderosa. Ágil en sus reacciones y emotivo en sus afectos. Incansable en el trabajo, no eludió tareas ni en el apostolado ni en los azares de la vida. Amante de la verdad por encima de los convencionalismos. Y entregado a Cristo desde el día en que se encontró con él tras un trance místico y prodigioso del que se han dado muchas versiones literarias.

Cuando Pablo llegó a este momento crucial de su vida, Saulo-Paulo venía no solamente desde el juda­ísmo, sino desde un judaísmo militante, enemigo cerrado de la nueva doctrina aparecida con Jesús en tierras de Galilea y sembrado en pequeñas iglesias cada día.

Pablo-Paulo había nacido en Tarso, tierra de Cilicia. La familia de Pablo era familia de fuerte raíz reli­giosa, judía hasta las cachas, educadora de una fide­lidad absoluta. Al niño se lo llamó Saulo, que era nombre muy común entre los descendientes de la tribu de Benjamín. El joven Saulo fue enviado por su padre a la escuela judaica que en Jerusalén tenía abierta el maestro Gamaliel, uno de los rigoristas fundamenta­les del judaísmo.

Saulo adquiere una formación agresiva que lo lleva pronto a convertirse en uno de los líderes de la persecución desatada contra las pequeñas comuni­dades cristianas. Camino de Damasco iba Saulo con Cartas que autorizaban una nueva caza de cristianos. Y, a mitad de camino, Saulo es sacudido por una luz misteriosa que lo derrumba de su agresiva posición.

Hay quien cuenta como realista la presencia de un caballo en el que galopa Saulo. Hay quien cree que todo es un ramalazo de la gracia. Tan íntimamente agresor, que Pablo da testimonio de un diálogo abier­to entre él y Cristo: "¿Por qué me persigues? ¿Y no sabes que es absurdo dar coces contra el aguijón?". Lo sucedido fue que la conversión de Saulo hacia la luz que es Cristo, se plasmó en una hermosa realidad desde aquel momento.

Pablo llega a Damasco. Se refugia en casa de unos amigos. Allí establece contacto con algunos cris­tianos. Y comienza a utilizar el nombre de Pablo que siempre sería menos pugnaz que el de Saulo, tan judío. Saulo-Pablo de pronto al día con la doctrina de Jesús. Entabla amistad con algunos discípulos que casi llegaron a conocer al Maestro. Y, de buenas a pri­meras, la impaciencia apostólica de Pablo comienza la predicación del evangelio: en las sinagogas, en las escuelas, allí donde puede encontrar más eco aquella doctrina de la verdad.

Regresa a Damasco. En Damasco encuentra la primera animadversión: la asamblea judía le obliga a escapar de la ciudad. Va a Jerusalén, se encuentra con Pedro el vicario de Jesús. Luego se retira a Tarso adonde tiene que ir a buscarlo el apóstol Bernabé para traerlo a Antioquía, la ciudad en que los cristianos comenzaron a oficializar su nombre de seguidores de Cristo. En Jerusalén se había declarado una hambru­na peligrosa. Pablo toma limosnas antioqueñas y va con Bernabé a levantar la angustia y la moral de aque­lla iglesia. La mayor parte de los discípulos inmediatos de Jesús se habían dispersado ya por el mundo.

A Pablo también le acosa ahora la prisa por la evangelización. Embarca con Bernabé hacia Salamina y Pafos donde hace amistad y plegaria con el procón­sul Sergio Paulo. Le esperan a continuación la isla de Chipre y las tierras de Cilicia y muchas regiones del Asia Menor. Por las montañas de Pissidia fueron terri­bles los riesgos naturales y sociales que corrieron Pablo y Bernabé: los tiempos eran crudos, los delin­cuentes eran numerosos y la confusión religiosa esta­ba dando frutos de persecución y de muerte. Pablo echaba la verdad por delante aun a sabiendas de que, en algunos momentos, podía llegar a peligrar su seguridad y hasta su vida. Los judíos consiguieron de las autoridades un decreto de expulsión de Pablo. Lo empujaron hacia Antioquía donde fue víctima de un apedreamiento con que se lo dejó abandonado en las afueras de la ciudad y medio muerto.

