El proyecto de Teresa: la vida de oración y la oración de la vida

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TERESA DE JESÚS: Libro de la VIDA P. Tomás Álvarez

Introducción

En arquitectura clásica, un edificio podía ser templo, palacio, anfiteatro. Cada uno con función diversa de cara a la vida. Quien entraba, lo sabía. El edificio mismo le impe­día, por ejemplo, esperarse un juego de fieras en el templo o un espectáculo de circenses en el palacio de justicia.

Con los libros clásicos ocurre otro tanto. Tienen trazado diverso desde el frontal de la portada. Y se entra en ellos para ser acogido en forma diferenciada. El lector debe saberlo.

En el umbral de esta obra clásica de Teresa de Jesús -el «Libro de la Vida»-, es necesario recordar al lector dos o tres cosas, indispensables para penetrar con acierto en el recinto de sus páginas.

Lo primero, la índole del libro. «Vida» es un clásico espi­ritual. Contiene un relato autobiográfico, pero profundamen­te religioso.

Escrito por una Autora a quien, pluma en mano, le interesa explorar en su propia historia el sentido religioso mucho más que el profano.

Destrenzado lo vivido, persigue, por eso mismo, el hilo de la propia experiencia de Dios.

Desde la florecida en el amanecer de la infancia -a los 6 ó 7 años, comienzo del relato-, hasta la travesía final de los éxtasis místicos que la asedian a los 50, exactamente mien­tras redacta.

El relato apunta a hitos precisos. Ni frivolidad ni narcisis­mo.

De cara al lector, a Teresa la acucia testificar el paso de Dios por su vida.

De cara a sí misma, narrarla le sirve una vez más para analizarla en busca de luz, discernirla y comprenderla, y así desembocar en el acto religioso por anto­nomasia, la doxología: prorrumpir en la alabanza de Dios desde lo vivido, alabarlo sin rebozo ni sonrojo ante el lector, que en el libro se encontrará con un acto prolongado de auténtica y pura vivencia religiosa.

Lo segundo, cómo nació el libro. Teresa de Jesús tendrá que escribirlo dos veces. Entre los 46 y 50 años de edad: Toledo 1562; y Ávila 1565.

Sólo la segunda redacción ha lle­gado hasta nosotros. Realizada en la celdilla del recién estrenado carmelo de San José de Ávila. De prisa y a ratos, dejando de lado la rueca de hilar con que la Autora se gana el sustento «por estar en casa pobre» (10,7).

Inicialmente lo ha escrito presionada desde dentro de lo que ella misma llama «mercedes de Dios». La experiencia mística ha irrumpido súbitamente en su «alma». Desborda su propia capacidad de comprensión. En torno a ella, un grupo de teólogos le exige el relato escrito, para discernir sus vivencias religiosas y ayudarla a comprenderlas. Pero sucede que el relato es envolvente. Y los teólogos son atraí­dos a la esfera religiosa de Teresa.

Para ellos, para más engolosinarlos, escribirá por segunda vez el libro. Como flui­do de alta potencia destinado a cuatro o cinco lectores poquísimos- ya electrizados por la fuerza de la experien­cia religiosa de la Autora.

Lo tercero, cómo ha estructurado Teresa su relato.

No hacía mucho que ella había leído otro libro clásico, las «Confesiones» de San Agustín. Algo del ritmo agustiniano ha pasado al escrito teresiano.

Tres momentos se suceden:

  • La narración de la aventura de Teresa, que va pasando de los hechos exteriores, más someros, a los interiores, más íntimos y misteriosos.
  • La oración a Dios, en soliloquio reli­gioso que interrumpe el relato para una pausa intensa vivi­da de cara a la divinidad.
  • Y la lección espiritual en que Teresa interpreta doctrinalmente su propia historia de sal­vación para aleccionar al discípulo lector.

 El momento del soliloquio es esporádico. Los otros dos, narración y lección, se van trenzando para tejer el libro.

 Un esquema orientativo para el lector podría ser éste:

  • primer relato, cc. 1-10: infancia, juventud, larga jorna­da de vida religiosa, conversión y vida nueva.
  • lección doctrinal, cc. 11-22: entrada en la oración; gra­dos y progreso; alegoría del huerto del alma; Cristo. -segundo relato, cc. 23-31: incidencias de su experien­cia cristológica.
  • relato final, cc. 32-40: fundación del carmelo de San José (32-36), y nuevas gracias místicas (37-40).

Cuarto, la presente edición: sigue el texto fijado por el último editor crítico de las Obras de Santa Teresa, padre Silverio de S.T. Moderniza, en lo posible, la grafía de la Autora. Divide el texto de cada capítulo en párrafos nume­rados, para facilitar la confrontación con las monografías de los teresianistas y para hacer posible el manejo de las «Concordancias de las obras y escritos de Santa Teresa» (Burgos, «Monte Carmelo»).

Objetivo principal de la presente edición, ha sido facilitar la lectura comprensiva y el estudio del texto teresiano. Especialmente, las «lecturas en grupo». Y el encuentro directo con un pasaje o capítulo cualquiera de la obra, sin previa lectura del contexto.

Para ello, cada capítulo está precedido de una nota orientadora, que ofrece sistemáticamente estos datos:

  • contexto en que se enclava el capítulo;
  • contenido y pun­tos focales del mismo;
  • esquema o trazado del capítulo;
  • referencia cronológica: a qué altura de la vida de la Autora se halla la narración.

 Estas notas orientativas recogen las experiencias de varios años de «lecturas teresianas», realizadas especial­mente con grupos de jóvenes, en Roma, Ávila y Burgos.

 «Mandantes» y destinatarios del libro son sus «confesores» y consejeros espirituales: Los más identificados son: Gaspar Daza (sacer­dote diocesano), Baltasar Álvarez (jesuita), Pedro Ibáñez (dominico) y Francisco de Salcedo (caballero de Ávila), para la primera redacción; y los dominicos García de Toledo y Domingo Báñez, para la redacción segunda, texto actual del libro.

JHS

 

1.   Quisiera yo que, como me han mandado' y dado larga licencia para que escriba el modo de oración y las mercedes que el Señor me ha hecho, me la dieran para que muy por menudo y con claridad dijera mis grandes pecados y ruin vida. Diérame gran consuelo. Mas no han querido, antes atádome mucho en este caso. Y por esto pido, por amor del Señor, tenga delante de los ojos quien este dis­curso de mi vida leyere, que ha sido tan ruin que no he hallado santo de los que se tornaron a Dios con quien me consolar.Porque considero que, después que el Señor los llamaba, no le tornaban a ofender. Yo no sólo tornaba a ser peor, sino que parece traía estudio' a resistir las mercedes que Su Majestad me hacía, como quien se veía obligada a servir más y entendía de sí no podía pagar lo menos de lo que debía.

 

2. Sea bendito por siempre, que tanto me esperó, a quien con todo mi corazón suplico me dé gracia para que con toda claridad y verdad yo haga esta relación que mis confesores' me mandan (y aun el Señor sé yo lo quiere muchos días ha, sino que yo no me he atrevido) y que sea para gloria y alabanza suya y para que de aquí adelante, conociéndome ellos mejor, ayuden a mi flaqueza para que pueda servir algo de lo que debo al Señor, a quien siempre alaben todas las cosas, amén.