Al aire del Espíritu

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“Detente, cierzo muerto;
ven austro que recuerdas los amores,
aspira por mi huerto,
y corran sus olores,
y pacerá el Amado entre las flores”  (San Juan de la Cruz)
 
“Algún día vendrá un viento fuerte que me lleve a mi sitio” (León Felipe)

 Un texto estimulante y portador de consuelo:

“El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables. Y el que escudriña los corazones sabe cuál es el deseo del Espíritu, y que su intercesión por los santos es según Dios” (Rom 8,26-27).

A su luz se esclarece el misterio del hombre.

Unas palabras siempre oportunas:

“Nadie fue ayer,
ni va hoy,
ni irá mañana
hacia Dios
por este mismo camino
que yo voy.
Para cada hombre guarda
un rayo nuevo de luz el sol.
y un camino virgen
Dios” (León Felipe).

La belleza del contraste:

“Dice el marido: “Mujer. Vamos a trabajar duro, para que un día tengamos dinero y así podamos ser felices”. Le responde la mujer: “Marido. Ya somos felices, porque nos tenemos el uno al otro. Tal vez, algún día, tengamos dinero”.

El Espíritu se sirve de los demás para que veamos otro paisaje.

1.- El regalo de la comunión

“¡Qué extraordinaria riqueza, con sus dones de verdad y de amor, la del Espíritu!” (Juan Pablo II). El Espíritu nos regala la interioridad, la creatividad, la comunión; nos introduce en la gracia de ser amados, nos enseña a valorarnos desde el don de Dios, nos propone como estilo de vida el camino de la confianza creativa; nos cita en el Misterio. ¿Cómo contentarnos con cualquier cosa? La comunión, más que cosas extraordinarias, es el gozo de la presencia de la Trinidad en nosotros, es una experiencia de comunión. “Te dejo en herencia mi devoción a los Tres, al Amor. Vive con Ellos allá dentro en el cielo de tu alma. El Padre te cubrirá con su sombra y te comunicará su poder para que le ames con un amor tan fuerte como la muerte. El Verbo imprimirá en tu alma, como en un cristal, la imagen de su belleza, para que seas pura con su pureza y luminosa con su luz. El Espíritu Santo te transformará en lira misteriosa que, a su toque divino, entonará en silencio un magnífico canto al Amor” (Palabras de Isabel de la Trinidad a su hermana Guita).  

Jesús encuentra la fuerza para vivir y anunciar la fascinante novedad del Reino en la comunión con el Padre y el Espíritu. Cuando los discípulos le piden: “Enséñanos a orar” (Lc 11,1), Jesús les regala su experiencia del Padre, del Reino; les enseña el Padrenuestro.

La comunión es fruto de la gratuidad amorosa de Dios en nosotros. Él siempre toma la iniciativa. Ninguna realidad, por difícil que sea, le ata las manos. Sus caminos son asimétricos, rompen nuestras lógicas humanas (cf Is 55,8). Dios, dándose, nos provoca “para darnos a Él con la determinación que Él se da a nosotros” (Camino 16,9).   

Nuestros intentos por ordenar nuestra vida y la vida de los demás fracasan a menudo y no pocas veces terminan siendo profundamente injustos. Dios nos recoge desde dentro “con un silbo tan suave” (Moradas 4,3,2), que, sin darnos cuenta, nos mete en su Reino.

En nuestra interioridad, Dios deja sentir su presencia, y lo hace como luz y calor -“calor y luz dan junto a su Querido” (San Juan de la Cruz)-, como un nuevo entender y una nueva capacidad de amor. En la manifestación de Dios, “gustos de Dios” los llama santa Teresa, descubrimos zonas inexploradas de nuestra interioridad. “Veo secretos en nosotros mismos que me traen espantada muchas veces. Y ¡cuántos más debe haber! ¡Oh Señor mío y Dios mío, qué grandes son vuestras grandezas!, y andamos acá como unos pastorcillos bobos, que nos parece alcanzamos algo de Vos y debe ser tanto como nonada, pues en nosotros mismos están grandes secretos que no entendemos” (Moradas 4,2,5).

La humildad nos ayuda a recibir y a entender lo que llevamos de gracia. “Por la humildad se deja vencer el Señor a cuanto de él queremos, y lo primero en que veréis si la tenéis, es en no pensar que merecéis estar mercedes y gustos del Señor ni los habéis de tener en vuestra vida” (Moradas 4,2,9). El Espíritu nos enseña a abrir nuestras manos vacías para recibir: “En la perseverancia en saber recibir del Señor está todo nuestro bien” (Moradas 4,3,9)

La alegría y la gratuidad van juntas. “Alábele mucho quien esto entendiere en sí, porque es muy mucha razón que conozca la merced, y el hacimiento de gracias por ella hará que se disponga para otras mayores” (Moradas 4,3,4).