Tuvo que refugiarse en Derbe, en Galacia. Y en Perge procedió a instruir y ordenar a algunos de los obispos a quienes se iba confiando el crecimiento y ortodoxia de los nuevos creyentes. Muchos de los que empezaban a llegar a la Iglesia de Cristo no eran ya descendientes de las viejas levas judías, sino gentes de la paganía, cosa que no estaba prevista en aque­llos primeros tanteos de la Iglesia cristiana.

En una reunión con Pedro, Pablo trató de hacerle comprender que a estos paganos venidos a la fe no se los podía someter a la liturgia judía de la circunci­sión, por ejemplo. Tropezó aquí con el rigor del após­tol Santiago, mucho más reacio que Pedro a esta libertad de los paganos conversos. Cuando el discípu­lo Tito quiso adherirse a la compañía de Pablo para apoyar su tarea evangelizadora, la resistencia a que no se circuncidase fue casi explosiva. Pablo, en su fra­terna oposición a estas resistencias de Pedro y los viejos cristianos, no se dejó ganar por el convenciona­lismo oportunista de algunos bautizadores.

Pablo se ha rodeado de amigos entrañables que se convierten en discípulos y testigos: Tito, Marcos, Silas, Timoteo... Habla con ellos cuando los encuentra o viaja, con ellos planifica la labor evange­lizadora, a algunos de ellos les escribe Cartas cuan­do andan lejos y le piden orientaciones. Con Silas, por ejemplo, estaba en Filipo cuando les atacaron a palos y los dejaron más molidos que la canela. Cuando en Corinto le prohibieron la evangelización en las sinagogas o en sus cercanías más inmediatas, Pablo aprovechó la casa de su discípulo y amigo Tito Justo. Por pura simpatía y cordialidad consumió en Corinto la amabilidad del procónsul Galio: que siguie­ra predicando.

Y saltó a Efeso. Aquila y Priscila, dos amigos entrañables, lo esperaban con impaciencia. En Efeso había que dar la batalla contra la proclividad de los efesios a la veneración idolátrica. Valía todo: las repro­ducciones de las venerables imágenes o de las estructuras del templo de Diana. La geografía de Asia Menor se le estaba amontonando a Pablo: Filipo otra vez, Tróade, Aso, Mitilene, Cesarea...Hasta se produ­jeron milagros al paso de Pablo por algunas de aque­llas comunidades. Se recuerda especialmente la resu­rrección de un muchacho. Se llamaba Eutiquio. Cayó desde una respetable altura. Pablo predicaba en Troade. Bendijo al muchacho. Y le devolvió la vida. Y los ancianos alabaron al Señor.

El asunto de Jerusalén tuvo, sin embargo, mucho peor color. Se acusó a Pablo de que había introduci­do en el templo a algunos paganos. Los sacerdotes instigaron al pueblo. Y el pueblo respondió tan instin­tivamente como ya lo había en los tiempos de Jesús. Se detuvo a Pablo. Se lo puso en manos del Procurador Félix en el pretorio de Cesarea. Félix escu­chó a Pablo, que le dio razones más que suficientes para probar la contradicción y mala ley con que los judíos se lo habían entregado. Pero a Félix le sonó a disculpa el discurso de Pablo. Y lo retuvo más de dos años en la prisión pretorial.

Se le dijo que había que esperar a que llegara el nuevo pretor. Y, para colmo, se amenazó a Pablo con enviarlo a Jerusalén para que fuera juzgado allí, ya que en el templo de Jerusalén se había cometido el supuesto sacrilegio. Pablo se defendió alegando que era ciudadano romano y que esta condición le conce­día el derecho de recurrir al tribunal del César en Roma.

Lo más original es que, durante esa larga deten­ción en las prisiones de Félix, a Pablo le permitieron dirigirse oratoriamente a distintas comunidades. A Pablo le dio tiempo de rebatir todas las acusaciones y de narrar más de una vez cómo fue su conversión al evangelio de Jesús y cómo en este evangelio se encontraba la luz y la razón de todo hombre y de todo pensamiento. El gobernador Festo, el Rey Agripa y la reina Berenice habrían podido ser adoctrinados si se hubieran tomado más en serio la predicación que Pablo les distribuía con singular autoridad.

Pero llegó el nuevo gobernador y dispuso el tras­lado de Pablo a la corte de Roma. Fue un viaje des­piadado: malas naves, tiempo horrible, maremotos en las aguas, despiste de la ruta hasta tres veces, des­embarco forzado en la isla de Malta y permanencia en esta isla durante tres meses hasta que se pudiera reemprender la navegación hacia el puerto romano.

Fue presentado a juicio ante el tribunal del empe­rador. Pablo volvió a defenderse de manera muy efi­caz y consiguió que el juicio fuera sobreseído sin car­gos. Y pudo aprovechar el tiempo de libertad para hacer en Roma y desde Roma una predicación de fuerza. Se discutió siempre la posibilidad de que en esos viajes que Pablo pudo hacer más allá de las cer­canías de Roma y por el telón del imperio, uno de sus destinos fuera España, allá por las comunidades del primer Mediterráneo.

Volvió a Creta y reorganizó las Iglesias allí funda­das años antes. También regresó a Efeso. Y se hizo allí con la compañía de Lucas, el evangelista. Cuando Lucas lo dejó para emprender alguna tarea apostólica en los circuitos de Efeso, Pablo solicitó la compañía de su fiel Timoteo, aunque es posible que la llegada de éste a Roma -Pablo estaba muy mayor y enfermo­ quizás se produjo cuando ya Pablo había sido martiri­zado.

La opinión más cercana a la realidad es aquélla que supone que Pablo, detenido por las fuerzas del imperio cuando la persecución desencadenada por el César Nerón, fue ejecutado -se le cortó la cabeza y no se lo crucificó porque era privilegio de los ciudadanos de Roma no ser colgado ignominiosamente del tor­mento de la cruz- en el mismo día y en el mismo año en que Pedro, el patrón y primer Pontífice máximo de la Iglesia de Cristo, fue crucificado en la colina del Vaticano.

A las afueras de Roma, una hermosa basílica construida sobre el lugar en que se supone que pudo ejecutarse al apóstol, recoge ahora sus restos, y sobre todo, la presencia siempre viva de Pablo de Tarso, para los gentiles el apóstol universal.

Sintetizando la cronología paulina, tendríamos como principales fechas las siguientes:

• Nace en Tarso, entre los años 5/15. (El bimile­nario oficial lo sitúa en el año 8),

• A partir del 30, estudia en Jerusalén.

• Conversión: Hacia los años 36/37.

• Conoce a los Apóstoles en torno al 38.

• Entre los 43/44 reside en Antioquía.

• Primavera del 45: 1er Viaje Misionero.

• Año 49: Concilio de Jerusalén.

• Años 49/52: Segundo Viaje.

• Residencia en Corinto: Invierno del 50, verano del 52. Desde aquí escribe a los Tesalonicenses.

• Entre el 53/54, vive en Efeso. Desde aquí escri­be a los Gálatas.

• Primavera del 57:1 a Carta a los Corintios. También desde Efeso.

• El año 57, visita Corinto y Macedonia. Y escri­be la 2a Carta a aquéllos.

• 57/58: Carta a los Romanos, desde Efeso o desde Macedonia.

• Pentecostés del 58: Arresto en Jerusalén.

• Del 58 al 60, cautivo en Cesarea y viaje cauti­vo a Roma.

• Primavera del 61: Cautivo en Roma.

• 61/63: Carta a Colosenses, Efesios y a Filemón.

• 62/63: Carta a los Filipenses.

• 63/67: Ultimo Viaje Misionero: España (?).

• Hacia el 65: la Carta a Timoteo y Carta a Tito. 2a Carta a Timoteo.

• Hacia el 67: Es ejecutado en Roma mediante la pena capital.

• Entre los años 70/90, Lucas, su fiel compañe­ro, escribe los Hechos.

La Oración Pastoral de San Pablo. Con una selección de textos paulinos interpretados en clave orante: Jean  Lévêque y VV. (Editorial Monte Carmelo)