¿Qué hacer si no entendemos nada de esto? También, humildad para seguir haciendo lo que podamos, que para eso nos dio Dios las capacidades (cf M 4,3,6). 

2.- El símbolo del agua viva

La experiencia de Dios nos capacita para descubrir en todo un significado, nos regala un profundo dinamismo para “encontrar bello todo lo que podamos” (Van Gogh). Nada, y menos nadie, queda fuera.

Los símbolos son cosas sencillas, al alcance de todos, que hablan de Dios y de nosotros con belleza, con amplitud. “En cada cosita que Dios crió hay más de lo que se entiende” (Moradas 4,2,2). Jesús habló de un grano de trigo, de diminutas semillas que se hacen árboles, de un poco de pan, de unas monedas casi sin valor, de un poco de sal y de levadura; recogió del arroyo una palabrita aramea Abbá para decírsela, ¡qué atrevimiento!, al Dios Todopoderoso e Innombrable.

Jesús habló del agua, como lo habían hecho los profetas, para expresar la belleza y fecundidad de una persona alcanzada por el Reino: “De sus entrañas manarán torrentes de agua viva” (Jn 7,38).

Santa Teresa habla de dos fuentes. Una simboliza el esfuerzo de la persona por alimentar la vida de oración. La otra fuente tiene un origen muy distinto. “Estotra fuente, viene el agua de su mismo nacimiento, que es Dios, y así como Su Majestad quiere, cuando es servido hacer alguna merced sobrenatural, produce con grandísima paz y quietud y suavidad de lo muy interior de nosotros mismos, yo no sé hacia dónde ni cómo” (Moradas 4,2,4).

La oración es abrirse a un gozo, con eso basta; ya brotará la vida. Así cuenta su experiencia un hermano contemporáneo nuestro: “Pues bien, uno que está –¡quién lo diría!- seco, infecundo, mineral, vacío, siente, no sabe cómo que un buen día le mana Dios por dentro como un río… Uno, entonces, sonríe y se arrodilla, dejándose llevar a lo divino y en el páramo yermo de su arcilla se le abre el corazón como un camino” (Fernández Nieto). 

3.- Una nueva forma de vernos

El contemplativo es un renacido. Estrena vida nueva. Pero la comienza como un niño. Vida frágil la suya, en dependencia total de la Madre-Dios. Llamado a crecer, pero con el riesgo de la atrofia y de la involución. “No está aún el alma criada sino como un niño que comienza a mamar, que si se aparta de los pechos de su madre, ¿qué se puede esperar de él sino la muerte?” (M 4,3,10). 

¿Cómo saber si vamos por buen camino? Los caminos del Espíritu no se pueden evaluar desde lo que nosotros podemos controlar. A menudo tendremos que entrar en la nube del no saber. En todo caso, será el criterio evangélico “por sus obras los conoceréis” (Mt 7,16), quien discierna nuestra vida, pues “en los efectos y obras de después se conocen estas verdades de oración, que no hay mejor crisol para probarse” (Moradas 4,2,8).

He aquí algunos efectos o señales que tienen las personas a las que Dios regala esta oración de quietud:

  • Brota una manera de pensar y de amar nuevas. Entablan un diálogo profundo con el mundo contemporáneo y de todo sacan amor. Se presentan como “la cara humana de Dios” (San Gregorio de Nisa), como “pobres que aman a los hombres” (Simeón el Teólogo). Se reconocen en un camino común, se responsabilizan de la vida común. 
  • Comienzan un viaje hacia lo desconocido, que a la vez es fascinante. Van de la búsqueda de felicidad para sí mismos a la búsqueda de gozo para todos; del consumo rabioso a la experiencia siempre nueva del compartir; de una mirada pasiva ante la realidad a una mirada activa; de la desorientación a una orientación hacia la vida. Se reteje la esperanza más allá del repliegue sobre sí mismos. Son “como una fuente en la plaza del pueblo, abierta a todos los que tienen sed” (Juan XXIII).
  • Les nace un estilo de respirar y vivir con libertad. “No están tan atados como antes en las cosas del servicio de Dios, sino con mucha más anchura” (Moradas 4,3,9). Pasan de la idea de Dios a la experiencia.  
  • Se da una nueva configuración con Cristo, que consiste en aceptar los trabajos y la cruz para que vaya adelante su Reino, y en solidarizarse profundamente con todos, sin que nadie quede excluido de la compasión y la ternura (cf Mt 25, 31-46). Miran al ser humano, al mundo y a la historia con la luz de Cristo crucificado y resucitado.
  • Aparece, como un milagro, el abandono confiado, “sé de quién me he fiado” (2Tim 1,12), y una capacidad de llevar todo a bendición, más allá de las injusticias, violencias, maledicencias que puedan rodear al orante. La vida se convierte en un lugar de gracia.

 

          Oriento cada día mi vida hacia Ti, Jesús,

          fuente inagotable de mi gozo.

 

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